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If you need me, whistle!

by Alhy K. Wood

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Baúl cinéfilo

Light of my life o Protect womanhood no matter what (#67SSIFF)

De todas las películas vistas en la última edición del Festival de San Sebastián, la única que no he conseguido quitarme de la cabeza, durante semanas, ha sido, para mi sorpresa, Light of my life, la cinta escrita, protagonizada y dirigida por Casey Affleck. ¿Por qué? ¿Acaso se trata del mejor film de la edición? En mi modesta opinión, rotundamente no. Entonces, ¿qué posee que la hace tan memorable?

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Hatsukoi (First Love): Make ‘Em Laugh o El cine para no morir de la verdad (#67SSIFF)

El día de la clausura de la 67 edición del zinemaldia me encontraba inmersa en una tormenta emocional tan furibunda, que mi autoestima, energía y estado de ánimo se ahogaron en ella. No me marché a casa, que era lo que realmente necesitaba, porque había conseguido 3 invitaciones de películas que se me habían resistido tercamente durante las 8 jornadas anteriores. Tocaba ser fuerte, de lo contrario, mi yo cinéfila no me lo perdonaría jamás.

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Qué llevarse del #66SSIFF

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Compromiso político, paternidad y maternidad responsables, procesos de duelo, adicciones, romances frustrados, cambios vitales, adolescentes en crisis, la familia y sus lazos como motor vital y/o instigador de infiernos, el color rojo, un vestido con tendencias psicopáticas (también rojo), violencia, cantantes buscando su sitio, psicópatas en diferentes estratos sociales, márgenes, pulsiones, fluidos… son algunos de los temas que hemos podido encontrar tanto en la sección oficial, como en perlas y nuevos directores.

Casi recuperada de la resaca física y emocional de casi 9 intensísimos días de buen cine, ya es hora de ir guardando en el baúl cinéfilo los momentos que me llevo de esta última edición del zinemaldi (esta entrada se puede actualizar a lo largo de los próximos días. Soy de digestión lenta. Qué le vamos a hacer).

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La rescatadora de frases: 20,000 days on Earth

“Songwriting is about counterpoint. Counterpoint is the key. Putting two disparate images beside each other and seeing which way the sparks fly. Like letting a small child in the same room as… I don’t know… a Mongolian psychopath or something. And just sitting back and seeing what happens.Then you send in a clown, say on a tricycle. And again you wait, and you watch. And if that doesn’t do it… You shoot the clown”.

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Once escenas eróticas sin sexo

El sexo ya no vende en Hollywood. En parte porque su presencia obliga a subir la calificación de las películas, perdiendo una jugosísima porción de público y beneficios, y en parte porque al ciudadano medio le resulta demasiado light y decepcionante comparándolo con el material bastante más explícito que circula por la red.
El erotismo, por otra parte, siempre ha jugado a otro nivel. Obligado a disfrazarse con trajes mucho más sutiles, creativos e imaginativos, desde que el cine se convirtió en entretenimiento de masas, fue inspirado y puesto a prueba, al mismo tiempo, durante la primera mitad del siglo XX, cuando la censura siempre hacía su trabajo; y, aunque no de forma tan sugerente, nos ha seguido sorprendiendo, ocasionalmente, hasta  la actualidad.

Tal vez porque ya hemos perdido la “inocencia cinematográfica” y nos sentimos saturados y aburridos como espectadores, agradecemos especialmente cualquier estimulante muestra de creatividad, imaginación e ingenio. Estas once escenas eróticas sin sexo nos recuerdan, por si en ocasiones lo olvidamos, por qué el cine nos gusta tanto.
[No recomiendo el visionado de ninguna de ellas a menos que se haya visto previamente la película de la que forman parte. Por si solas, perderían gran parte de su fuerza y magia]

 

El lanzamiento de cuchillos de La chica del puente “La fille sur le pont” (Patrice Leconte, 1999)

La zona del cerebro que se activa cuando sentimos terror es la misma que se enciende ante una experiencia placentera. Estos dos aparentemente opuestos circuitos compartidos están impecablemente ejemplificados en la escena más mítica de La fille sur le pont  Vanessa Paradis no sólo pasa miedo por voluntad propia, sino que pone su vida en manos de un lanzador de cuchillos con orgásmicos resultados. Independientemente de las tendencias masoquistas del personaje que interpreta la guapa actriz, nadie puede negar que se trata de una de las escenas eróticas más evocadoras, sutiles e impactantes de la historia del cine.

 

El retrato de Rose en Titanic (James Cameron, 1997)

Aunque el multioscarizado film de James Cameron resulta notable como película  de catástrofes, su love story, sin embargo, resulta algo simplona y tontaina. En mi caso concreto, confieso que la pareja Winslet-DiCaprio siempre me ha rechinado sobremanera y no precisamente por sus cualidades actorales. La Winslet me parecía demasiado mujer para aquel esmirri con cara de nena que, por aquel entonces, era Leonardo DiCaprio. Sin embargo, siempre he aplaudido la osadía de Cameron al incluir una escena tan poco familiar, pero, al mismo tiempo, tan elegantemente erótica como la del retrato de Rose. Y es que el hecho de que acaricien por primera vez tu cuerpo con los ojos y lo plasmen detalladamente sobre un lienzo, tiene su aquel…

(No he podido encontrar la escena completa. Los enlaces buenos desaparecen a la velocidad del rayo debido a las reclamaciones de corpyright la Fox. Sorry)

 

El baile en el embarcadero de Picnic (Joshua Logan, 1955)

Picnic derrocha libertad, amor y sexo en un ambiente ultra conservador y represivo (A.K.A un pueblo perdido de Kansas en plenos años cincuenta). Todos estos elementos se condensan y magnifican en una inolvidable escena que ya ha pasado a la historia del cine como uno de los bailes más eróticos de todos los tiempos. Y es que Kim Novak y William Holden, pareja sexy donde las haya, derrochan sensualidad y complicidad. Su baile prohibido es todo un liberador soplo de aire fresco en una América de lo más tradicional y encorsetada. Ambos nos demuestran que para hacer saltar la alarma de la censura no hace falta ni desabrocharse un botón.

 
El baño en la fuente de Expiación, más allá de la pasión “Atonement” (Joe Wright, 2007)

La tensión sexual no resuelta entre Robbie y Cecilia sale a la luz antes de la nota, del vestido verde y de la ya antológica escena de la biblioteca.  Ella no lo sabía (él siempre lo supo), pero el día más caluroso del año se convirtió en el último empujón que necesitaban sus resistencias, alimentadas durante años, para caer y desnudarla por completo.
Calificada por algunos como “erotismo de anuncio de perfumes”, el baño de Cecilia resulta especialmente sugerente y revelador porque de todos sus testigos, incluido el propio espectador, la más sorprendida de su reacción es la propia Cecilia: acaba de realizar una locura de lo más desinhibida (¡y en la Gran Bretaña de los años 40!) que sería incapaz de realizar delante de ningún otro. That must be real love…

 
El cruce de miradas de El manantial “The Fountainhead” (King Vidor, 1949)
Confesión: esta es la elección menos sutil y descaradamente freudiana de la lista. Dominique Françon, una mañana, paseando por la cantera de papá, se topa con un apuesto sudoroso taladrando firmemente una pared de roca (¿a alguien se le ocurre un símbolo más fálico?) y su mundo de deidad griega se derrumba. Lógico y normal si tenemos en cuenta que la magnética y testosterónea estampa pertenece, nada más y nada menos, que a Gary Cooper que estás en los cielos manejando con destreza un black and decker primigenio. A partir de ese encuentro, lleno de reveladoras miradas en plan “me pones”, “lo sé”, la pobre Dominique, la mujer que aseguraba que nunca amaría o pertenecería a nadie, sólo tiene cabeza para taladros, mármoles y rascacielos altísimos…

 
La canción sobre el piano de Los fabulosos Baker boys “The fabulous Baker boys” (Steve Kloves, 1989)
Cuando el trío musical de Los fabulosos Baker boys se transforma, temporalmente, en dúo, resulta evidente para todos que, en esta ocasión concreta, tres son multitud. Sin el rígido y metódico hermano mayor, la atracción que existe entre Pfeiffer y Bridges se libera en forma de canción… ¡y sobre un piano! Michelle Pfeiffer nunca ha estado más sexy y felina que en este momento (ni siquiera como Catwoman). ¿Se habrán olvidado ambos intérpretes del hecho de que hay un público que sigue todos sus movimientos? Si esta sensualísima complicidad entre cantante y músico no es la expresión de otro tipo de complicidad, no necesariamente musical, ¿qué es? 😉

 
La tormenta de arena de El paciente inglés “The English patient” ( Anthony Minghella, 1996)
Almásy (Ralph Fiennes) y Katherine (Kristin Scott Thomas) quedan atrapados en un jeep durante una poderosísima tormenta de arena y la tensa relación amor-odio que mantienen desde que se conocieron queda temporalmente enterrada, como el propio jeep. Un lugar tan sólido y seguro contiene, a duras penas, la creciente intimidad y el eléctrico erotismo de dos seres que están destinados (o condenados) a ser amantes, a pesar de ellos mismos. Él la acaricia con las mejores armas que tiene (su voz y sus historias), antes de atreverse a tocarle suavemente el cabello. Ella, por su parte apoya su mano contra el cristal, dibujando su rendición y su deseo.

 
El robo del libro en Lo que queda del día “The remains of the day” (James Ivory, 1993)
Es difícil imaginar a un personaje más estoico, distante, imperturbable y emocionalmente reprimido que el que interpreta Anthony Hopkins en la estupenda Lo que queda del día. Nada parece atravesar su manto de hielo hasta el ama de llaves (Emma Thomson), de quien está secretamente enamorado, irrumpe en su habitación y le pide que le enseñe el libro que está leyendo. Ante su negativa, ella imagina que se trata de una novela erótica y se acerca a él para comprobarlo, multiplicando, a cada paso, la tensión entre ambos. Tras un breve forcejeo,  mientras Thomson logra arrebatárselo y examinarlo (visiblemente decepcionada), vemos reflejados en los ojos de Hopkins todo un universo de amor y deseo dolorosamente contenidos. En un primer visionado puede parecer demasiado sutil, pero durante años Emma Thompson ha asegurado que se trata de la escena más erótica que ha rodado jamás. Por algo será.

La pregunta adultera de Take this waltz (Sarah Polley, 2011)
Michelle Williams es una mujer casada y adicta al enamoramiento (que no al amor), que un buen/mal día, inesperadamente, se enamora de su vecino. Cuando las grietas de su matrimonio y la atracción que siente por este otro hombre resultan más que evidentes, Williams, que hasta ese momento había creído mantener a raya a su deseo, se tropieza de lleno contra el preguntándole a su potencial amante “qué le haría”. El chico, solícito, le narra al detalle, con intensidad, sensualidad y delicadeza, todos y cada uno de los detalles gráficos de su particular fantasía amatoria. Nosotros, como testigos, casi tan abrumados como ella, no podemos evitar pensar, no sólo que no deberíamos estar allí, sino que pocas veces (más bien nunca) nos habían instado a utilizar la imaginación erótica con tanto detallismo.
[No he podido encontrar la escena entera. Sorry again]

 
El erótico duo al piano de Stoker (Park Chan-wook, 2013)
Es una verdadera lástima que el guión de este prometedor thriller psicológico no esté a la altura ni de sus estupendos interpretes ni de su inquietantísima y claustrofóbicamente incestuosa atmósfera, sin embargo, nos ha regalado algunas escenas memorables, entre las que destaca el intenso y elegante duelo al piano entre Matthew Goode y Mia Wasikowska (tío y sobrina en la ficción) que se arrancan metafóricamente la ropa y “consuman” su censuradísima unión, expresándose a través de las teclas de un piano. En mi modesta opinión, una de las mejores escenas del año.

 
El inflamiento de urgencia de Air Doll “空気人形, Kūki Ningyō” (Hirokazu Koreeda, 2009)
Aunque resulta demasiado bizarra y poética para contentar a la mayoría de los paladares, y hay quienes incluso la sitúan entre lo peor (o lo más fallido) de su cada vez más ilustre director, confieso tener cierta debilidad por la historia de esta inquieta muñeca hinchable que cobra vida y vive una doble ídem. Hay una escena, tal vez la más raruna de toda la película, que resulta tan sugerente y metafórica que no he podido evitar incluirla como broche final. La muñeca-mujer se pincha en un dedo, cual bella durmiente, y comienza a desinflarse con peligrosa rapidez. Afortunadamente, el chico del que está enamorada acude a socorrerla y es su aire lo que la va rellenando… hasta salvarla, finalmente.   

 

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Baúl cinéfilo # 5: el anillo de El gran Gatsby

Ese anillo, ese magnético sello en el meñique que sirve para identificar (y subrayar) a Jay Gatsby, le sienta mucho mejor a Leonardo DiCaprio que al, a priori, mucho más parecido físicamente Robert Redford y, posiblemente (a falta de haber visto la versión del 49), que a Alan Ladd. Lo irritante y decepcionante de Luhrmann, es que Gatsby se lo quita demasiado pronto y demasiado bruscamente, en lugar de ir desnudando al personaje (y todo lo que le rodea) con la sutileza y elegancia que requería y merecía. Por lo tanto, la fascinación in crescendo que tan seductor gentleman tenía que haber generado en el espectador, desaparece de un plumazo prácticamente desde su primera escena.
 
 
 

Sobre el resto del chillón y videoclipero “vestuario” del film, hay que admitir cierta ambivalencia. Conociendo de antemano el particularísimo estilo de su director, por una parte, este nuevo Gatsby resulta a ratos fascinante y mucho menos aburrido y acartonado que su (infumable) versión anterior (hay escenas clavadas a las que, en mi caso, había filmadomentalmente mientras leía la novela), pero, por otro lado, duele y decepciona comprobar que el color rosa, del que se viste Gatsby en una escena clave del film, es el que el acapara todo el foco, obviando y difuminando los temas principales de la historia.
 
 
Y es que [Spoiler]El Gran Gatsby no es una trágica historia de amor, aunque su capa exterior así lo parezca. Daisy es para Gatsby la representación total y absoluta del mundo frívolo, hedonista, vacío, egoísta y opulento con el que soñaba desde niño. Conquistarla a ella (que encarna, oportunamente, todas esas cualidades al cubo), supone la confirmación (y culminación) social y emocional de su anhelado american dream [fin del spoiler].
 
 
Ni tan fantástico como la describen sus devotos, ni tan pésimo como lo califican sus detractores, este último gran Gatsby deja al espectador con una sensación de agridulce insatisfacción que no proviene, únicamente, del desenlace de su trama. La que es, posiblemente, la novela más elegante y dolorosamente melancólica del siglo pasado (amen de rabiosamente actual), aún no ha encontrado un anillo a su altura. ¿Será posible forjarlo algún día?
 
 
 
 
 
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Baúl cinéfilo #4: la crema anti-gravedad rosa de Upside Down (Un amor entre dos mundos)

 
Con rabia, tristeza, desencanto y una creciente sensación de desgana, arrojo la crema rosa anti-envejecimiento de Upside Down en el fondo del baúl, junto a los zapatos de tacón de 15 cm de Amanda Seyfried en In Time y el tinte de pelo rubio “Lawrence de Arabia” de Michael Fassbender en Prometheus, a la espera de que, tal vez, y sólo tal vez, un remake perteneciente a un futuro no muy lejano nos compense sus muy decepcionantes “expectativas-realidad”.
 
 
 
 

Y es que el pack del producto es espectacularmente bonito y visualmente deslumbrante (hipnótico, incluso), y su ingrediente principal (polen de abejas rosas pertenecientes a dos planetas que se encuentran uno encima del otro, pero con gravedad opuesta, de tal forma que cualquier elemento de un planeta que entre en la atmosfera del opuesto arderá en el plazo de una hora) tan original y prometedor y con tantas y jugosas posibilidades, que uno se ilusiona ante sus atractivas promesas de embellecimiento y rejuvenecimiento cinéfilos.
 
 
 

Sin embargo, a pesar de contar con muy buena materia prima, la fórmula de Juan Diego Solanas no ha sido testada bajo control de guionistas, sino, básicamente bajo control de imaginería visual.  Por lo tanto, quien pretenda obtener de ella un efecto distópico-romántico satisfactorio, novedoso y prolongado en su hipocampo, sólo conseguirá perplejidad, desencanto y cierta “frescura visual” transitoria.
 
 
Otro potencial buen producto del que se ha cuidado, exclusivamente, la presentación o planteamiento, ignorando la complejidad del nudo y desenlace. Que rabia, que tristeza, que pena…
 
 
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Baúl cinéfilo # 3: la máscara de Los ojos sin rostro

 
 
Hay muchos caminos para llegar a Los ojos sin rostro (Les yeux sans visage). Los más almodovarianos tal vez quiean, simplemente, descubrir cuánto de La piel que habito, a la que el director manchego cita como clara referencia, reside en la cinta francesa. Otros tomarán (o habrán tomado) el desvío de la reciente y fascinante Holy Motors, en la que Leos Carax homenajea el trabajo más emblemático de Georges Franju más allá de incluir a su protagonista portando una variación de la inquietante máscara.
En mi caso, por ejemplo, un tercer camino ha sido el ciclo que el último Zinemaldia le dedicó al cineasta francés. Sin embargo, se tome la ruta que se tome, al llegar al destino, el viajero no puede evitar plantearse la misma cuestión “¿cómo es que no llegado aquí antes?”.
 
Los ojos sin rostro apareció en el momento (1960, demasiado pronto) y en el lugar inapropiado. ¿Qué atrevimiento es ese de rodar una cinta de terror en Francia y en plena eclosión de la Nouvelle Vague? Si este inquietante y potente film hubiera sido dirigido por un director norteamericano (o por uno europeo de más “enjundia”) y no perteneciera al denostado género de terror, posiblemente, ahora figuraría en las listas como una de las mejores cintas (y no sólo de género) de todos los tiempos. Afortunadamente, el tiempo la ha rescatado demostrando que no sólo está destinada a buscadores de joyas insólitas o gourmets exigentes.

 
 
 
 
 
A Franju le basta con una simple (y hitchcockiana) escena introductoria (en la que no se pronuncia ni una sola palabra), para meternos de lleno en la trama. A partir de ahí, monstruos mucho más perturbadores, pausados, terroríficos y (también) poéticos que los que solían deambular por las tramas del mago del suspense.                                          
Los ojos sin rostro estremece, incomoda, fascina y provoca repulsión y lo hace con una elegancia y un buen gusto insólitos. Además, su intensidad y su potencia visual no han envejecido en absoluto. Incluso el espectador del siglo XXI, con nula inocencia cinematográfica y “curado de casi cualquier espanto”, no podrá evitar asombrarse ante su osadía ni apartar la vista en algunas de sus escenas clave.
 
El mad doctor, su ambivalente cómplice, la escalofriante mansión en la que todo pasa, un espeluznante y desarmante final, pero, sobre todo, la frágil y etérea protagonista con su máscara de porcelana (también fue la inspiración para crear la de Michael Myers en La noche de Halloween), a medio camino entre una Frankenstein modernizada y el protagonista de El retrato de Dorian Gray, está destinada a grabarse en la retina de cualquier cinéfilo inquieto y de protagonizar alguna de sus pesadillas…
Clásico imprescindible.
 
 


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Baúl cinéfilo # 2: la raqueta colapasta de El Apartamento

C.C.Baxter siempre cena solo. Tras una larga jornada laboral, casi siempre le toca hacer “horas extra”, asi que no le queda más remedio que llegar a su apartamento mucho más tarde de lo que le gustaría. Su rutina suele consistir en un plato de comida precocinada que degusta en el sofá y frente al televisor, mientras la publicidad frustra, una y otra vez, su intento de ver algún clásico del séptimo arte.
El que se ha convertido en el empleado más trepa y menos asertivo de una prestigiosa compañía de seguros de Manhattan, trata inútilmente de que este doméstico ritual enmascare o borre, en parte, el hecho de que, minutos antes, un par de desconocidos han practicado sexo en su propia casa. Qué extraño (e irónico) debe ser que el lugar en el que resulta menos posible escapar de la soledad, sea, al mismo tiempo, el “nido de amor” de otros.
Cuando Miss Kubelik rompe su rutina y le obliga a ejercer de enfermero, todo cambia. C.C.Baxter se olvida de la comida precocinada, el sofá y la televisión, y su robinsoniana cena pasa a convertirse en una velada con velas, comida casera y la mujer que ama.

Como plato principal, Baxter prepara un plato de pasta mientras canta alegremente y, en su entusiasmo juvenil, cuela los spaghetti con una raqueta de tenis. Ni siquiera le importa el hecho de que algunos rebeldes se le escurran, cayendo sobre la fregadera.
De alguna manera, este insólito colador acaba siendo una metáfora de la idiosincrasia de la pareja. Un objeto que parece ser fabricado para cumplir otra función, para resultar útil y mucho más práctico en otra parte, puede, no obstante, encajar y adaptarse mucho mejor a tus necesidades que el objeto que, originalmente, parecía diseñado para tal función. Miss Kubelik, por ejemplo, se había pasado toda la vida utilizando coladores convencionales… y sólo necesitaba encontrar su raqueta.
Todo esto ocurre en El Apartamento de Billy Wilder. Hay otras películas que me gustan tanto, pero ninguna me gusta más…

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Baúl cinéfilo # 1: la chaqueta ochentera de Ryan Gosling en Drive

Tanto los integrantes del club de admiradores de Drive como sus detractores tienen algo el común: la certeza total e indiscutible de que la chaqueta ochentera que luce Ryan Gosling es ya y para siempre un icono del séptimo arte. Resulta imposible olvidarla por mucho que se intente.
Y es que, se mire por donde se mire, no podría ser más hortera: “enguatá”, color crema y de raso (¡arg!). De entrada, parece imposible que una prenda tan cantosa (y antierótica) pudiera quedarle bien a alguien sin reducirlo a un patético macarra de barrio, pero el guapísimo Ryan consigue dotarla de una gracia y fascinación tal, que la inefable chaqueta acaba resultando un protagonista más de la película.
La scorpion jacket es, además, una metáfora y un documento dolorosamente gráfico de la bajada a los infiernos del protagonista. Comienza con un pulcro color crema, para, poco a poco, acabar teñida de rojo sangre. El estoico Gosling no se molesta ni en cambiarse de ropa ni el lavarla. Brutalmente honesta, es como si fuera gritando a los cuatro vientos: esto es lo que hay y así se lo estamos contando.
Como no podía ser de otra manera, se ha convertido en un objeto de culto y ahora existen réplicas de la misma para que todo el mundo pueda sentirse un héroe atípico. Si la quieres, puede ser tuya por 160 dólares de nada en Steady Clothing.
 
Hace un día que he visto Drive y no puedo dejar de pensar en ella… Fascinante, violenta, tierna, sórdida, oscura… e inesperadamente romántica.
Esta si que es una transición al lado oscuro bien contada y no la de Anakin Skywalker, Lucas…

[Retales para recordar en el primer post]

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