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If you need me, whistle!

by Alhy K. Wood

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Crónicas

The best of #66SSIFF: Girl

Que nadie se lleve a engaño. Girl no es ni pretende ser una representación ni un retrato exacto y fidedigno de la comunidad transgénero. Su jovencísimo director, Lukas Dhont, ya lo ha confirmado en varias entrevistas, asegurando que no es tan ambicioso ni tan osado como para pretender filmar la película trans definitiva. Girl es, simplemente, la historia de Lara, una adolescente a punto de iniciar el proceso de reasignación que sufre un rechazo, vergüenza y repulsión extremos hacia el cuerpo en el que ha nacido. Un cuerpo que, no solo no la representa, sino que choca frontalmente contra su mayor objetivo: convertirse en bailarina de ballet.

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I, Daniel Blake/Yo, Daniel Blake: “Yo quijoteo. ¿Tú quijoteas?” (#64SSIFF)

No comienza mal lo último de Ken Loach. Un personaje simpático y entrañable desgrana lúcido humor británico ante la frustración de la insultante red tape de las ayudas sociales, denunciando de forma clara y lúcida la brecha tecnológica que existe entre las jóvenes generaciones que han integrado la tecnología plenamente en sus vidas y la muy desorientada tercera edad. Y con la empatía en mode on, un@ piensa que tal vez la palma de oro en Cannes está total y completamente justificada, pero se equivoca.

 

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Ma vie de Courgette/La vida de Calabacín: Delicia antidepresiva (#64SSIFF)

En una época en la que la duración media de las películas es de 120 minutazos y cuya temática parece abducida, en parte, por desquiciados niños/adolescentes psicópatas, de repente, llega un pequeño huérfano ojeroso apodado Calabacín y nos regala un cuento luminoso, tierno y profundamente humanista de 70 minutos que es todo un prodigio de concisión narrativa y conexión emocional con el espectador. No es de extrañar que esté arrasando y que se lo haya llevado todo (mejor película y premio del público en el festival de Annecy, la nominación al Oscar a mejor película de animación, el premio del público del Zinemaldi como mejor film europeo, o el recientísimo César a mejor film animado, entre otros), ¡y lo que le queda!

 

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Lady MacBeth: Fiereza sin control (#64SSIFF)

Inglaterra rural. 1865. Una joven llamada Katherine se ve obligada a casarse con el heredero de una gran fortuna, un hombre que no sólo la desprecia de todas las formas posibles, sino que casi le dobla la edad. Su fría y cruel familia política viene en el “marriage pack”, haciendo de su existencia un infierno más opresivo e insoportable que el corsé que debe llevar diariamente. Sin embargo, su situación cambia de forma drástica cuando inicia un muy tórrido romance con un joven trabajador de la finca. Aferrada a su única pasión/libertad con uñas y dientes, Katherine estará dispuesta a lo que sea para que nada ni nadie se la arrebate.

 

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君の名は。(Kimi no na wa)/Your name: Cuando haces POP ya no hay stop (#64SSIFF)

 

Makoto Shinkai, el director del último mega exitazo de animación japonés, no quiere que el público vea su nueva película y afirma, incluso, que tenía cruzados hasta los dedos de los pies para que el ya mítico film no fuese nominado al Oscar. Para bien o para mal, sólo se ha cumplido uno de sus deseos. Your name no ha pasado la (excelente) criba de films de animación de esta edición, pero todo apunta a que aún le quedan muchos espectadores por “decepcionar” a lo largo y ancho del planeta.

 

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The best of la 64 edición del zinemaldia

Hacer un top 10 de entre las 32 películas que tuve la suerte de ver en la última edición del zinemaldia, resulta una tarea masocamente meticulosa (además de tremendamente injusta) digna de los periodistas de Spotlight. Hay algunos títulos, de los que hablaré en futuras entradas, que podrían haberse colado en esta lista y que, posiblemente, incluso, resulten “objetivamente” mejores y más redondos que las películas que muestro a continuación. ¿Qué criterio he escogido, entonces? Simplemente, el cosquilleo en la nuca, como diría June Allyson en The Glenn Miller Story o la sensación de que esos films aportaban algo inusual, original, revitalizante y/o estimulante a mi bagaje cinéfilo. Eso sí, el orden de este top, salvo el incuestionable número 1, es totalmente arbitrario. Pasen y lean 😉
 
 

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Especial Zinemadia 62 (Sección Oficial): El cine correcto y/o regulero que vendrá

The Equalizer/ El protector (Fuera de concurso)

El que fuera el film encargado de inaugurar la sección oficial del Zinemaldia también resultó ser, desgraciadamente, uno de los más decepcionantes. Ni el charme de Denzel Washington es capaz de rescatar un film plagadito de tópicos y de personajes nulamente desarrollados,  hipertestosteróneo, excesivamente largo, y (para que lo vamos a negar) con cierto aroma a rancio. Los 80 han pasado y ver a un Chuck Norris más “repartiendo estopa a diestro y siniestro”, simplemente porque si, ya no entusiasma ni convence a (casi) nadie.

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61 edición del Zinemaldia: Perlas y super perlas

Las comparaciones son y siempre serán odiosas. En mi caso, por muy buena que resulte la cosecha festivalera del año, y a pesar de que siempre haya, al menos, una o dos perlas que deslumbren y destaquen muy por encima de la media, hay una edición y una película que permanece imbatible en lo alto de mi top: The Artist. Desde que la descubrí, he tratado de que una película me llene e ilusione tanto como en su momento lo consiguió el delicioso film de Michel Hazanavicius. Este año, desgraciadamente, tampoco ha sido una excepción.

Dicho lo cual, he aquí the best of esta 61 edición, ordenado sin orden ni concierto, salvo las dos últimas (y únicas) super perlas.

 

Perlas y super perlas

Pozitia copilului (Child’s Pose/La postura del hijo)(Perlas)

Hay una escena poderosísima y escalofriante en el último oso de oro del festival de Berlín que define y resume a su personaje principal. Una adinerada y culta mujer de mediana edad conversa sobre su hijo con su asistenta y le pregunta a esta si el joven ha leído un libro que le regaló. Tras contestarle negativamente, la asistenta se dispone a dar su opinión sobre un libro que ha leído recientemente y que le ha gustado mucho. Su jefa la corta en seco: los gustos literarios de una “simple” señora de la limpieza no existen para ella. Su opinión no le interesa.
Pozitia copiluli es una crítica contundente hacia los nuevos ricos rumanos cuyo privilegiado estatus les hace creer que se encuentran por encima de todo y de todos. Con un guión preciso y potente y un clima tenso, áspero y angustioso, una mater terribilis (excelente Luminita Gheorghiu) demostrará hasta qué punto está dispuesta a llegar para salvar de la cárcel a un hijo con el que mantiene una edípica relación de dominancia. Muy recomendable.
 
 
 
 
Prisoners (Prisioneros) (Proyección especial)

Lo que consigue este intenso y sólido thriller de Denis Villeneuve está al alcance de muy pocos. Y es que, como espectador, enfrentarse a una película de dos horas y media de duración a las 9:30 de la mañana, con el cansancio acumulado del octavo día de festival y, a pesar de todo, no sólo no aburrirse en ningún momento, sino mantener clavadas las uñas en la butaca durante todo el metraje, dice mucho de la calidad de Prisoners. Y si está dirigida con maestría, estupendamente interpretada (¡que repartazo, mamma mia!) y el guión está bien hilvanado y contiene alguna de las escenas más angustiosas que has visto en mucho tiempo (¡esa carrera en coche a contrareloj con el ojo ensangrentado, ay!), ¿qué es lo que le impide un puesto de honor en el top? Pues que en mi galería particular de películas memorables este “yo por  mi hija mato” resulta entretenida, contundente y muy bien realizada, pero ni me deja ningún poso ni me llega al corazón. ¿Será por el hecho de haber adivinado el final?

 

La herida (Sección oficial)

Ana no lo sabe, pero padece un trastorno límite de la personalidad (o borderline). Una patología psiquiátrica grave que ya conocimos en Los 400 golpes, Inocencia interrumpida, Un tranvía llamado deseo o Cisne negro. La diferencia es que, en esta ocasión, la cámara la sigue tan cotidianamente cerca, tan a ras de piel, que no podemos escapar del infierno de su protagonista, aunque no lo entendamos y no logremos empatizar con su universo caótico y sus incomprensibles cambios de humor.
La herida es una película en la que pasa mucho y nada, en la que lo que se cuenta es tan importante como lo que se silencia. El mundo emocional de Ana y su aburrido/triste/anodino/angustioso día a día son los protagonistas absolutos. No hay grandes acontecimientos y el arco dramático de la protagonista es neutro. Sin embargo, es una película valiente, cercana, honesta, con una protagonista tan absoluta e inmensa que jamás podrás olvidarla. Hay quien la considera fría y desagradable, pero La herida es como una mano que se escapa fuera de la cama, cuando despiertas, triste, en medio de la noche, aunque sepas que, en realidad, no hay nadie para acariciártela.
 
 

Club Sandwich (Sección oficial)

Paloma y Héctor, su hijo adolescente, pasan unas cortas vacaciones en un aisladísimo resort prácticamente habitado por ellos mismos. Se dan mutuamente cremita, van a la piscina y encargan sandwiches por teléfono. Durante una media hora larga, el espectador asiste impaciente a lo que parece una presentación de personajes inusualmente larga o una comedia del tedio, pero la curiosa versión de where is my mind? de los títulos de crédito le animan a seguir buscando el tesoro escondido que aparece, de repente, encarnado en Jazmín, una muy lolitesca veraneante adolescente del mismo resort. En ese momento, los dos jóvenes son abducidos por una imparable efervescencia hormonal (que no lo llamen amor cuando quieren decir…). Paloma, que se lleva extrañamente bien con su hijo (de hecho, el suyo es el segundo complejo de Edipo de la edición), es testigo impotente, rabioso y asustado de este inevitable y muy ácido intento por cortar ese cordón umbilical invisible que siempre ha estado presente entre ambos y que desplaza su centro. Tan divertida como melancólica, Club Sandwich es un ejemplo perfecto de lo mucho que se puede contar y abarcar con una anécdota pequeñísima.

 

Gloria (Perlas)

De Chile nos llega una película que no habíamos visto antes. El retrato desarmantemente honesto de una mujer que bordea los 60 años y que nunca le habrían ofrecido a Meryl Streep. Gloria no es la  madre del/de la protagonista y su rol maternal sólo es una faceta más de su personalidad. Lleva años divorciada, sus hijos son independientes y se enfrenta a la tristeza, la soledad y los huecos que siente buscando “tapones emocionales” en los lugares y personas equivocadas. La seguimos con complicidad durante todo el metraje porque su extraordinaria protagonista femenina (Paulina García, otra de las grandes actrices de una edición festivalera llena de personajes femeninos potentes) es tan querible y creíble desde su primera escena, que no podemos resistirnos ni a su ternura, ni a su valentía, ni a su encanto, ni a su, a veces, patética, dependencia emocional. Y después de reír y emocionarnos con ella durante una hora y media larga, llega el catártico y perfecto final y nos sentimos tan exultantes y llenos de vida, que se nos han olvidado los defectos del film (que los tiene). Simplemente asumimos que jamás podremos volver a escuchar la famosa canción de Umberto Tozzi sin pensar en Gloria.

 

Dallas Buyers Club (Perlas)

1986. Ron Woodroof es un hombre drogadicto, homófobo y mujeriego al que el mismo día en el que le diagnostican SIDA descubre que sólo le quedan 30 días de vida. El medicamento recomendado por aquel entonces (el AZT) resulta ser una bomba tóxica que debilita a los pacientes hasta el borde de la muerte. Woodroof decide entonces negarse a tomar esta droga letal y, en un acto de tenacidad y valentía, planta cara a la industria farmacéutica (y a la institución médica) creando una red de distribución de medicamentos ilegales que ayudaron a muchas vidas a combatir la enfermedad.
Este 2013 está siendo el año de lucimiento interpretativo de actores y actrices que no tenían, precisamente, los favores de la crítica. ¿Habrá alguien que considere que Matthew McConaughey y Jared Leto son malos actores tras verlos brillar en Dallas Buyers Club? Sus actuaciones (y sus escalofriantes transformaciones físicas) eclipsan tanto este resultón biopic que el film ha sido acusado (injustamente, desde mi modesta opinión) de mero vehículo de lucimiento. Sin embargo, sus dos horas pasan en un suspiro y te contagian su inherente alegría. Que nadie espere una Philadelphia 2 u otro Biutiful, el humor y la particular idiosincrasia del personaje de McConaughey marcan el tono de un film que se desinfla un poco en su último tramo, pero que resulta intenso, honesto y de lo más disfrutable.

 

Kaze tachinu (The wind rises) (Perlas)

En una desafortunada coincidencia, la última película de Miyazaki y el Futbolínde Campanella fueron proyectados prácticamente a la misma hora del mismo día. Había que elegir. Teniendo en cuenta la confirmación de la retirada del director japonés y el hecho de que no había visto ninguna de sus películas en pantalla grande (y que nunca más volvería a hacerlo) mi elección estaba clara. Afortunadamente, no me arrepentí.
La historia de Jiro, un niño que sueña con volar aviones y que acaba teniendo que conformarse con diseñarlos a causa  de su miopía (y que fue pieza clave a la hora de crear las flotas japonesas que se utilizarían en la segunda guerra mundial), en su momento, no me sedujo tanto como esperaba. Sin embargo, este melancólico drama histórico al que “le faltaba emotividad y garra” ha ido creciendo en mi recuerdo hasta el punto de que no puedo quitarme de la cabeza algunas de sus más deslumbrantes, dramáticas y bellas escenas. Ya estoy deseando verla de nuevo (está vez bajo los efectos de un número de horas de sueño mínimas). Estoy convencida de que este bello testamento en forma de película podría crecer y crecer con los años hasta convertirse en super perla. 
 
 

 
Jeune et jolie (Joven y bonita) (Perlas)

Pocas películas de esta edición me han resultado más incómodas y, hasta cierto punto, hirientes, que la última y estupenda película de François Ozon. Mi deformación académica me obliga continuamente a buscar respuestas a comportamientos (explicaciones que no siempre encuentro y que no siempre se dan). Además, como mujer, me resulta difícil empatizar con la elección de su protagonista femenina, una chica bellísima sin ninguna patología, trauma o problema aparente que, en su despertar sexual, decide que lo que le realmente le excita es cobrar por acostarse con absolutos desconocidos. Hay que aplaudirle a Ozon su valentía y sutileza. Jeune et jolie no tiene moralina y no se posiciona, no critica a su protagonista, ni intenta victimizarla o lograr que nos caiga bien. Tampoco ofrece respuestas a su “sexualidad alternativa” y su final es abierto y tiene múltiples interpretaciones o lecturas, sin embargo, mientras tratamos de ahogar los inevitables porqués, descubrimos que el film es un canto a la libertad vital. Otras opciones son siempre respetables y posibles, aunque no las compartamos y, emocionalmente, no podamos comprenderlas (la película ganó el premio Otra mirada, un galardón con el que se reconoce a las películas que hablan de temas cercanos a la mujer). Puede que Jeune et jolie pudiera haber sido aún más incisiva, pero, a pesar de todo, resulta bella… y necesaria.

 

 

Pelo malo (Sección oficial)

Para ser justa con la flamante ganadora de la última concha de oro, he de admitir que ya me había ganado desde su sinopsis. Mi intuición me decía que había algo especial en Junior, un niño de 9 años cuya máxima preocupación y aspiración aparente era alisarse el “pelo malo” para parecerse a un cantante de moda. Y es que tras la intrascendente anécdota capilar se esconde una metáfora  de una lucha y un sueño imposibles por mantener la identidad (y la otredad) en un ambiente hostil, represivo e intolerante que solo acepta entre sus miembros a soldados o princesas. Pelo malo viaja brillantemente desde lo personal y concreto a lo general, de adentro a afuera, y la radiografía de una familia uniparental y disfuncional en la que una madre no puede ni sabe aceptar y querer a un hijo “diferente” se extiende a los paupérrimos, chabolistas y abotargados barrios de Caracas. A medida que avanza el metraje, mientras reprimimos el necesario abrazo a su protagonista, descubrimos que a la rebeldía ensortijada del pelo de Junior, a falta de espejos amorosos y cálidos en los que reflejarse, sólo le acaban quedando dos opciones. Ninguna es la que él necesita. Mariana Rondón, su directora, confesó que había hecho esta película para “curarse de tanta intolerancia”. Nosotros se lo agradecemos. Mucho.

 

Quai d’Orsay (Sección oficial)

El problema de la divertidísima y aguda sátira política de Bertrand Tavernier, es que si te despistas un segundo y un pensamiento personal y/o extra cinematográfico cruza tu mente, posiblemente, ya te has perdido alguno de sus corrosivos chistes. Así es la caricaturesca Quai d’Orsay. Tiene un ritmo tan frenético y resulta tan deliciosamente verborreica que acaba agotando al espectador no acostumbrado a tal despliegue de ingenio y elocuencia (o sea, a casi todo el mundo).

Su hilo conductor es el joven Arthur Vlaminck, un recién graduado en administración que ha sido contratado como jefe del departamento de “lenguaje” del ministro de exteriores para que le escriba sus discursos (y que éste, un desternillante Thierry Lhermitte, no pierda real y literalmente los papeles). Rodeado de personajes a cada cual más estrafalario, ignorante, torpe e incompetente, pronto comprobaremos que el personaje más “soso” de todo el inepto gabinete es el propio Vlaminck.

Con su jocosa, delirante, vacilona y necesaria última película, Tavernier apunta el cañón a la política de exteriores de su país y a esa cosa llamada burocracia y acierta de lleno. Merecidísimo premio del jurado al mejor guión.

 

Gravity (Perlas)

Como espectadora, cuando acudo al cine, ante todo, lo que espero es que me conmuevan, me sorprendan, y que, a ser posible, me lleven de la mano por algún atajo o camino que no haya visto ni experimentado antes. Gravity consigue todas estas cosas y recuerda por qué merece la pena seguir teniendo fe en una industria que hace tiempo que perdió el rumbo artístico y que, básicamente, sólo hace refritos en serie.
Cuarón es capaz de convertir a cualquier ateo del 3D en creyente practicante. La sensación de inmersión (y emoción) sumados a la deslumbrante belleza visual que provoca Gravity no se habían experimentado antes. Confieso que no me entusiasma el McGuffin del trauma maternal de Sandra Bullock, pero se lo perdono, es peccata minuta en comparación con todo lo bueno que ofrece esta estupenda película. En la rueda de prensa, con las retinas aún desbordadas de emoción y fascinación por el “pequeño milagro” que acabábamos de presenciar, los periodistas, en lugar de felicitar a Cuarón e hijo, le daban las gracias. Y no es para menos.

Pero tampoco sería justo no atribuir una buena parte del éxito del film a Sandra Bullock, que no sólo está soberbia (y da un zas en toda la boca a todos aquellos que la consideraban una mala actriz), sino que tiene el honor de ser la protagonista total y absoluta en un género “poco femenino” y a una edad “poco cinematográfica”. Hace 15 o 20 años, por ejemplo, habría sido impensable que una mujer de 49 años protagonizase un taquillazo de este estilo. Sí, definitivamente, algo está cambiando en Hollywood. Ya era hora.

 

 
Soshite chichi ni Naru (Like father like son)(Perlas)

Dos familias descubren seis años después del nacimiento de sus respectivos hijos, que ambos niños, nacidos el mismo día en el mismo hospital, fueron intercambiados al nacer. Por lo tanto, ambas se enfrentan al doloroso dilema moral de tener que elegir entre el hijo que quieren y con el que han creado un fuerte vínculo y aquel que realmente lleva su sangre.
Lo más interesante de la última película de Kore-eda, es que el drama y el conflicto que plantea sólo podría ocurrir en Japón, un país apegadísimo a férreas tradiciones culturales y familiares en las que el bien del individuo siempre está supeditado al deber, al bien común. En Occidente, el dilema no sería tan desgarrador y, probablemente, se resolvería de otra manera, pero esto es el país del sol naciente y las decisiones importantes que afectan a ambas familias las toma (incomprensiblemente a nuestros ojos) el padre de mayor estatus social (y el más tradicional).

En manos de otro director, Soshite chichi ni naru podría haber sido un cursi pastelito telefilmil, pero tras las cámaras está Kore-eda, un director inteligente y sensible que, sin caer en ningún momento en la ñoñería, consigue conducir hábilmente la dolorosa historia y poner al espectador, en todo momento, en la piel de sus protagonistas. Tal vez lo mejor que tiene esta maravillosísima película, es que el nudo en la garganta que provoca (acompañada de una sensación de plenitud), no te abandona. No sólo va ganando enteros a medida que la recuerdas, sino que no puedes evitar seguir reflexionando sobre ella e imaginando el futuro de ambas familias, dentro de unos años. Spielberg ya ha comprado los derechos para adaptarla. Esperemos que recapacite.

Mi película favorita de esta última edición zinemaldil. Imprescindible.
 


Pérdidas dolorosas por motivos ajenos a mi voluntad

 
 

The zero theorem (Perlas)

La vie d’Adèle (Proyección especial)

About time (Perlas)

Futbolín (Sección oficial fuera de concurso)
 
 
Perdidas no tan dolorosas

 

 Las brujas de Zugarramurdi (Sección oficial fuera de concurso)

Caníbal (Sección oficial)

 

*

Miedos y prejuicios

Nuestras convicciones más arriesgadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión” decía Ortega y Gasset. Cavando un poco más hondo y trasladándolo al terreno cinéfilo, podríamos deducir que nuestras ideas, introyectos, prejuicios y fobias, no sólo limitan nuestras elecciones cinematográficas, si no también nuestra percepción y apreciación de la historia que se nos muestra. Qué le vamos a hacer.

Esto es lo que me perdí por prejuicios, miedos, o, simplemente, asquerosa mala suerte.



Exit through the gift shop era un film que ya sobre el papel apuntaba maneras. Pero al hacer mi selección de pelis del festival, siempre tengo la (¿mala?) costumbre de buscar las críticas (cuando las haya). La bad fortune hizo que me topara con un crítico que la calificó como “tomadura de pelo”, así que la deseché. Cuál sería my surprise al comprobar que no sólo era la favorita para alzarse con el premio del público de esta edición, si no que los críticos, por su parte, también la adoran.

Cuando leí el argumento de Buried, decidí que nunca querría verla. La espeluznante y agónica historia de un hombre enterrado vivo en algún punto de Irak, que cuenta con la única ayuda de un móvil (sin casi batería) y una linterna (I think) para intentar escapar antes de quedarse sin oxígeno, me parecía una de mis peores pesadillas hecha película. Pero a pesar de la evidente claustrofobia y la angustia que debe dar pasarse 93 minutos contemplando a un tío asfixiándose en un ataud, Buried ha arrasado allá por donde ha ido, Donostia included, y todo apunta a que será una de las películas del año.

Joyitas que disfruté a pesar de mis prejuicios (y los prejuicios de otros)

Fue el oso de plata al mejor guión en Berlín lo que me animó a ver la china Apart Together. Nunca olvidaré la presentación de su protagonista. Aquella anciana de 85 años con el pelo blanco cortado a lo garçon era la viva imagen de la elegancia, la dignidad y la sabiduría. Parecía un oráculo andante, una Yoda que hablaba un inglés pausado pero gramaticalmente correcto. Nos dijo que el 23 de septiembre era el día perfecto para ver el film porque durante esa fecha en China se celebra el Moon Festival. Las familias (o los amantes) que permanecen separados por alguna circunstancia, esa noche miran a la luna y se sienten juntos.

La película tiene momentos brillantes. Resulta emotiva y está bien narrada. Sin embargo, tiene un pero gigante contra el que me cierro en banda como un molusco al sentirse amenazado. Y es que como todo el mundo sabe, una producción oriental que se precie siempre debe incluir comida, preparación de ídem, o una mesa familiar repleta de platos “comunitarios”. Como animalista y vegana, puedo soportar los animales cocinados, pero ver a los protagonistas comprar cangrejos vivos (y echarlos en una olla hirviendo), tortugas o, aún más horripilante, sufrir esos planos de mercadillos llenos de animales de todo tipo y condición, vivos, amarrados, o mantenidos con vida en pequeños barreños, me supera.


Con ese mismo miedo me fui a ver ayer Addicted to love, también china, pero de la sección oficial. Sin embargo, afortunadamente, en esta curiosa y tierna película, lo único que se cocinó en un wok fueron verduras.



Aunque se llevó el oso de oro en Berlin, Bal (Miel), había suscitado alguna furibunda crítica (“acabas del bosque hasta los… “).Mientras hacía cola y escuchaba los comentarios de las marujas de atrás, pensaba “madre de Dios, como realmente sea otro truño a lo Abbas Kiarostami, estamos apañados”. Pero para mi sorpresa, aunque bien es cierto que le habría dado algún que otro tijeretazo, me encantó. Es uno de esos “viajes emocionales” con los que empatizas o no empatizas. Aparentemente, pasa poco, cuando, en realidad, ocurre muchísimo. Psicología y poesía. Era como observar dos paisajes contrapuestos pero complementarios: el externo, con su naturaleza viva, hostil y cambiante y el interno, a través de los enormes ojos de un atormentado chavalín de 6 años. Luego, este niño que observa jugar a sus compañeros a través de la ventana del recreo (un cuatro eneagramático como la copa del mayor pino del film, por cierto), se hace poeta, pero eso se ve en la segunda parte de esta trilogía que, curiosamente está contada al revés.

Un músico guatemalteco, cuya única posesión es una marimba (una especie de xilófono de madera), al descubrir que su instrumento se ha pasado de moda, tiene la curiosa ocurrencia de unirse a una banda de heavy metal que acaba llamándose Las marimbas del infierno.

“Tiene pinta de bodrio”
me dijo un amigo cuando leyó el argumento. Pues bien: ha sido la película con la que más me he reído en este festival. Y no me refiero a una carcajada, sino a casi llorar de la risa. Y es que tengo debilidad por las historias dramáticas o de denuncia social que están contadas con un humor negro, absurdo o ambas cosas. Además, hay films que se engrandecen mucho más en del contexto del festival. Si ves una película de este tipo acompañado de gran parte del desinhibido jurado de la juventud, que aplaude y se ríe con esa entrega tan asquerosamente envidiable, la sala entera se contagia de frescura. Y durante 90 minutos, te sacudes los prejuicios y el cansancio y tu mirada, bien sea experta, aficionada o principiante, se vuelve un poco más blanca. Esa es la magia del Zinemaldi…

I can see cloned people…


Cuando pasas más tiempo dentro de un universo de ficción que en el mundo real, las fronteras entre ambos se difuminan. Tal vez la falta de sueño y el cansancio tengan mucho que ver en este curioso “trastorno de la realidad”. Confieso que todas las setas que he consumido durante estos días eran estándar, pero hacia la mitad del Zinemaldi, por algún oscuro e inexplicable motivo, empecé a ver clones por todas partes.

He aquí mi inquietante lista de avistamientos de menor a mayor grado de “paranoia”:

Danielle no era francesa, ¡era bosnia!



Supongo que la mayoría habréis visto No man’s land (y si no, os aconsejaría que os replantearais seriamente vuestra cinefilia). Su director, Danis Tanovic, se trajo bajo el brazo Cirkus Columbia, un film que, aunque no resulta tan brillante como su opera prima, es de lo mejorcito que se ha podido ver en Zabaltegi. Retrata el “antes de” de la guerra de Bosnia, y lo hace a través de una historia familiar, con sus odios, rencores, pasiones y sueños. Desde el principio de la proyección, uno de sus personajes sacó mi lado más freak. “Me parece que he visto a la Rousseau de Lost. No, no puede ser. Serán imaginaciones mías”, me dije. Segundos después, un primer plano de la actriz (y su inconfundible voz) me lo confirmaron: ¡era Rousseau!. Admito que me costó un rato olvidar a su personaje más famoso y concentrarme en su sufrida madre en la película. Ahora entiendo de donde venía ese acento francés tan especial

El culebrón en 6 capítulos que nunca debió ser película



Este año ha habido un film que constituía una prueba a la resistencia y a la voluntad tan peliaguda, que me río yo de la vía del samurai, del desapego material budista o de la tentación al lado oscuro de los jedis. 256 minutos, nada más y nada menos, se gasta la película Mistèrios de Lisboa de Raúl Ruiz. Más de 4 horazas. Yo entré de buena fe, confiada en que pasaría orgullosa al otro lado, pero a los 20 minutos de metraje ya estaba mirando el reloj. ¿Qué hacer cuando una película te parece un insoportable culebrón deluxe sobreactuado? Pues imaginar cuántos personajes más podría interpretar el incombustible “cura-mortadelo”; descubrir cuántas palabras en portugués eres capaz de recordar; calcular cuánto podrían haberse gastado en el vestuario (lo mejor de la peli, sin ninguna duda); pensar en lo buenorro que podría estar su adolescente protagonista dentro de 15 años; inventar maneras de escapar del Victoria Eugenia sin tropezar con las escaleras y romperte los piños o flipar con lo mucho que la maltratada protagonista se parece a Parker Posey.

Afortunadamente, los 15 minutos de descanso que nos dieron (por prescripción médica, seguramente) a mitad de la proyección, nos rescataron del infienno de venganzas y amores imposibles. Incomprensiblemente para mi (y para muchos de los que disertamos de las salas) los críticos la adoraron. Un sietaco tiene de media. La nota más alta de la sección oficial.




La forma peor vista de perder el tiempo



Me encantó la frase de su directora durante el coloquio “los puzzles son el símbolo universal de la perdida de tiempo”. Yo veía a la madura protagonista de Rompecabezas, esa mujer que descubre (y se autodescubre) a través de su inusitado (y ridículo a ojos de todos los que la rodean) talento para hacer puzzles; observaba su expresivo rostro, comprendía por qué su historia había gustado en otros festivales y qué la había hecho ser calificada como “íntimamente femenina. Habla de las postergaciones y los roles que se juegan en la vida cuando las cartas ya están repartidas; aunque nunca es tarde para barajar de nuevo”. Pero mi cabeza no dejaba de repetirse: ¡madre de dios lo que se parece su marido a John Locke con bigote! ¿Cómo es posible que nadie se haya dado cuenta?



Copia (recetas), abraza (Bardemes), luce (piennas)

Ese podría haber sido el titular del paso de la Roberts por Donosti, o , al menos, el que me vendrá a la cabeza dentro de algunos años cuando recuerde al premio Donosti del 2010. Todo se reduce a 3 cosas: la receta de torrijas que pidió entusiasmada en el restaurante en el que cenó, los abraceos (y sobeteos continuos) que le prodigó a Bardem y su espectacular minifalda XXS (de esas que quitan el hambre, como diría Joey Tribbiani) en su photocall mañanero. Y es que una de las candidatas a las piernas más largas y bonitas del mundo, puede. Pero vamos a lo que vamos.

Me miraron mal cuando dije que iba a ver Come, reza, ama. Parece que en el festi sólo se pueden ver co-producciones turco-alemanas. Muy de vez en cuando me dan venadas impulsivo-comerciales y sabía que si no la veía en el Zinemaldi no la vería, así me animé. En realidad, tenía la remota esperanza de que apareciera James Franco. Bueno no. Bueno, sí. Bueno, tal vez.

Antes de que empezara la peli (que se merece una actualización ella solita y no por estupenda, precisamente), a las imperdonables 9 de la morning de un soleado lunes, me pareció ver a un antiguo fotologuero adicto al Zinemaldi sentado dos filas delante. ¿Será él?¿no será él? ¿se me estará yendo de las manos esto del clon effect? Señor Marlango, si lee estas palabras, sáqueme de dudas, mi salud mental depende de usted. ¿Era el chico de la tercera (o cuarta) fila con camisa de cuadros rojos y negros sentado al lado de un jersey verde fosforito… o es que el Zinemaldi perjudica seriamente mi salud?

Día 2: rumore, rumore…

Para algunos ha sido difícil, incluso traumático de asimilar, pero no, George Clooney no se dará un garbeo-sorpresa por la playa de la concha. Ha sido sólo un rumore. ¿Como va a venir a Donosti cuando puede quedarse elisabeteando en el lago Como?

En fin, tontás aparte, mi menú de hoy originalmente constaba de las creaciones de dos chefs noveles, pero la mala suerte y los fallos informáticos, me condenaron a la dieta sabadil hace una semana. Y es que en el Zinemaldi, o consigues entradas el día D o no las consigues.

El único plato que me comí lo preparó Diego Luna con la ayuda de sus productores Gael García Bernal y John Malkovich. El primero no le acompañó (¡cachis!), pero el segundo, felizmente abonado a nuestro Zinemaldi, sí.

Su película sorprende por la temática escogida y por la solidez de la propuesta. La gente se partía la caja con la historia de una familia disfuncional cuyo hijo mediano (atención diagnostico rápido), aquejado de síndrome de asperger, queda tan sumamente traumatizado por el abandono de su padre, que acaba asumiendo su papel (oséase, se transforma en adulto). A mi, desgraciadamente, se me disparó el chip de psicóloga y carcajadas, las justas.
Quizá lo más interesante de Abel, sea comprobar como el niño expresa en su comportamiento los introyectos de lo que él ha aprendido que “debe ser un hombre”. La elección de cierta famosa canción de los Village People en la B.S.O. no es casualidad. Las únicas bien paradas en esta película son las mujeres. Son ellas las que llevan verdaderamente el control, aunque mantengan la ilusión en los varones de que sucede lo contrario. Así que el film, aunque irregular, es una buena crítica al machomanismo y a la mala educación.

Curiosidad, mucha, tenía por el debut de Ted Mosby, I mean, Josh Radnor en la dirección… y, desgraciadamente, la sigo teniendo. El chico ha abandonado momentáneamente a sus compis de How I met your mother para venir a defenderla. Y es que en este caso no hay excusa para mandar al actor principal, al guionista o al productor en su nombre, porque en la comedia Happythankyoumoreplease hace de todo: dirige, escribe y actúa. Venía precedida de éxito, y parece que aquí también ha dejado a los paladares satisfechos. Merde!

En la sección oficial ni el western mexicano Chicogrande, ni la española El gran Vázquez (biopic del creador de Anacleto con Santiago Segura a la cabeza), han entusiasmado demasiado.

Un inquietante sms en mitad de la tarde anuncia “chivatazo: se dice que la ganadora de esta edición será Pa negre. Habrá que verla”. Pues norl. Pan negro me da aún más pereza que los dos títulos anteriores. Y es que por muy brillante que sea la cinta de Agustí Villaronga, si tengo que tragarme otra peli más de “infancia y adolescencia en la postguerra”, me hago el harakiri. En fin, ¿serán rumores?

La pregunta del día: ¿por qué la visita a Donosti suele coincidir con el punto más alto de antierotismo y de relajadísima dejadez física de la mayoría de los actores? Algo tiene que tener nuestra ciudad, porque dos meses después, los mismos “Notas” aparecen en otro evento sospechosamente guapeados, hasta el punto de no parecer los mismos. Este año ha sido Diego Luna y esas barbas decimonónicas que le echan 10 años más encima; pero en mi memoria cinéfila, resuenan dolorosamente: la barriga de 5 meses de Keanu Reeves, la barba de chivo siberiano de Brad Pitt y las raíces negras como El cuervo de Poe de Emma Thompson…

Día 1: Todo cartel pasado fue mejor

Miramos y remiramos el cartel de la 58 edición del Zinemaldi y nos resulta tan gris e inoportuno como el día. “¿Quién narices es esta petarda?” parecen corear con sus ojos desde el resto de las mesas. “Echo de menos los carteles de los 90” pronuncio entre sorbo y sorbo de mi té verde. Me miras intentando recordar, pero eras demasiado joven.

De aquellos años de post-adolescencia, en las que sólo observaba el festival a través de la verja de seguridad, recuerdo los carteles y las estrellas, no las películas. Las películas llegaron después, en los dosmiles, con los carteles horrendos. ¿Tan difícil es tener las dos cosas?

La crisis parece haberse cebado mucho más con el Zinemaldi que con sus ilustres hermanos Berlín, Cannes y Venecia. Pero es que el año pasado inauguraron la edición Brad Pitt y Tarantino con sus Inglorious Bastards y ese listón será muy difícil de superar. No, no habrá apenas figuras consagradas ni grandes estrellas, de esas que dan peso, vidilla y glamour a un festival. El presidente del jurado de Cannes fue Tim Burton, el de Venecia Tarantino. El nuestro es Goran Paskaljević. La alfombra no es roja, ni rosa chicle, sino negra. “Uy, pues el negro es más difícil de limpiar” sentenció mi tía al conocer la noticia.

Voy a por más azúcar para mi té. Normalmente, el premio Donostia es un refuerzo, un “pues ya que vienes…” a la estrella que estrena una película en Europa. Come, reza, ama es la excusa de Julia Roberts “porque está de capa caída” añades. Sonrío.
Migajas. Este año resulta más evidente que nunca que las películas de la sección oficial son como los niños que acaban siendo escogidos los últimos en los equipos de gimnasia. De entrada, únicamente John Sayles (gran amigo del Zinemaldi) sobresale de entre el resto.

Acaba el break entre mi película y tu corto. “Sólo a ti se te ocurre inaugurar el festi con una peli ya estrenada” me dices con la mirada. Es cierto. ¡Que le den a Polanski, mi Zinemaldi aún no ha empezado!. En esta edición, todo puede pasar todavía. Las buenas pelis pueden llegar, los buenos carteles, ya no. Esta noche, para compensar el mal sabor de boca, tiraremos de nostalgia y de odiosas comparaciones, hasta que llegue mañana…

Carteles que me marcaron:

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