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If you need me, whistle!

by Alhy K. Wood

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Fobias

I, Daniel Blake/Yo, Daniel Blake: “Yo quijoteo. ¿Tú quijoteas?” (#64SSIFF)

No comienza mal lo último de Ken Loach. Un personaje simpático y entrañable desgrana lúcido humor británico ante la frustración de la insultante red tape de las ayudas sociales, denunciando de forma clara y lúcida la brecha tecnológica que existe entre las jóvenes generaciones que han integrado la tecnología plenamente en sus vidas y la muy desorientada tercera edad. Y con la empatía en mode on, un@ piensa que tal vez la palma de oro en Cannes está total y completamente justificada, pero se equivoca.

 

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Animales fantásticos y dónde encontrarlos: Frank de la city

60 páginas. Ese es el reducido tamaño versión muggle de Animales fantásticos y dónde encontrarlos (también podría haberse titulado Fantastic beasts and where to find them for dummies) que Harry, Hermione, Ron y el resto de los alumnos de Hogwarts tuvieron que estudiar en la controvertida asignatura ‘Cuidado de criaturas mágicas’. Básicamente, contiene, si no me falla la  memoria, una breve biografía de su autor y magizoologo, Newt Scamander, un prólogo by Albus Dumbledore y una guía de criaturas mágicas ordenadas alfabéticamente y por grado de peligrosidad.

 

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10 films extremadamente populares que aún no he visto

De entre mis más vergonzosas, imperdonables e inconfesables lagunas como cinéfila, destacaría algunos de los primeros títulos pioneros de la historia del cine (El nacimiento de una nación, El gabinete del doctor Caligari, El acorazado Potemkin…), buena parte del neorrealismo italiano y la mayoría de los westerns (posiblemente, el género que menos me entusiasma), pero también existen otros títulos, bastante más conocidos y digeribles, que forman parte del  mc menú cinematográfico de varias generaciones; películas que, para mi mayor vergüenza, han sido, en su mayoría, repetidas hasta el hartazgo por l@s inspirad@s programadores televisivos durante las últimas décadas.

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Especial Zinemadia 62 (Sección Oficial): El cine correcto y/o regulero que vendrá

The Equalizer/ El protector (Fuera de concurso)

El que fuera el film encargado de inaugurar la sección oficial del Zinemaldia también resultó ser, desgraciadamente, uno de los más decepcionantes. Ni el charme de Denzel Washington es capaz de rescatar un film plagadito de tópicos y de personajes nulamente desarrollados,  hipertestosteróneo, excesivamente largo, y (para que lo vamos a negar) con cierto aroma a rancio. Los 80 han pasado y ver a un Chuck Norris más “repartiendo estopa a diestro y siniestro”, simplemente porque si, ya no entusiasma ni convence a (casi) nadie.

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En lo que va de 2013, el cine me ha enseñado…

Películas participantes o inspiradoras: Zero Dark Thirty, The Master, Django Unchained, Anna Karenina, Silver Linings Playbook, Hitchcock, Lincoln, No, Gangster Squad, The perks of being a wallflower, Cloud Atlas, Weekend, Searching for Sugan man, Wreck it Ralph!, Oz: The Great and Powerful, Liberal Arts, Upside Down, Oblivion.
 



* La espectacularidad técnica y visual pesa más que la argumental, y el espectador ha aprendido a dar por supuesta la excelencia de una y la deficiencia de otra con total pasividad.
* Las cosas que merecemos y/o nos robaron, se encuentran en otra parte, otro país… o tal vez en otra vida que volveremos a vivir una y otra vez.
* Lecciones políticas desde el principio de los tiempos que seguimos ignorando cuando más las necesitamos: los todopoderosos subestiman el hecho de que si los de abajo se mueven, los de arriba se caen.
* Hay sucesos reales tan increíbles que, si no los convirtieran en películas, no nos los creeríamos (o no los conoceríamos, que es peor).
* Convertir al otro en tu misión vital es tan peligroso para ti como para él, tanto si quieres manipularlo, como eliminarlo.
 
 
* El amor romántico es super pasional y arrebatador, pero no lo palpamos. Lo sabemos únicamente porque se nos cuenta mediante voz en off o a través de los diálogos.
* Detrás de un gran hombre… hay muchos más hombres, y, al fondo de la sala, están ellas.
* Beber de numerosas fuentes, no ser original, homenajear y copiar, a estas alturas, resulta inevitable, pero lo que importa no es tanto qué nos cuentan, sino cómo nos lo cuentan (lately, desgraciadamente parecen haberse olvidado del cómo).
* El deus ex machina ideal para solucionar un final que se les ha ido de las manos, es embarazar a la protagonista femenina tras un polvo rápido en una situación estresante. ¿Descarada campaña pro-natalidad?
* Hay chicos guapos que pueden estar tan ocupados lamiendo sus heridas, que no saben que lo son.
 
 
* Una buena película romántica protagonizada por dos hombres, para el gran público, es sólo una buena historia de amor gay.
* Las chicas duras de las películas, esas que reparten mamporros o lideran las escenas de acción, no son iconos del feminismo, son muñecas hinchables guerreras. Nada más.
* El blanco y negro aporta calidad y seriedad a una película. En cuanto el tecnicolor entra en escena, el guión cae en picado.
* Receta para escribir un guión hipster: criticar sagas literarias de dudosa calidad, homenajear los greatest hits de música clásica al estilo Manhattan y soltar un par de frases supuestamente trascendentales.
* Técnica usada por los críticos: cuando una película tiene la misma cantidad de virtudes que de defectos, quédate con lo último, magnifícalo y ningunea vilmente lo primero.
* Receta para un director: no importa lo bueno que sea el guión o la novela que lo inspira: romantiza la historia todo lo posible y mete un happy ending aunque sea con calzador.
 
 

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Amor y letras ("Liberal Arts"): crisis vitales versión hipster

En una escena de Amor y letras (otra maravilla de “traducción” inspirada donde las haya), el personaje de Elizabeth Olsen le graba un CD de música clásica a Josh Radnor para que este amplíe sus gustos musicales más allá de “los grupos indies raros” que suele escuchar. Él, maravillado ante su belleza, reacciona (o despierta) con insights sobre la poesía de la belleza urbana al más puro estilo American Beauty.  ¡Qué bonito!
Hace unos 15 años, cayó en mis manos un CD doble titulado “La mejor música de relajación del  mundo” que contiene, aproximadamente, el 80% de los temas clásicos que se incluyen en esta película.  ¿Cuál es la diferencia entre estas dos situaciones tan aparentemente poco relacionadas? Pues que mi CD no intentaba engañar al consumidor, venía a ser lo que a la música pop son los grandes éxitos de The Beatles, mientras que en la película de Radnor, nos quieren vender esta selección de temas, no sólo como una muestra representativa de los fab four, sino de la música pop nivel principiante. Pues bien, esta metáfora musical puede aplicarse al resto de la película.
 
 
 
 
 
Casi todo en este film es pura pose hipster o gafapastil, perfectamente diseñada para parecer ingeniosa, fresca y trascendente, cuando en realidad, no lo es. Josh Radnor (que escribe y dirige, como ya hizo con su primer trabajo Happythankyoumoreplease) pretende hablarnos de las crisis vitales (la de los veinte, la de los pre-cuarenta y la de la post-jubilación) y sus aparentes coincidencias, de lo que implica aparcar los peterpanismos, abrazar la madurez con responsabilidad y aprender a estar más presente en el mundo real que en el acogedor mundo interno (ese que es alimentado por los libros que el personaje de Radnor parece devorar), entre otras muchas cosas. El problema, es que no profundiza ni desarrolla ninguno de estos temas. Se limita a rascar un poquito en su superficie, a soltar unas cuentas frases supuestamente profundas y lúcidas en algún dialogo resultón y a mostrarnos un catálogo de inadaptados encantadores (muy desaprovechados, casi todos ellos, sobre todo ese actorazo que es Richard Jenkins). Todo sin hacer demasiada pupita ni hacer meditar al espectador. Muy cool, muy bittersweet, muy “indie”, pero no cuela.
 
 
 
 
 
Por ejemplo, no nos creemos a Josh Radnor como ese lector inteligente y compulsivo. Salvo alguna escena en la que le vemos leyendo o soltando algún comentario prestado, lo único que nos lo confirma (además de oírle repetir “me encantan los libros” una y otra vez), es un ataque a la yugular de la saga Crepúsculo,que vendría a ser tan obvio y facilón como un grupo de leonas persiguiendo a una gacela “jubilada” en pleno Serengueti. Lo que realmente habría sido un síntoma de ingenio e inteligencia, habría sido meterse con alguna otra obra literaria mejor valorada por la crítica y más querida por el público en general, pero como casi todos sentimos tirria (o placer culpable) por la saga vampírica, nos reímos maliciosamente, felicitándonos por nuestros buen criterio y tan contentos.
 
 
 
 
En resumen, si lo que quieres es ver una película amable, agridulce, algo cursi, políticamente correcta, con algún actor carismático (atención a Elizabeth Olsen, lo mejor de la película con diferencia), perfectamente olvidable, aunque un poco más digna que la media de comedias de este tipo, puede que salgas del cine con una sonrisa. Si, por el contrario, exiges un film a la altura de la propuesta que inicialmente presenta al espectador (un film sencillo, fresco, nada pedante o pretencioso, con ingenio, inteligencia y cierta profundidad y originalidad), sentirás que la última hora y media de tu vida  es una vergonzosa tomadura de pelo… hipster.
 
 


P.S. Tiene guasa, I’ll give him that, que Radnor se meta con la saga Crepúsculo cuando una de las actrices de la adaptación cinematográfica sale en esta misma película, y él mismo tiene como novia a otra de sus vampiras.
 
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La animalada de Pi

Durante este ya agonizante 2012 han surgido una serie de películas en las que no sólo se han utilizado animales (utilizar es un eufemismo de explotación cuando no se trata de dóciles canes) sino que también se han maltratado y asesinado, bien con premeditación y alevosía (3 toros en Blancanieves y decenas de peces recién pescados y/o agonizantes en Bestias del sur salvaje) o bien por supuesto accidente (caballos, cabras y aves en El Hobbit). En resumen: no ha sido un buen año para los forzados actores no humanos.
Recientemente ha llegado a nuestros cines la esperadísima La vida de Pi, que, entre otros temas, aborda el necesario y menospreciado respeto y empatía interespecies. Resulta, por lo tanto, lógico suponer que en un film en el que se recalca que los animales tienen alma, se haya cuidado con esmero el trato y el respeto hacia las otras especies.  Lo deseable y coherente con el argumento de la novela de Yann Martel habría sido que todos sus personajes no humanos hubieran sido creados digitalmente. Desgraciadamente, no ha sido así.
 

A pesar de que un rodaje con animales casi siempre supone accidentes de algún tipo (caídas, heridas, peleas, ataques y agresividad debida al estrés, etc), resulta mucho más barato utilizar seres de carne y hueso y obligarlos a realizar actos que, muchas veces, van en contra de su propia naturaleza salvaje, que tirar de carísimos y sofisticadísimos efectos especiales. El mejor y más claro ejemplo en la película de Ang Lee sería Richard Parker, el tigre. Sólo se ha utilizado un animal en 3D en las escenas “imposibles de filmar en la realidad”. Seguro que el bueno de “Richard” disfrutó de lo lindo sometiéndose, contra su voluntad y sin cobrar ni un céntimo, al prestigioso“método látigo”.
 
Y es que el film cuenta con un entrenador (David Faivre) y un coordinador de tigres (Paul ‘Sled’ Reynolds) que cualquier animalista pondría en su lista negra. Para colmo de males, la exitosa película está rodada en Taiwan, donde la regulación de los derechos de los animales en el cine debe estar aún más vendida que la American Humane Association (AHA), que supuestamente regula el bienestar de esos animales SÓLO durante el rodaje (¿qué pasa, entonces, en todos los rodajes con animales del mundo, cuando se apagan las luces?), aunque, como bien es sabido, la graduación de sus gafas depende, en cada caso, de la generosidad de la productora.
 
 
 
 
Otrosaseguran que La vida de Pi podría haber estado regulada por The Animal Welfare Board of India, la cual habría aceptado de buen grado que se rodara con 3 elefantes, 9 perros, 2 cabras, 81 aves, 6 vacas, 15 conejos, una mula, 5 gallos, un león, un tigre y un mono (de ser cierto, seguramente, excelentemente tratados desde la perspectiva de un domador de circo). Pero, se mire por donde se mire, el sadismo está practicamente garantizado.
 
¿Puede una película con supuesto mensaje animalista explotar animales no humanos bajo la premisa de que el fin justifica los medios? ¿acaso es coherente maltratar y despreciar unas cuantas vidas con la excusa de instar al público a respetar y proteger otras? ¿Es ético utilizar animales (a menudo salvajes) en los rodajes y someterlos a todo tipo de estreses y maltratos cuando sus personajes podrían ser creados digitalmente? ¿cuánto tiempo más van a seguir sufriendo inútilmente otras especies en nombre del séptimo arte? Y, desde nuestra responsabilidad como espectadores, ¿cuánto más seguiremos acudiendo a las salas para abrir el corazón y cerrar los ojos ante brutales (e imperdonables) contradicciones como esta?
 
 
 
 
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Blancanieves vs Blancanieves: ¿Bollywood gamberro o tenebrismo reloaded?

Comparar y enfrentar dos revisiones de un cuento clásico tan aparentemente antagónicas, en principio, puede parecer injusto. La Blancanieves de Singh es alegre, colorista, paródica y bollywoodiana, mientras que la segunda y más reciente, resulta un cruce entre el tenebrismo gótico timburtoniano + El señor de los anillos + Crepúsculo + Matrix + Juego de tronos + Gladiator + La princesa Mononoke. Sin embargo, ambas versiones poseen los suficientes elementos en común como para mantener un pulso justo en sus respectivas “categorías”.

La Heroína dulce, fuerte y feminista
De la Blancanieves original ambas protagonistas han heredado su carácter dulce y generoso y su buen corazón, mientras que de los dosmiles y su agitadísimo y nada original coctel de influencias, se ha tomado el testigo de ilustres libertadores/vengadores, como Robin Hood, Juana de Arco o Máximo Décimo Meridio (¡ahí es ná!).
Las dos Blancanieves aprueban (bueno, una mucho más que otra) en su faceta como pajarillo dentro del cascarón o Perséfone. El problema, es que mientras Lily Collins resulta más o menos convincente al madurar y convertirse en ladrona-justiciera, no hay manera de creerse a Kristen “de Arco” Stewart, bajo una armadura, liderando a todo un pueblo ninguneado y oprimido contra la pérfida reina, tras un discurso cursiloide a lo William Wallace. Con otra actriz más creíble, tal vez esta segunda Blancanieves seguiría sin ser notable, pero hubiera ganado muchos enteros.

El Enamorado (y algo garrulo) héroe-antihéroe

Ningún maromo sale demasiado bien parado en estas modernas revisiones por muy bonachón que sea y muy apuesto y fornido que se nos presente. El cazador (Chris Hemsworth) es una mezcla entre el simpático y machomanil Thor que le ha hecho popular y un sucedáneo borrachuzo de Han Solo, pero tristemente, está paupérrimamente desarrollado y nos deja con ganas de más. Para colmo de males, el dios del trueno se disputa el cuore de Blancanieves, en plan Crepúsculo, con un tipo aún más soso y mustio que ella… ¡con lo que él ha sido!
Por otra parte, Armie Hammer se lleva la peor parte del pastel de gamberradas de Mirror, Mirror. Que resulte cómico ridiculizar al pomposo y arrogante principie y permitir que Blancanieves se saque sola las castañas del fuego, se agradece, pero humillar al personaje hasta convertirlo en un patán, le quita de un plumazo el erotismo animal hasta al hombre más sexy del mundo. Y, como todos sabemos, ninguna Blancanieves que valga se enamoraría de un garrulo…

La hermosa, pérfida y envidiosa Madrastra

En ambas versiones resulta obvio e indiscutible: la estrella que más brilla es la mala malosa malérrima. Sin embargo, vista en conjunto, por muy perversa y deslumbrante que resulte Charlize Theron en su papel de madrastra, el hecho de encabezar el cartel junto a su insulsa compañera, resulta todo un fallo de casting. Si querían a Theron para el papel, o bien tendrían que haber esperado unos añitos, cuando la actriz ya no se encontrase en la plenitud de su belleza, o bien tendrían que haber encontrado a una Snow White mucho más guapa que ella (y si algo nos demuestra Blancanieves y la leyenda del cazador, es que eso resulta poco probable).
En Mirror, Mirror la igualmente robaescenas Julia Roberts se muestra más gamberra, sarcástica y autoparódica que nunca. Como atractiva cuarenteña (que no cuarentona), tiene el físico perfecto para el papel de madrastra, mientras que, al mismo tiempo, es capaz de reírse saludablemente de los miedos e inseguridades que conlleva la pérdida de la belleza juvenil. Aunque el personaje de Theron mole más, en la desprejuiciada revisión Blancanievil de Singh, “la parte” de Roberts encaja perfectamente con el resto del “todo”.

Los granujas pero muy entrañables Enanos
No hay discusión posible. Este pulso lo gana Mirror, Mirror y con bastante diferencia. Los enanos tienen más protagonismo y su entrada resulta mucho más espectacular (inolvidable su “vestimenta de trabajo”). Además, tienen carisma, cada uno posee su momento de gloria y están mejor desarrollados, mientras que en la película de  Sanders, no sólo aparecen cuando ya los habíamos olvidado, sino que están desaprovechados y no resultan todo lo naturales que nos gustaría.
Y es que la comunidad de actores de talla pequeña debe estar echando chispas (y con razón) por la cutre y patética maniobra de enanizar digitalmente a actores de altura standard. ¿Es que no había suficientes actores enanos con talento en el mundo? (¿acaso Willow y Juego de tronos no nos han enseñado nada?) Sin despreciar la labor actoral de sus actores, ¿alguien puede creerse una Blancanieves en la que hasta los enanos son falsos?

El bosque oscuro/encantado 2.0
En esta categoría, salen mucho mejor parados Theron & Co. Mientras que el bosque bastante más nevado que oscuro de Mirror, Mirror resulta algo esquemático y parece sacado de un cuadro de Gustav Klimt, el bosque muyyyy oscuro de Snow White and the huntsman, a pesar de beber de todas las influencias que se han comentado anteriormente, tanto en sus confines tenebrosos como en los encantado-poético-idílico-ecologistas, resulta visual y estéticamente impecable. Y es que si algo no se le puede reprochar al film de Rupert Sanders es su poderío y fascinación visual.

La soseras love story
Lo único destacable del romance entre Collins y Hammer es el refrescante cambio de roles dentro del género: ella le rescata a él y ella se rescata, básicamente, a si misma. Por lo demás, resulta de lo más predecible y tontorrón y, lógicamente, no pasará a la historia. Sin embargo, posee la complejidad y sutilidad de una obra de Shakespeare comparado con el de Hemsworth y Stewart (que para más inri tienen una química nula). En una cinta en la que lo más importante parece ser la acción continua y sin respiro, no hay hueco para que las emociones se cuezan a fuego lento (¿y acaso no fue eso lo que aprendimos de la bella y la bestia?). Es como si: escena 1) pongo el cazo en el fuego. Escena 2) ya están listas las lentejas. ¿Qué pasa con el proceso? ¿Es que no podían haber compartido, al menos, una triste charla trascendente por el bosque, un baile agarrao o una discusión acalorada tipo tensión-sexual-no-resuelta?

El mirror, mirror on the wall who’s the fairest of them all

En lo referente al objeto más mágico y mítico del cuento, ambas versiones han echado mano del ingenio, lo cual se agradece. Será que sabían que parte del éxito de renovar un clásico dependía de sorprender con un concepto demasiado enraizado en el inconsciente colectivo. Mientras que el de Roberts es un reflejo mejorado de si misma (sin arrugas, flaccidez y demás) y está tan escondido que sólo se accede a él llegando a una cabaña perdida en medio de un lago zen (si, es difícil de describir si no se ha visto la película), el de Theron parece una pieza de orfebrería gigante hecha por los elfos de Rivendel que, al “despertar”, muta en un inquietante hombre encapuchado sin rostro cual cyborb salido de Terminator 2.

La manzana envenenada

Sin spoilear demasiado, de la cinta de Tarsem Singh sólo se puede añadir que la fruta del pecado aparece metida con calzador y cuando menos se la espera. Aunque la escena está bien resuelta, no está todo lo mordida que cabría esperar.
En su versión gótica hay que admitir que la han aprovechado la rojísima manzana para realizar una de las mejores escenas de la película, acertando de pleno con el personaje que “la regala”. Y hasta ahí puedo escribir…

El pueblo oprimido
Esos dos pueblos tiranizados, uno más de cuento (Mirror, Mirror) y otro sacado de un capítulo de Juego de tronos (por momentos parece que, en lugar de “Ravenna”, alguien va a pronunciar “Cersei Lannister”) pretenden imprimirle la dosis justa de conciencia social al relato. Y es que los tiempos cambian y Blancanieves no es sólo guapa y con un corazón que no le cabe en el pecho: también es solidaria. Por eso no le vale con salvar su propio pellejo, sino que pretende salvar el de todos.
Aunque ninguna adaptación explota demasiado esta faceta, en la peli de Stewart, Hemsworth & Co han añadido un espeluznante y vampírico miedo palaciego extra que hace más interesante la trama.

Los incautos animalillos del bosque

Es de todos conocido que la chica con la piel mas blanca que la nieve, los labios más rojos que el rubí y el pelo más negro que el ébano tiene un corazón y un espíritu tan puros que es capaz de lograr que los animalillos del bosque la cuiden, la protejan, la abriguen cuando hace frio o, incluso, se autoinmolen por salvar su paliducho pellejo. Y sí, Lilly Collins tiene amigos alados que la visitan por las mañanas (en la duda queda si también la ayudan a vestirse) y todas las criaturas (humanas o no) con las que se cruza parecen adorarla, pero es que en la versión cazadoril algunos inocentes animalillos hacen imperdonables sacrificios que van de lo triste a lo ridículo por aquello de que la chica es “la elegida”. Nunca llegamos a entender qué tiene ella que no tenga otr@, pero es que la sombra de Matrix es más larga que la del propio castillo…

El real y muy radical tratamiento de belleza
Radicales sí, y reales también, pero muy distintos. Mientras que la cura de juventud de Roberts cae en el mal gusto y la escatología, buscando sonrisas donde solo hay vergüenza ajena y muecas de asquito, Theron se saca de la manga un baño cleopatril en lo que parece la leche de algún animal que no queremos ni imaginar, pero que dota de un inesperado erotismo de anuncio de perfumes a la cinta. Será que la rubísima fue chica Martini y algo queda…

El beso rompe-hechizos
Pierde bastante garra que la pobre Lilly Collins le eche azúcar al asunto y se fabrique un gloss a base de fresas silvestres para hacer más llevadera la tarea de besar al tipo más mendrugo y patético del mundo, pero es que el príncipe está demasiado encantado por ciertas malas artes y parece que no queda más remedio que dejar el romanticismo de lado.
Por otra parte, Stewart, acostumbrada a los tríos, recibe más de un beso, porque para algo ella es “la elegida”. El primero la deja igual de fría (y no nos extraña). El segundo, sin embargo, no sólo le devuelve la vida, sino que le regala unas cuantas, tal Cat Woman. Y es que como alguien dijo por ahí, recibir un beso de Thor debe ser como chutarse una dosis extra de red bull en vena…
(Sí, esta foto no corresponde a ninguno de los besos oficiales, pero no quería spoilearlo)

¿Resultado final? Mirror, Mirror gana el duelo con un trabajo digno aunque no brillante. Y es que hay demasiadas cosas que chirrían en Blancanieves y la leyenda del cazador por mucho que prefiramos una adaptación gótica y oscura. Una pena…

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Flagellator cinema: ¿sado-maso emocional?

A pesar de ser ampliamente conocido por tod@s y valorado por much@s, existe un tipo de cine que lleva demasiado tiempo pidiendo una categoría propia a gritos. ¿Que cuál es ese subgénero cinematográfico aún por bautizar en pleno siglo XXI? Con el permiso de l@s cinéfil@s y ciberexploradores que lleguen hasta esta humilde morada, me he permitido hacer los honores: cine flagelante.
Podría ser confundido con el género dramático hardcore, pero no nos llevemos a engaños. En el cine flagellator los personajes no sólo sufren muchísimo, sino que lo hacen en progresión geométrica, innecesaria y sádicamente, sin tener ni un solo momento de respiro, ni posibilidad de salvación.

Un director flagelador es equiparable a un guardián de las galeras de Ben Hur: no sólo no deja de dar latigazos indiscriminadamente a todo lo que encuentra, sino que lo hace al ritmo maquiavélicamente adecuado, de forma que el dolor no se solape y resulte más intenso. Metódico y cruel, y con la excusa, en gran parte de las veces, de la denuncia social y/o la justificación de un discurso humanista, lleva a tal extremo eso de “únicamente cuando es pisoteada se extrae de la aceituna su mejor jugo”, que no sólo acaba aplastándola con tanques, sino que no se salva ni un miserable mililitro de aceite que culebree por el suelo.
Hay muchos ejemplos de flage-autores a los que, tristemente, sería impensable imaginar explorando otros géneros, aunque, posiblemente, Lars Von Trier sea el más prestigioso y polémico miembro del Flagellator’s Club. El enfant terrible danés tiene predilección por el sadismo en clave femenina. En su cine, las que suelen sufrir mucho, muchísimo, muchérrimo, son ellas: o deja cuadriplégicos a maridos que ordenan a sus puritanas esposas que se acuesten con otros (Rompiendo las olas), o las condena a la ceguera, la traición y la muerte (Dancer in the dark) o bien asesina a sus retoños en pleno orgasmo y les amputa, posteriormente, el clítoris en plan expiación (Anticristo). Too much.
Un (sádico) paso más allá va Alejandro González-Iñárritu. En sus películas todos los personajes, sin discriminación de género o de especie, sufren agonías terribles hasta el punto de acabar reducidos a papilla física y emocional (aunque en el caso de los animales no humanos, suelen acabar estúpida, innecesaria y cruelmente asesinados). Amores perros, 21 gramos, Babel, Biutiful… en todas ellas sus sufridos protagonistas se rebozan en el dolor con detenimiento y esmero, cual hipopótamo en el nutritivo fango. Y es que, en el cine de Inárritu, no se salvan de sufrir ni los del catering.

Obviamente, existe cine flagellator de calidad y cine flagelante no tan redondo. Si bien es cierto que las películas están por encima de los géneros, resulta innegable que existe un sector del público (entre el que me encuentro) que no acepta convertirse en sparring injustificada y sádicamente. Y es que es imposible no plantearse si para bucear en el corazón humano y volver a la orilla, es necesario, como único método de exploración, soltar golpes ininterrumpidamente, manipulando y noqueando al espectador, como si sólo al sentirse realmente apaleado pudiera llegar a comprender alguna verdad profunda, misteriosa y trascendente sobre la naturaleza humana.

Actualmente, hay una prestigiosa película flagelante en cartel que parece entusiasmar a todo el mundo. Mentiría si dijera que su visionado no resulta muy recomendable, pero también si adujera que todos sus golpes argumentales son necesarios. El Tyrannosaur de Paddy Considine (subtitulada horrible y espoileadoramente como Redención en España) es devastador, contundente y muy sólido. Además, está protagonizado por dos actores en estado de gracia. Si una película sigue fresca en la mente a pesar de haber transcurrido seis meses desde su visionado, obviamente, hay algo muy interesante en ella, pero no sé hasta que punto su vivo recuerdo no tiene que ver con la profunda indignación que sentí durante su visionado. Y es, ¿era necesario llegar a semejantes cotas de sadismo y crueldad para empatizar con dos personajes heridos y apaleados o para justificar sus acciones?
¿Hasta que punto, a veces, el estilo flagelante in crescendo sólo está justificado por la falta de imaginación y sutileza del director y su escasa confianza en la inteligencia del espectador?
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Los tres peores momentos que he pasado en el cine (second and last part)


2 * Take a look on the wild side… of the road

Pocas veces voy al cine sin investigar detalles sobre la película en cuestión, simplemente guiada por el instinto o por alguna buena referencia. Admito que si hubiera conocido más a fondo el argumento de La Carretera, no estarías leyendo estás líneas, porque este film pasaría a engrosar, sin duda, una de las escasas excepciones de mi lista “films para no ver nunca”.

Y no es que la película de John Hillcoat sea mala, más bien al contrario. Es un film excelente (aunque incomprensiblemente ninguneado por la crítica en mi opinión), sin embargo, si tuviera que hacer un ranking con los argumentos más terroríficos, The Road estaría, sin duda, en el honorable top 5. Como diría Chandler Bing “era como si alguien hubiera escrito mi peor pesadilla y me hubiera hecho pagar por verla!”.

En esta realidad distópica, una catástrofe ambiental (o nuclear, nunca se especifica) ha acabado con el 95% de la población, junto con toda la vida animal y vegetal (sólo algunos insectos y árboles resistieron inicialmente, pero han muerto casi todos). Siempre es invierno, siempre hace frío y el cielo siempre está gris. Las cenizas lo cubren todo. La comida se convierte en el bien más codiciado, así que los supervivientes, básicamente, sólo tienen dos opciones: el suicidio o el canibalismo.
Una vez agotada la despensa, un padre y un hijo se ven forzados a abandonar su casa. A lo largo de la carretera, descubrirán si son portadores de luz o todo lo contrario. Y hasta ahí puedo leer.

Esa tarde cometí la imprudencia de ir sola al cine y confieso que nunca en toda mi vida había sentido tanto terror. De hecho, temblaba tan visiblemente, que me daba vergüenza que algún espectador pudiera darse cuenta. Todos los músculos de mi cuerpo me instaban a abandonar la sala, y si no fuera porque un buen amigo me había dicho que el final de la novela era esperanzador, lo habría hecho sin ninguna duda.

Hacia los 30-40 minutos de la proyección ocurre algo tan sumamente espeluznante y sobrecogedor, que te lleva más allá del horror hasta un lugar en el que te blindas emocionalmente. Tu cuerpo automáticamente se relaja, porque sabes que nada de lo que puedas ver a continuación puede superarlo en espanto. Y te da igual la posibilidad de que se coman al padre al alioli o que el hijo se muera de un ataque de anemia galopante. Sólo quieres que el viaje acabe lo antes posible.

Cuando llegaron los anhelados end titles, los despertares o (leves) estados de shock que siguen a la proyección de una película, se multiplicaron por 1000 al acabar La Carretera. Creo no equivocarme al afirmar que no había visto un silencio más abrumador y unas caras más compungidas en mi vida.

Salí del cine como quien escapa de un secuestro y durante los días siguientes tuve casi todos los síntomas del trastorno de estrés postraumático: hipervigilancia, irritabilidad extrema, dificultad para dormir (me daba pánico apagar la luz) y para concentrarse y reviviscencia o la obsesión por revivir escenas y emociones en tu mente una y otra vez.

Y es que, sea cual sea tu nivel de trauma post-roadiano, a pesar de los profundos y emotivos valores humanistas que atesora, La Carretera te ataca de las 3 formas en las que te puede noquear una película: izquierdazo a la emoción, gancho a las tripas y cruzado a la cabeza. De hecho, este último golpe resulta el más peligroso de todos, porque aunque consigas librarte del impacto emocional inicial, no consigues abandonar el asfalto y te sorprendes caminando por ella muchos meses después. Por que The Road es como una maldita espina que se cuela en tu torrente sanguíneo y avanza lenta pero indefectiblemente hacia el sótano en el que conviven tus peores miedos. Y una duda, como una cuchilla, araña tu mente: ¿y si pudiera pasar?

3 * Lo que Andy se llevó

“¿Cómo es posible que sufrieras viendo Toy Story 3?” os estaréis preguntando.
Mientras el público, mayoritariamente infantil, vitoreaba y reía parapetado tras sus gruesas gafas 3D, yo trataba de contener el llanto sin éxito. Y es que frases como “el fin de una era” o “será duro despedirse de Andy para siempre” fueron too much para mi. En el real world, yo también tenía que despedirme de mi propio Andy, un fiel amigo muy enfermito que moriría justo dos días después de aquella proyección.

Cuando la gente se levantó, animada y satisfecha, de sus butacas, yo no pude ni quitarme las gafas. Mi paciente acompañante me abrazó y empapé de lágrimas su camisa hasta que la sala se había vaciado y la cara de la acomodadora nos instó a marcharnos.

Recuerdo que la gente me miraba, entre el asombro y la lástima, pensando para si “pues si que le ha afectado a esta chica separarse de sus juguetes”.
Al devolver las gafas 3D (¿ah, pero es que había que devolverlas?), estuve a punto de pedir disculpas por el indecente estado en el que las entregaba. No me queda claro si las reciclan o las reutilizan sin más, así que si alguien encuentra unas glasses empapadas la próxima vez que vaya a ver un film en 3D, son las mías.

P.D. Pasen por la halloweenera encuesta de esta semana 😉

P.D.2. Aún están a time para apuntarse al concurso de Bandas Sonoras. Si no se anima más gente, lo voy a tener que suspender 😦

Los 3 peores momentos que he pasado en el cine

Todo cinéfilo tiene su colección particular de “Holocaustos caníbales” vividos dentro, detrás y alrededor de la pantalla grande. Hagámos memoria: Castañas pedantes infumables, patochadas sólo aptas para concursantes de Hombres, mujeres y viceversa, niños (y no tan niños) con incontinencia verbal, roncators-tenores, chuche-escandalosos, acompañantes-comentaristas, climatizaciones sádicas, subtítulos inseguros (o directamente fantasma), parejas que han olvidado que no están en la sala de su casa, síndrome de la palomita rancia, copias de films que parecen haber pasado previamente por las manos de Freddy Krueger, paudoneses en el asiento de enfrente, pateadores profesionales, codo-acaparators, boicoteadores de desodorantes, ubicuators o esos que van compulsivamente al baño o se mueven en su asiento como si tuvieran síndrome de Tourette

Sin embargo, cuando pienso en mis peores momentos como espectadora, casi siempre quedan excluidos actores secundarios, figurantes, dirección artística, fotografía y demás. Todo se reduce al guión, al director y al protagonista principal.

Este es mi Top 3 de momentos horrendos vividos en la sala de cine ordenados biográficamente.

1 * ¡Quiero ir a mi caaaaaaaaaaaaaasa!

Con 7 años era la única niña del colegio que aún no había visto E.T. Ese esperado sábado llegó cuando todos sus protas ya eran adictos a todas las sustancias habidas y por haber, pero me daba igual. Me sentía tan contenta, que ni siquiera el hecho de que mi madre no pudiera acompañarme menguó mi entusiasmo. No podía esperar ni un día más. Si quería ver al extraterrestre, vería al extraterrestre. Recuerdo que la mamma me llevó de la manita hasta una de las primeras filas, me sentó a un asiento del pasillo y me dijo “no te muevas de aquí. Cuando acabe la película, estaré esperándote fuera”. Y así lo hice. De hecho, fui tan asquerosamente obediente, que ni siquiera el jirafo que se sentó delante me animó a cambiarme de asiento. Pero la tortícolis no fue lo más aterrador de todo. En mi primera incursión como espectadora, todo se magnificaba y dejaba huella en mi tierno cerebro esponjil. Sentía una extraña mezcla de emociones y sensaciones varias que no había sentido hasta entonces. Supongo que argumentalmente no entendí nada y que lo poco que pude entender me produjo un inquietante terror paralizante, desde la disección de las ranas, pasando por la operación a vida o muerte de E.T. y acabando con su humillante borrachera zíngara. Y mientras el prota gritaba “¡mi caaaasa!” yo miraba al vacío asiento de al lado, esperando que mi madre brotara de él cual Cat Woman, me llevara a mi ídem y me explicara porque aquel extraño ser cuellilargo era tan plasta.

Cuando acabó el mítico film y los niños salieron en estampida de la sala, todos mis síntomas eran los típicos del estrés post-traumático. Y aunque durante un tiempo la idea de volver al cine me aterrorizaba, recuerdo que un regusto de fascinación fue poco a poco tiñendo aquel amargo recuerdo. ¿Qué era eso que tenía el cine que tenía tanto poder sobre mi? ¿por qué, a pesar de la mala experiencia, me despertaba tanta curiosidad? ¿Y si volvía a intentarlo?

[To be continued… ]

P.S. ¡Que cosas! Con lo tienna y entrañable que me resulta la spielberiana película ahora…

*

Ñoñocinefília

Si la relación amor-odio que mantengo con mi ciudad fuera una goma, ocasionalmente, ambos lados se tensarían tanto, que acabarían por romperse, dándome en plena face.
El momento del año en que más adoro mi ciudad, es en septiembre, durante el Zinemaldi y, al mismo tiempo, el período en el que odio Donosti con la furia de las Siete Plagas, es a lo largo su festivalera semana. “¿Por qué?” sería la question. Por culpa de la ñoñocinefília, of course.
Ayer se pusieron a la venta las entradas de tan esperado evento. Chachi. Como cinéfila aplicada que soy, me dispuse a madrugar para sacar, con suerte, la mayor parte de los preciados tickets que tenía in mind. Doce era mi número de la suerte y cuatro fue el seleccionado por el cajero hasta descuajeringarse sin remedio. No problemo. Me fui al meollo, al epicentro, al big kahuna de la venta anticipada de entradas. Me sorprendió encontrarme únicamente con un grupo de, aproximadamente, 50 personas, pero la heidil sonrisa fue eliminada quirúrgicamente de mi rostro cuando un alma caritativa de mediana edad me señaló: “hay que coger ticket, como en la pescadería”. Dejando de lado el efecto sinestésico de tan repulsiva comparación (si a Neruda le hacía llorar el olor de las peluquerías, mi kriptonita se encuentra en otros lares), cogí un biglietto y comprobé con estupor y espanto que mi numero era el 414… ¡e iban por el 90!.

Afortunadamente, un conocido ángel con el number 103, me rescató. El sol brillaba, los pájaros cantaban, Donosti molaba y toda mi energía se colocó del lado amoroso de la goma again… pero no por mucho tiempo. Las entradas para TODAS las sesiones de Whatever works, la última de Allen, estaban agotadas. Pupita güan. Las entradas para TODAS las sesiones de Inglorious Basterds, el esperado film de Tarantino eran un rotundo sold out. Pupita chu. No quedaba ningún miserable ticket para La cinta blanca, made in Haneke y premio Fipresci a la mejor película del año. Pupita zri. Había un error tipográfico en Five minutes of heaven, de Olivier Hirschbiegel y lo que parecía una sesión normal, era para la prensa. Pupita for. Y de London River, muy bien acogida en el festival de Berlin, no quedaban ni las raspas. Pupita faif. Balance: siete de doce.

A pesar de que la vendedora, muy amablemente, me confirmara que para la última woodyallenada y tarantinada, por ejemplo, las entradas se habían agotado desde el minuto uno, no cuela. La dolorosa experiencia, año tras año, me confirma que el enchufismo horrendo funciona desde el principio de los times, y supe que algún/a repelente suertud@ hijo, amante, amig@ o herman@ de tal, antes de abrir la taquilla y sin siquiera mover un finger, ya tenía en su poder la entrada que, por justicia, nos correspondía a algun@ de l@s que nos lo hemos currado y amamos el cine.

Y es que Donosti nunca dejará de fascinarme. Del palomiterismo descarado exhibido durante 356 días del año, se pasa a una entusiasta y voraz cinéfilia en menos que se dice Piolín. La gente acude en masa a leer subtítulos de films de paises tercermundistas, con el fervor de quien visita a la meca. Why? Porque es muy cool y queda monísimo de cara a la galería (o, a la barandilla de la Concha, en este caso).
Mi ñoñocinefil@ favorito es ese/a tristerrim@ individu@ de mediana/tercera edad, que es fan de Cine de barrio, y acude a ver todas las pelis de la Sección Oficial para criticarlas con saña a la hora del café con sus amigos. Otro ñoñocinéfil@ dign@ de estudio es el/la que nunca (o casi never) va al cine pero, acude emperifolladísim@ a las galas (entregas de premios, ceremonia de inauguración, clausura y demás) con aires de VIP, para lucir palmito y ver al famosete/homenajeado de turno.

Y es que cuando viene una super star la cosa se sale de mother… (and father and Holly Spirit). Me temo que este año, el virus bradpittil nos asolará con bastante más saña y contundencia que la omnipresente Gripe A. Todos y todas querrán tocarle, babosearle, darle jabón Nenuco, sacarle fotos y exhibirlas después en su féisbuk. De hecho, auguro que dentro de 10 años nadie se acordará de qué película ganó la concha de plata, quién fue premio Donosti, o qué nivel medio tuvieron Zabaltegi o la Sección Oficial. No, “brotha”, el 2009 pasará a ser, irremediablemente, “el año que vino Brad Pitt”.

Pd: ayer estaba tan furiosunda, que revisando las últimas ofertas de megavideo, encontré Five minutes of heaven, una de mis “pelis robadas” en esta futura edición, en excelente quality y V.O y como a falta de bread, buenas son pancakes, me la vi. Así que puedo decir que es recomendabilísima, con un duelo actoral que deja K.O. (ese contenido y doliente Liam Neeson, ais) y que, además, tiene uno de esos finales redondos que tantisísimo me gustan.

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