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If you need me, whistle!

by Alhy K. Wood

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psycho-movie buff

Nocturnal Animals: El arte como exorcizador de fantasmas

“Si quieres olvidar a una mujer, conviértela en literatura” escribía Henry Miller. Cualquier artista sabe hasta qué punto es cierta (y necesaria) tan rotunda afirmación aplicada a cualquier forma de arte, por eso no es extraño que el envidiablemente versátil Tom Ford se identificara con la novela Tres Noches de Austin Wright y decidiera llevarla al cine.

 

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De mayor quiero enamorarme…

… a contracorriente, a pesar de un mundo que se derrumba, como Rick e llsa en Casablanca.

… sin reparar en las diferencias, el tiempo o el espacio, como Wall·E y Eva en Wall·E.

… encontrando una enfermedad donde sólo busco un remedio, como Chow Mo-Wan y Su Lizhen en In the mood for love.

… fortuita e irremediablemente, en medio del gris, como Alec y Laura en Breve Encuentro.

… sin careta para dar nombre, por primera vez, a todas las cosas, como Paul Varjak y Holly Golightly en Desayuno con diamantes.

… inoportuna y profundamente, a pesar de que el mundo acabe mañana, como Joe Bradley y Anna en Vacaciones en Roma.

… dándole la vuelta a todas mis ideas, miedos y convicciones, como Mr Darcy y Lizzie en Orgullo y Prejuicio.

… arrolladora y desesperadamente, a pesar de mi misma, como Newland Archer y Ellen Olenska en La edad de la inocencia.

… inesperada, intensa y vertiginosamente, como Jesse y Celine en Antes de amanecer y Antes del atardecer

… por primera y única vez, cuando ya haya dejado de creer en el amor, como Robert y Francesca en Los puentes de Madison.

*

My favourite chocolates

Teniendo en cuenta las pasiones y encendidos debates que dentro y fuera del blog ha levantado la actualización de los mejores eye candy del cine, y ante la presión de cierto blogero resentido, he decidido, con todo el dolor de mi corazón (¡juas!), dedicar una entrada a algunos de mis chocolate eyes favoritos. La elección ha sido facilísima. Y es que entre mi top de bellezones, salvo alguna excepción, siempre han abundado más los ojos oscuros que los claros, qué le vamos a hacer….

No hay orden de preferencia. No quiero ni puedo elegir a mi favorito.

Rodrigo Santoro: o el cuerpazo tristemente desaprovechado de ojos tristes que siempre será una de las grandes incógnitas de cierta famosa y recién acabada serie. Si yo hubiera sido Laura Linney en Love actually, no le habría dejado escapar…


Adam Brody: el chico mono con el que, en versión patria, deseas cruzarte todos los días al doblar cualquier esquina, y prestarle un libro, llevártelo al cine, compartir con el tus últimos descubrimientos musicales…

Matthew Fox: ejemplo perfecto de cuarenteño de muy buen ver. Nadie sabe con certeza el color de sus ojos. A veces son marrones y otras verdes. Puede que el misterio se resuelva en los extras del pack de las 6 temporadas de Lost. Hasta entonces, seguiremos sintiendo una envidia nada sana por Kate…

Josh Hartnett: puede gustarte o no como actor, pero sus 1’90 cm de hot stuff dejan sin aliento. Sólo él podía padecer el peinado paje de Las vírgenes suicidas y seguir estando guapo.

Quien le ha visto llevando únicamente una toalla violeta durante la mitad del metraje de El caso Slevin, nunca lo olvida…

Daniel Brüll: o el chico guapo que actúa como si no lo fuera. Sencillo y encantador dentro y fuera de la big screen, tiene un no-sé-qué-qué-se-yo que me hipnotiza. ¿Será su poliglotismo? ¿Será su boca?

James Franco: ha sido el enamoradísimo Tristan, James Dean, el enemigo de Spiderman y el gran amor de Harvey Milk, pero siempre deja con la sensación de que lo mejor de él está por llegar. Las chicas que frecuentaban la hamburguesería donde trabajaba opinaban lo mismo. Por eso siempre volvían con la excusa de que se habían olvidado algo…

Christian Bale: lo conocí en El imperio del sol cuando tenía la misma edad del chavalín que interpretaba y me chifle por él. Luego fue creciendo en todos los sentidos de la palabra y acabó convirtiéndose en uno de mis actores favoritos. Últimamente parece que ha perdido un poco el norte, pero no pierdo la fe de que vuelva a casa como el prota de su primera película…

Johnny Depp: el actor fetiche de Tim Burton lo tiene todo para estar en cualquier top de actores (y no sólo de los más guapos). Lo quise cuando tenía tijeras en lugar de manos, cuando fue el peor director del mundo, cuando lucía rimel piratil como nadie y cuando enamoraba a Bardem en Antes que anochezca como travesti y a lo loco… y algo me dice que lo seguiré queriendo…

Keanu Reeves: o mi amor platónico en la adolescencia. Antes de la era botox este guapísimo y exótico señor nos hizo muchos regalos y no sólo para la vista. El Neo de Matrix, el policía de Speed, el maloso resentido de Mucho ruido y pocas nueces, y el mejor de todos: el chapero de Mi Idaho privado. Aitana Sánchez Gijón le llamaba “soso de cojones” en el rodaje de Un paseo por las nubes y él repetía “sousou de coujounes”. Aisss…

Jim Sturgess: tal vez, mi chico favorito. Y es que de él me gusta todo: sus corbatas, su look, su pelo, su mirada picara, sus andares… aunque puede que lo que realmente me enamorara fuera su versión de I’ve just seen a face en Across the universe.

Se va haciendo un hueco en Hollywood sin prisas, a base de buenas críticas y mucha simpatía y sencillez. ¡Jim, por el amor del Dios, ven al Zinemaldi!

***

P.S. Mr McAvoy, prometo compensar su imperdonable ausencia en mi ranking de ojos bonitos viendo 74 veces seguidas la escena de la playa de Expiación. ¿Cómo he podido olvidar sus ojazos azul eléctrico? ¿Cómorr? Please, don’t hate me!

P.S.2. ¡Pasen por la encuesta de la mejor peli del verano! 😉

My favourite "Eye Candy"

Por una vez, y sin que sirva de precedente, no vamos a hablar de los actores más talentosos, ni de los más excéntricos, solidarios, guapos o interesantes al otro lado de la pantalla. Hoy toca recrearse, simplemente, en los mejores ojos actoriles masculinos.
Abran sus globos oculares y dispónganse a realizar su propia lista 😉


10. Gaspard Ulliel.
Este último puesto del top, se lo disputaban seriamente Robert Redford, Daniel Day-Lewis y Viggo Mortensen, y aunque la balanza se inclinaba a favor de este último, finalmente su actitud pro-taurina lo ha desbancado. Sin embargo, mientras volvía a la duda hamletiana, me he topado con esta foto de Gaspard Ulliel y …. ¿de qué estábamos hablando?

9. Gael García Bernal. Si el verde más penetrarte (a este y al otro lado del río) de los magnéticos ojos del señor Bernal no se hubiera incluido en este top… la autora de este blog habría pecado de muy mala educación.


8. Jonathan Rhys Meyers.
El morbo personificado en una mirada ambigua que sabe ser inquietante pero también irresistiblemente tierna cuando le da la gana. A pesar de los pesares, habría sucumbido a ella cuando jugaba a tenis con Woody Allen, pero en Los Tudor da tanto miedo que lo quiero lejos, muy lejos. A siglos de distancia…

7. Elijah Wood. Érase unos ojos a un hombre pegados, érase una mirada marina superlativa… Los que le conocen aseguran que, a pesar de tenerlos increíblemente grandes y expresivos, sus ojos no le funcionan muy bien. Desde el otro lado de la big screen, quienes lo hemos visto crecer, no nos hemos dado cuenta…


6. George Peppard.
Su personaje de Paul Varjak en Breakfast at Tiffany’s (especialmente la mirada con la que observa a Audrey Hepburn cantando Moon River), ha conseguido lo imposible: que me olvidara de sus comentarios sexistas, machistas y racistas, y de lo mucho que en los 80 le encantaba que los planes salieran bien…


5. Ralph Fiennes.
Toque la tecla que toque (y sabe tocar muchas), su melodía suena intensa, turbia o, incluso, amenazadora. Con Mr Fiennes siempre tenemos garantizado un viaje en primera clase al lado oscuro, aunque nunca sabemos con certeza si podremos volver de una pieza. ¿Será eso lo que hace su mirada tan sexy?


4. Ian Sommerhalder.
Hay miradas tan profundas que transmiten la sensación de que podrías arrojar una piedrecita dentro de ellas, y que esta seguiría hundiéndose irremediablemente sin llegar a tocar fondo. La del ex lostie reconvertido en vampiro es una de ellas. No me extraña que Locke insistiera en revivirlo en sus sueños…

3. Montgomery Clift. Quienes dicen que la voz es lo único que no miente, nunca han conocido a Monty. Ni el método, ni el mejor especialista en maquillaje, habrían podido disimular en su mirada ese alma rasgada, doliente y atormentada que exhibía en cada fotograma. Observándolo, casi se siente uno voyeur o, peor aún: un policía mirando a través de la traicionera ventana oscura de los interrogatorios…

2. Jared Leto. Actor, músico, cantante, vegetariano, solidario, guapo, pelo revolvible… ¿No le bastaba con eso para resultar arrebatador?. Al parecer, no. ¿Recuerdan la escena de Memorias de una geisha en la que se le enseña a la protagonista a parar a un hombre en seco con una sola mirada? Yo creo que con esos ojazos out-of-this-world que el hada buena le ha dado, Jared podría parar incendios, sequías, huracanes, terremotos o lo que le diera la gana…

1. Paul Newman. Un buen día, una estatua griega se reencarnó en un mortal, dotándolo, no sólo de toda su anatómica y cincelada perfección, si no que, además, le regaló unos ojazos tan desarmantes, que, en su presencia, no había criatura que pudiera evitar que le temblaran las piernas. Mr Blue Eyes, era (y es) de esos hombres tan, tan, taaan guapos, que harían dudar de su sexualidad hasta al mismísimo Testosteróneo Man.

*

Kiss me, stupid!



Clasificación de besos de cine

A pesar de que pocas cosas resultan más cinematográficas que un beso, a menudo, la combinación de las incomodas circunstancias en las que fueron rodados + las ortopédicas posturas a las que deben someterse los actores que los protagonizan, restan un mucho de magia al truco final que vemos en la gran pantalla. Pero, afortunadamente para l@s romántic@s, el “Así se hizo” de la mayoría de esos míticos besos nunca verá la luz.

Esta es una selección de algunos de mis besos favoritos, y como cualquier clasificación, es totalmente subjetiva e injusta. Animo a todo el mundo a que realice la suya. Apaguen las luces y activen sus hipocampos. Silencio, se recuerda…

El “ni contigo ni sin ti”: después de odiarse y amarse con la misma furia durante todo el metraje de Duelo al sol, Gregory Peck y Jennifer Jones, acaban rindiéndose el uno al otro en un antológico kiss que resume y define su love story… justo antes de morir…

El sandwich: el que lleva una carga emotiva extra y suma o multiplica al dos. La combinación Audrey Hepburn + George Peppard + pobre gato sin nombre en Desayuno con diamantes es, sin lugar a dudas, mi favorito, pero el de Hierro 3 cada día va sumando más puntos en my memory…

El invertido: bocas besadoras upside-down las encontramos por partida doble en el famoso (y mojado) kiss de Spiderman y en My blueberry Nights. En este último caso, con sabor a tarta de arándanos included.

El sincopado: nadie puede olvidar el baiser espejo que tan delicadamente se dedican por turnos Amelie y su enamorado Nino Quincampoix.


El tierno-gastronónico:
un plato de plasta, un ristorante italiano, un momento de distracción al ritmo de Bella notte y la dama y el vagabundo funden sus hociquitos alla fine di un spaguetti.

El censurado:
tiene su mejor representación en la colección de besos recortados de la emotiva escena final de Cinema Paradiso.

El empapator: es sumamente apasionado y erótico y no hay forma de contenerlo sin importar donde, cuando o con quien se esté. El más escandaloso de la época, lo protagonizaron Burt Lancaster y en Deborah Kerr en bañador, “al rumor del oleaje”, en De aquí a la eternidad.

El He-Man: o el también llamado “¡ven-pa’cá-moza!”. Charlton Heston, Stewart Granger o Kirk Douglas, por ejemplo, eran típicos besadores he-man, aunque los dos mejores e ilustrérrimos kisses de esta categoría, en mi opinión, los encontramos en Lo q el viento se llevó y El hombre tranquilo.

El vendetta: sin un asomo de romanticismo, pero sí con mucho de apasionamiento, es el beso que se da a quien se quiere poco o nada y se le desea lo peor. Nadie querría recibir jamás, por ejemplo, el que le dedica Michael Corleone a Fredo en El Padrino II

El Santa Teresa de Jesús: el beso erótico-místico que diluye la frontera entre fe y razón al final de la magnética Ordet.

El out-of-the-closet: Tony Curtis se descubre ante una asombradísima Marilyn Monroe. ¡No es la dulce y recatada Josephine, sino un saxofonista tenor sinverguencil más en Con faldas y a lo loco!

El incontenible: o también llamado “no-si-yo-no-quiero-pero-oh-my-God-como-me-pones” tiene un Brokeback Mountain muchos buenos ejemplos.

El quita-lipstick: es tan tan, tan, tan apasionado, que no solo deja sin aliento, sino que despelleja los labios y/o arranca violentamente el lipstick. Mi favorito, el que Tony Leung le regala a Gong Li antes de desaparecer (forever?) en 2046.

El ñoñi-toritocolil: el kiss de Titanic lo tiene todo para ser recordado (y que sea inolvidable no lo hace memorable) amor juvenil, caras bonitas, puesta de sol, escenario romántico, lugar insólito… y postura artificial y cursiloide a más no poder.

El yo-mataré-monstruos-por-ti: es el beso que lleva implícita una promesa o un compromiso inquebrantable de lealtad hacia la otra persona. Se suele dar en las despedidas, en un intento de fusión con el ser amado. Un buen ejemplo de este romántico ósculo aparece en El señor de los anillos. La comunidad del anillo. ¿Sus protagonistas?. Viggo Mortensen y Liv Tyler, of course.

El acorralator: está en el aire, es inminente e irrefrenable. Puede no gustarte, pero hay nada que puedas hacer para evitarlo… o eso mismo debieron pensar Han Solo y la princesa Leia, cuando resolvieron con un kiss la tensión sexual (galáctica) no resuelta entre ambos en El imperio contraataca.cuando resolvieron con un kiss la tensión sexual (galáctica) no resuelta entre ambos en El imperio contraataca.


El poséeme-aquí-y-ahora: the hotest and the sexiest of them all. Ese que parece que roba segundos, minutos, incluso días de vida y que todo el mundo “debería” experimentar al menos once antes de morir. ¿Cuantos kisses de este tipo somos capaces de recordar? El cartero siempre llama dos veces, El paciente inglés, Match Point…
El kiss-kill: es el apasionado-desesperado-incondicional de los grandes amores imposibles que sólo creen necesitarse el uno al otro y que venderían su alma al devil para estar juntos. Algunos, incluso, cruzan mares de tiempo para darlos, como el Drácula de Bram Stoker.

El rendido: el besador rendido, viene a decir algo así como “hace mucho que te quiero, pero me he resistido a llegar al nosotros”. Un beso rendido rendidísimo, es el que le da Joanne Whalley al aguerrido-chulesco Val kilmer en Willow.

El V-Day: o mítico beso que imita al no menos mítico kiss de la foto del día de la victoria yankee, en la que el chico inclina hacia atrás a la chica y la besa apasionadamente mientras la sujeta por la espalda. Es un beso de felicidad incontenible, de rendición al momento, de triunfo. En Moulin Rouge, en lugar de un marinero, tenemos a un escritor incipiente y sustituyendo a una enfermera, encontramos una cortesana enferma… very enferma…

El rabioso-acalorado: o el que llega después de una discusión apasionada en la que se lucha inútilmente contra la atracción mutua. Afortunadamente para el espectador, los enamorados casi siempre pierden/ganan, como Ben Affleck y Joey Lauren en Persiguiendo a Amy.

El despertador: es el que te rescata y te transporta al lugar donde perteneces. La bella durmiente y Blancanieves lo han vivido y lo recomiendan…

El mariposa: no se da con los labios, pero tampoco únicamente con los ojos. Todo el cuerpo lo insinúa y lo sugiere. Algunos, como John Travolta en Pulp Fiction, se lo soplan a las guapísimas esposas de sus jefes, cuando no les miran…

El frustrado: el que se interrumpe justo un instante antes de que llegue a suceder. El cuerpo se inclina, el corazón duele y los ojos se comen la cara del objeto de tu deseo, pero… ya ha pasado la magia. Lizzie y Mr Darcy protagonizaron uno bajo la lluvia en Orgullo y prejuicio.

El juguetón: ¿cómo besarte de una vez pero sin que se note cuanto me importas?. Con un beso fugaz, tierno, eléctrico, quasi-infantil al que poder quitar hierro si sale mal. En las películas de Chaplin vimos muchos kisses juguetones, pero uno al que tengo especial cariño es el que se dan (con cuenta hacia atrás included) Vada and Thomas J en My girl.
El hace-mucho-que-te-quiero: variante aún más intensa del rendido. Es el beso que lleva gestándose durante mucho mucho tiempo y está impaciente por salir a la luz. ¿El mejor ejemplo? Casablanca, aunque el de Expiación contra una estantería, no estaba nada mal…

El erótico-contenido: también llamado “beso deflectado”, es el que por dolorosas circunstancias externas no se puede dar en los labios y acaba siendo expresado en otra parte menos dangerous de la anatomía. Daniel Day-Lewis nunca llega a desnudar a Michelle Pfeiffer en La edad de la inocencia, pero la forma en la que le quita el guante y besa su muñeca… ummmmmmm…

El que se da con los ojos: Cary Grant le da el primer beso a Ingrid Bergman en Encadenados en un avión, justo cuando ella le insta a mirar por la ventanilla… pero ella no se da cuenta. Solo lo sabemos Mr Grant y el cómplice espectador. Y no hay ser vivo, bien sea hetero, gay o bisexual, que no sienta un estremecimiento y una punzada de envidia.

El único: se quieren, se adoran, se desean, pero no puede ser. Su historia está condenada desde antes de empezar. Tal vez tengan una oportunidad en un universo paralelo, pero no en este. En Eduardo Manostijeras y en Lost in translation lo sabían, por eso la carga de emotividad e intensidad de ese único y último beso, permanecerá con ese puntito de pain que tanto nos gusta, en el corazón de los nostálgicos.

Como despedida, os dejo un link youtubil pretty pasteloide en el que aparecen bastantes de los kisses mencionados anteriormente. Recomiendo bajar el volumen del mismo y cambiar la song para los que, como yo, no sean fans de Shania Twain…

Cosas que me dan vergüenza ajena

* El (incomprensible) éxito de Fuga de cerebros:

La vergüencitis no es por la peli en si (lo cual sería más que justificable), sino por las enciclopedias que se podrían escribir sobre el criterio del espectador medio en este país.
Hombres testosteróneos de España, lo buenorra que está mi tocaya no es una excuse para tragarse un bodrio de tan títanicas dimensiones, se pongan como se pongan.

Si un/a amig@ te la recomienda insistentemente y te conoce un poquito… cambia de friend or… run!

* El irreconciliable “Déjame entrar versus Crepúsculo”:

Las comparaciones siempre son odiosas, pero, en este caso, además, resultan absurdas. Comparar un film con otro, es como comparar un galgo con un caniche en una carrera de canes: ni son de la misma raza, ni compiten en igualdad física, ni anatómicamente están creados para lo mismo. Una es un culebrón moderno, una historia adolescente con vampiros hecha, sobre todo, para púberes, y la otra es una historia de amor/horror atípica que, casualmente, tiene como protagonista (¿femenina?) a una vampira adolescente.

Se que me arriesgo a ser el objeto de la ira desatada tanto de los fans de las criaturas de Stephanie Meyer como de cinta de culto indie sueca, pero a mi no me entusiasma ninguna de las dos…

* Comprobar que los dosmiles son más conservadores que los 60 en la Enterprise de Star Trek XI:

El creador de la famosa saga trekkie, Gene Roddenberry, era un hombre idealista que creía que el ser humano era bueno por naturaleza. Hace mucho, mucho tiempo, imaginó una utopía futurista, donde las razas no importaban y las “diferencias interespecie” convivían armónicamente. Meter a un ruso en la tripulación (con la tan reciente guerra fría de EE.UU. con Rusia), a una mujer negra (en los tiempos de Martin Luther King donde el racismo era algo tristemente cotidiano y una mujer nunca tendría un puesto de importancia en una misión espacial), o a un hombre de rasgos asiáticos como el Sr. Sulu (con las heriditas aún abiertas de guerra con Japón), fue algo very revolucionario.

40 años después han retomado la saga, le han hecho un lifting (y han guapeado a todos sus miembros, para que negarlo) y el producto final es una precuela entretenida llena de carismáticos, personajes… masculinos. En la Enterprise (y fuera de ella), sigue flotando mucha más testosterona que estrógenos. Y es que parece ser que el espacio no es la última frontera después de todo. Los años han pasado, hay mucha tecnología, mucho (aparente) dilema filosófico-moral, mucho avance socio-cultural, pero ellos siguen siendo los que pinchan y cortan y ellas, las sacrificadas madres, las chicas-jarrón-que-hacen-bulto-y-llevan-las-bandejitas o las novias cañón sinsorgas con don de lenguas. Leia, I miss you!

Como diría mi adorado Eduardo Galeano “Vuela torcida la humanidad, pájaro de un ala sola”.

[Sorry si últimamente estoy poco “contestadora” y se me acumulan los posts pendientes. Bad time]

Hablen de las cosas que les den vergüenza ajena lately. Si quieren….

7 porqués absurdos sin respuesta

1- ¿Por qué Mr Eastwood tiene una visión tan pesimista y disfuncional de la familia? Tanto la de Gran Torino como, especialmente, la de Million Dollar baby, de puro tópicas y maniqueas, resultan poco creíbles. ¡Háztelo mirar, gran Clint! *

2- ¿Por que Christian Bale parece querer especializarse en papeles de tipos perturbados, discapacitados mentales, asesinos yuppies o directamente, freaks atormentados con antifaz? ¡Tu carrera está pidiendo una comedia a gritos, un drama (romántico) como God manda, o, simplemente, un tipo corriente, Chris! No dejes que el publico olvide esa sonrisa tan encantadora, picara y ligeramente infantil que tienes. ¡Queremos verla again!

3- ¿Por qué tanto Iñarritu como el recién estrenado director Guillermo Arriaga tienen la sádica y insistente manía de maltratar animales en sus películas? ¿Dónde queda ese humanismo que tanto predican?


4- ¿Por qué nadie parece querer darse cuenta de que el peinado de Barden en No es país para viejos, ese que ha sido nombrado injustamente el más feo de la historia, es una copia descarada del que lucía Josh Hartnett en Las vírgenes suicidas y, si me apuráis, del pelucón de caballo de Cary Grant en La novia era él?

5- ¿Por qué hay tantos actores y actrices que han aterrizado en el cine debido a que una (in)oportuna lesión truncó bruscamente sus deportivas y danzariles carreras? ¿es que la lista de opciones no daba más de si? ¿no podían haberse dedicado, por ejemplo, al bingo?

6- ¿Por qué Carla Gugino, salvo contadas excepciones, más que una actriz, parece una pin-up? A las pruebas me remito: Snake Eyes, Sin City, The singing detective, Watchmen…

7- ¿Por qué me perderé siempre un tercio de los chistes de las películas argentinas por culpa de su encantador pero, en ocasiones, incomprensible acento porteño?

* Se que esta pregunta aparece en una famosa revista de cine, pero a mi también se me ocurrió al ver Gran Torino, ¡que milks!

Of round endings

¿Qué es un final cinematográfico redondo? Es más que una guinda roja y jugosa con la que recrear el paladar minutos después de haber abandonado la sala. Un final redondo es una vuelta de tuerca inesperada, con entidad y fuerza propias, capaz de contagiar retroactivamente toda la película y elevar su visionado completo uno o varios enteros.

Rara vez un ending se convierte en nuestra escena favorita de la película, pero hay algunos tan maravillosos, que compiten arduamente con el resto de su brillante metraje.

Ejemplos populares inolvidables son, por ejemplo, la frase final de Casablanca (En Cuando Harry encontró a Sally decían que nunca se había escrito una última frase mejor y nadie se atreve a cuestionarlo), la hilarante y ácida despedida de la magistral Con faldas y a lo loco o el emotivo reencuentro bajo la lluvia a tres bandas de Desayuno con diamantes.

Sin embargo, hoy me apetece rescatar tres momentos de tres films mucho mas cercanos en el tiempo, pero que, en mi opinión, tienen todas las papeletas para convertirse en clásicos:

– Revolutionary Road:

El título más maltratado por la última edición de los oscars, tiene un ending de muchos quilates que, por si solo, justifica el visionado de todo el film. No es feliz ni agridulce, tampoco una oportunidad de redención o una última concesión al optimismo o la esperanza. Es cínico, pesimista, despiadadamente divertido y doloroso; pero es el único posible, el que mejor refuerza el espíritu de toda la obra.
Quienes lo hayan visto lo recordarán con una sonrisa amarga, pero para los que aún tengan pendiente este peliculón de Mendes, sólo diré dos palabras sin caer en el spoiling: audífono y volumen.

– La vida de los otros:

La última escena de esta joya alemana, no es sólo uno de mis últimos endings preferidos, sino uno de los más bonitos, emotivos y perfectos de la historia del cine.
Parece una flecha disparada por un Robin Hood en estado de gracia: rápida y directa, sin caer en sentimentalismos, florituras o subrayados excesivos, y capaz de dar de lleno en el centro de la diana [inserte en lugar de diana su órgano emocional favorito aquí]
¿Cómo se puede decir tanto tantísimo con tan poco? ¿sería posible haber escrito un final mejor?

– La familia Savage:

Ayer mi masoquismo me llevó a enfrentarme a un film potencialmente doloroso, en domingo y que, para mas inri, narra con cruda honestidad situaciones, caracteres y vivencias demasiado… autobiográficas. Y tras este notable y familiar plato de digestión pesada, aderezado con verdades como puños y puntuales sonrisas de pimienta negra, llegó un final luminoso e inesperado, tan desarmante y hermoso, que me obligo a abrazarme a mi gato mientras salpicaba inconteniblemente su pelirroja melena de lágrimas…

¿Por qué nos obsesionarán tanto los perfect endings? Supongo que, como brillantemente puntúa Allen, uno intenta que las cosas salgan perfectas en el arte, porque esa perfección es imposible en el mundo real. Al otro lado de la pantalla, casi nunca hay cierres redondos, que completen el círculo y sesguen de un plumazo todos los flecos. Y cuanto más se empeñe la vida en enfrentarnos a inoportunos, dolorosos y abruptos adioses, más nos abrazaremos, consciente o inconscientemente, a ese espejo multiangular que es el arte…

Hablen de sus finales redondos preferidos ahora o callen para siempre…

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