Buscar

If you need me, whistle!

by Alhy K. Wood

Categoría

Una psicóloga en la butaca

8×04 Game of Thrones: Dracarys!

El episodio favorito de la octava temporada de Kit Harington, por una parte, nos devuelve a la eterna lucha por el poder y a las intrigas políticas y palaciegas que son la esencia de Game of Thrones, pero, por otra, nos confirma la incomprensible (¿y suicida?) elección de la HBO de finiquitar la final season en 6 miserables episodios. George, ahora entendemos por qué querías una novena temporada. ¡Nosotrxs también!

A partir de aquí, repaso de los principales protagonistas del episodio. Spoilers are coming!

  Seguir leyendo “8×04 Game of Thrones: Dracarys!”

Anuncios

Annihilation: Transformarse y morir

Decía Carl Jung que “El encuentro entre dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman”. Si extendemos este mismo ejemplo a cualquier tipo de encuentro (interpersonal, internacional, intercultural, interespecies, etc), el resultado es (o pretende ser) Annihilation.

Seguir leyendo “Annihilation: Transformarse y morir”

10 films extremadamente populares que aún no he visto

De entre mis más vergonzosas, imperdonables e inconfesables lagunas como cinéfila, destacaría algunos de los primeros títulos pioneros de la historia del cine (El nacimiento de una nación, El gabinete del doctor Caligari, El acorazado Potemkin…), buena parte del neorrealismo italiano y la mayoría de los westerns (posiblemente, el género que menos me entusiasma), pero también existen otros títulos, bastante más conocidos y digeribles, que forman parte del  mc menú cinematográfico de varias generaciones; películas que, para mi mayor vergüenza, han sido, en su mayoría, repetidas hasta el hartazgo por l@s inspirad@s programadores televisivos durante las últimas décadas.

Seguir leyendo “10 films extremadamente populares que aún no he visto”

Del revés: Disneiniano secuestro emocional

En los años 70 el psicólogo Paul Eckman, en un “darwiniano” trabajo pionero, descubrió que las expresiones faciales de las emociones, en lugar de determinadas culturalmente, son más bien universales y tienen, por consiguiente, un origen biológico. En su primera lista de emociones básicas incluyó la alegría, la ira, el asco, el miedo, la sorpresa y la tristeza. Dos décadas más tarde añadiría a la lista la vergüenza, la satisfacción, el alivio, la culpa, el desprecio y  el orgullo/soberbia, entre otras.

Seguir leyendo “Del revés: Disneiniano secuestro emocional”

Especial oscaril 2014: Her o (Re)aprender a conectar

5 nominaciones:
 
Mejor película, mejor guión original, mejor dirección artística, mejor banda sonora y mejor canción
Hace unas semanas, en un autobús camino a casa, coincidí con un guapo adolescente que parecía unido de forma magnética a la pantalla de su móvil. Estaba tan cerca de mí, que pude comprobar que miraba, sin pestañear, fotos de mujeres en diferentes y sugerentes grados de desnudez. Al llegar a su parada, se levantó de su asiento como movido por una fuerza misteriosa y siempre sin despegar la mirada del móvil, descendió del autobús y se marchó. Probablemente fue el único que no se dio cuenta de que, en esa misma parada, a pocos centímetros de él, se encontraba una adolescente guapísima que se le quedó mirando, con muy buenos ojos, aunque visiblemente decepcionada.

Seguir leyendo “Especial oscaril 2014: Her o (Re)aprender a conectar”

Oslo, 31, August: "el vacío del bienestar"

Anders es joven, inteligente, culto, sensible, tiene talento para escribir y no necesita esforzarse demasiado en el terreno amoroso. Tras unos oscuros años de paréntesis por culpa de su adicción a las drogas, finalmente parece estar listo para retomar su vida. Sin embargo, se siente vacío, desesperanzado, triste y profundamente insatisfecho, tanto que el suicidio se le antoja como la mejor opción vital. La vida está rotundamente de su parte, pero no quiere, ni sabe, ni puede darse cuenta.




Desconocemos por completo el origen de su cuadro clínico. A su director, Joachim Trier, no parecen importarle demasiado. No quiere entender a su criatura ni justificarla, solo mostrarla a través de un día de su vida, el 31 de agosto, ese momento exacto en el que el verano acaba y el verdadero año comienza, exigiendo una renovación de ciclo, un acto de compromiso y valentía, un reciclarse o morir.




La elección de Anders está hecha. Él lo sabe y el espectador también, y le sigue los pasos (a menudo abrumado por la impotencia), a través de las horas que componen ese día decisivo, intuyendo su infierno interno y amparándose en la frialdad u objetividad que confiere ese tono cuasidocumental en el que varias personas van narrando sus recuerdos y experiencias, convencido, ingenuamente, de que de esta manera su particular odisea le dolerá menos.



Por ese tortuoso camino vemos flashes de la sociedad Noruega, uno de los países que, supuestamente, representa el idealizado modelo de bienestar escandinavo. Nos damos cuenta de que sus habitantes no son más felices por tener una cartera más abultada, mejores trabajos y mayores comodidades, sino que, tal vez, se sienten más desorientados y vacíos, más estafados por no saber (ni tener el valor de) procurarse y nutrirse de las únicas cosas que realmente “completan”. (¿Y si el depresivo Anders no fuera más que el mayor y más desafortunado ejemplo de las consecuencias de este idílico modelo?).





Los hombres de su edad, aburguesados, se han decantado, en su mayoría, por la opción del peterpanismo amoroso militante, eligiendo relaciones con mujeres más jóvenes en serie (con la esperanza de no tener que comprometerse seriamente con ellas), mientras miran de reojo y con altivez a sus compañeras de generación, amparados en la machista satisfacción de que ellas no pueden ni deben hacer lo mismo.




En una escena clave y poderosísima, Anders, sentado en una cafetería, observa el microcosmos de personajes e historias que le rodean. Les escucha atentamente, pero se siente ajeno a sus anhelos y esperanzas, a su profunda necesidad de vincularse con otros, a sus ganas de, como diría el poeta, “extraer todo el meollo a la vida”. En esa escena se autopercibe como insignificante y prescindible, menos que un simple figurante, de tal forma que nada cambiaría la estructura argumental del guión si él desapareciera.




Describir Oslo, 31, August como melancólica, sutil, profunda y reflexiva sería, como dicen los angloparlantes, un understatement. A pesar de resultar absolutamente recomendable, hiere de tal forma, que solo la paquidérmica piel que confiere la felicidad puede protegerte de sus punzantes efectos.

 La frase:

“Mira mi vida. Tengo 34 años y no tengo nada. No tengo el coraje de empezar desde cero”.


*

Shame: ¿y tú con qué te drogas?

Soy de la opinión de que, en mayor o menor medida y a distintos niveles de intensidad, todo el mundo se droga (llámese alcohol, llámese shopping, llámese cotilleo, etc.) ya que la necesidad de escapar de un@ mism@, en ocasiones, resulta incontenible e inevitable. El problema surge cuando esa más o menos sana escapada ocasional se convierte en una adicción. Shame radiografía una de las más comunes y casi tabú en nuestra sociedad (a pesar de que, al mismo tiempo, hipócritamente, nos empuje cada vez más hacia ella): la adicción al sexo.

Brandon es un triunfador de cara a la galería (la única) en la que se valora lo que se tiene y no lo que se es. Tiene un buen trabajo, dinero, estilo, un piso en Manhattan, un magnético atractivo físico y éxito con las mujeres. Pero lo que nadie sabe, es que, bajo su brillante envoltura, este envidiable winner vive encerrado en una armadura de soledad, dolor, tristeza y, sobre todo, vergüenza, la base de todas las adicciones.
Y es que para escapar de si mismo y realimentar su autodesprecio, Brandon es adicto al sexo, y, posiblemente, lo ha sido durante toda su vida. Hasta ahora ha conseguido mantener un precario equilibrio, pero cuando su hermana, la otra cara de su misma moneda (ella exterioriza su fragilidad, él la esconde) y sus pesadas cargas emocionales comunes entran en escena, Brandon se desestabiliza (recordar la premonitoria escena en la que Carey Mulligan se asoma peligrosamente al andén y Fassbender la sujeta) y cae al abismo. Es entonces cuando uno no puede evitar preguntarse qué terrible pasado común comparten estos dos hermanos para que resulten tan tóxicos el uno para el otro y ambos recurran a métodos tan terribles y drásticos para combatir su vergüenza.

Shame no es apta para todos los paladares. Resulta incómoda, áspera, cruda, perturbadora, indigesta, y lo más inquietante de todo: aunque, como espectador, tus adicciones nunca hayan llegado hasta ese dramático extremo, resulta imposible sacudírsela de encima tras su visionado (de tal forma que ciertas escenas clave continúan acudiendo a tu mente, una y otra vez, como si se fuera una víctima indirecta del síndrome de estrés post-traumático).
Sin caer en el morbo fácil (como la horrenda Autofocus) ni abusar del estomagante abuso del subrayado (tiemblo al imaginar que habría hecho Aronofsky si esta cinta hubiera caído en sus manos), el segundo trabajo de Steve McQueen, a pesar de su sórdido argumento principal (o McGuffin, según se mire), resulta, al mismo tiempo, elegante, hipnótica e incluso lírica, en muchos momentos.

Más brillante y sutil en su planteamiento que en su resolución (un poco acelerada y torpe en mi opinión), Shame es una película más que recomendable, que cuenta, además, con una inspiradísima Carey Mulligan y un superlativo Michael Fassbender, que no vacila en tirarse en todas las piscinas y rasgarse las vestiduras y entrañas (¿qué infiernos personales habrá explorado para mimetizarse hasta tal extremo con Brandon y qué secuelas le dejaría el rodaje?). Resulta imperdonable que la academia haya ninguneado semejante derroche de talento. Debe ser que:
A) Shame no se ha sabido vender y/o no ha recaudado lo suficiente en las américas.
B) El tema principal era demasiado incomodo y morboso para los puritanos académicos y premiarlo estaría mal visto (¿un adicto al sexo ganando un oscar? Oh, my God, traigánnos antes a un asesino en serie!)
C) La (pacata) academia tenía miedo de que Billy Crystal se pasase toda la ceremonia de los oscars haciendo chistes sobre los generosos (y cacareados) atributos físicos de Michael Fassbender (¡que mala es la homofobia… y la envidia!).

Momentazos:

• Carey Mulligan cantando New York, New York con una fragilidad y dolor que desarman al cuadrado porque nos cuentan toda su historia sin contarla y resultan, al mismo tiempo, un espejo de los de su hermano.
• Michael Fassbender, incapaz de mezclar sexo con sentimientos, apoyado desconsoladamente contra la inmensa (y obscena) ventana de una habitación con demasiadas vistas.
• La primera escena del metro. Miradas insinuantes+mujer casada+huida+persecución.
• “Brandon Fassbender”, completamente abatido y desesperado, llorando en el suelo, en plena calle, bajo la inclemente lluvia.

*

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑