Unx acaba un festival de cualquier tipo con le esperanza, confesa o inconfesa, de haber experimentado ideas, sensaciones, experiencias y sentimientos que le conmuevan, sacudan y enriquezcan. En resumen: lo que todxs buscamos es transformarnos, sentirnos una versión más nutrida, satisfecha y plena que aquella que éramos al llegar.

El último día siempre resulta agridulce, cuando no directamente deprimente. No hay sesiones de prensa (a excepción del segundo pase de la peli de clausura), a menos que consigas alguna invitación. Besides, el festival se acaba (sniff!). Este año, en mi caso, sin embargo, pintaba más apetecible que nunca, porque no sólo se había recuperado la juguetona tradición de la película sorpresa (la cual, en mis 6 ediciones precedentes nunca había disfrutado), sino que había batido mi record de invitaciones y dos de ellas me apetecían muchísimo. El día más triste, sería, indudablemente, uno de los más intensos. ¿Acabaría el the end siendo más sweet que bitter?

The song of names nos ha traído a Tim Roth, que no a Clive Owen, y cierra la SO fuera de concurso. A priori, este drama tenía todos los ingredientes para hacernos gastar toneladas de kleenex: niño judío huérfano, holocausto, violines prodigiosos, amistades a prueba de guerra y mucha música. Sin embargo, el film de François Girard hace algo imperdonable como violinista: dejar fría a la audiencia. Se siguen las andanzas de sus protagonistas sin perder el interés, pero nada conmueve, ni encoge el corazón cuando el guión nos grita que debería hacerlo (Confieso que, en mi mente, no dejaba de sonar el tema principal de la soundtrack de Schindler’s list, compuesto por el muy canonizable John Williams). La tradición festivalera continua: el film de clausura sigue siendo, tristemente, del montón.

 

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Mi intuición me decía que nunca sería too soon para ir a la cola de Joker. Un único pase de prensa al final del zinemaldi garantizaba una cola hasta el Aquarium, como mínimo. No podía arriesgarme a ver Joker en el gallinero, así que llegué a la ya muy preocupante cola cuando quedaba casi una hora para que empezara el film. Pocas veces se ha respirado tanta expectación en el Principal. Joker estaría en cines justo una semana más tarde, pero nadie quería perdérsela.

Decepción. Joker me transmite mixed feelings. Es un espectáculo visual, la fotografía es soberbia, hay escenas potentes y Mr Phoenix hace una de las interpretaciones de su vida, pero el guión me resulta tan regulero que no consigo entusiasmarme con la película. La suspensión of disbelief, en mi caso, no funciona en el tratamiento de las enfermedades mentales y en el arco dramático de su protagonista. No me parece un mal film, pero no me deja ningún poso.

 

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Hatsukoi (First Love) comenzaba en una hora en el Victoria Eugenia. La pareja de delante, en la cola, comenzó a engullir un par de hamburguesas de McDonalds y añadí a mi vulnerable estado emocional imágenes espantosas de vacas descuartizadas y selvas ardiendo impunemente. Too much for me. Aquello no había quien lo salvara. Aquella tarde estaba condenada. Sin embargo, al entrar al cine, como ya cuento en mi review menos review (no me quiero repetir), se obró el gran milagro del zinemaldi. Comencé Hatsukoi en mode rumiador sin siquiera saber qué idiomas estaba leyendo y escuchando y la acabe riendo como una niña, desconectando intermitentemente de mis neuras y dando gracias al regalazo que me había hecho el festival (directa a mi top 5 de la edición). Si una película consigue esto es muy, muy grande. Confieso que no conocía al director, Takashi Miike, porque sus películas suelen ir directas a Sitges o a la semana de cine de terror, pero ya soy fan. Por cosas como esta, ¿quién es la/el guapx que se atreve a vivir sin cine?

Al salir a la luz de aquel luminoso sábado volvió a caérseme el mundo encima, pero, al menos, Hatsukoi me había dado la fuerza suficiente para aguantar en pie. Comí mi ración diaria de food y me fui directa a la cola del Trueba 2 para ver Chicuarotes, la segunda película como director de Gael García Bernal.

 

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Di gracias a los dioses de que el film nipón hubiera llegado antes, porque Chicuarotes es tan dura que resulta imposible salir del cine recuperando la fe en la humanidad. Gael no carga las tintas, ni cae en el mode flagellator del que tanto abusa Ken Loach (de hecho, se agradece que siendo la estrella que es haga películas pequeñas sobre personajes marginales), pero sus protagonistas sufren mucho enredados en la tela de araña entre la violencia doméstica y callejera que los envuelve y en su mundo hay poco margen para la esperanza. Chicuarotes, en suma, no cuenta nada nuevo, pero lo cuenta bien. Eso sí, como en todas las películas latinas de los días precedentes (incluso en The Wasp Network) agradecí, like water of May, los subtítulos en inglés.

Solo queda una película más. What a depressing thought! Los sábados Donosti es intransitable. Una pareja me preguntó por el Maria Cristina. A veces la acreditación es un sinónimo de “información aquí”. Pero llegó la hora de hacer cola. Finally. Antes de que abrieran las puertas principales, una puerta lateral sobre la que estaba apoyada se abrió, con tan mala fortuna, que me golpeó en el pie el único día que, en lugar de sneakers, llevaba bailarinas. Dolor. El tipo, al ver que me había hecho daño, se disculpó varias veces, pero yo ni lo miré. Lo único que veía eran las lágrimas de ira y frustración que me nublaban los ojos. No había llorado en todo el día hasta entonces. Me va a quedar un bonito moratón, pensé. Entramos. Pude seguir entonces, vía twitter, la gala de clausura y me dio time, incluso, a mandar mi quiniela por whatsApp. Para cuando comenzó The Lighthouse ya sólo quedaban el premio especial del jurado y la esperada concha de oro. Intrigue…

 

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La película era exactamente como me la imaginaba: un viaje emocional o descenso a los infiernos inquietante, incómodo, brillante en sus metáforas y su lenguaje visual, desafiante, visualmente apabullante (esa fotografía que recuerda el mejor cine en black & white), poderosísima, a ratos desquiciada, inconexa, febril y terrorífica y con dos actores (Robert Pattinson y Willem Dafoe)  en estado de gracia, manteniendo en un tour de forcé infernal en el que no tienen miedo de llegar hasta donde haga falta. Sufrí en alguna escena. No lo niego. Tampoco es fácilmente recomendable porque es un film que requiere cierto esfuerzo, pero what an experience!

 

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La pantalla de mi móvil no miente. Paficied ha sido la ganadora de la 67 edición. Aunque le tengo cariño al film brasileño, La trinchera infinita debió haber sido algo más que la winner moral del festival.

La noche sigue muy viva en Donosti. De camino a la estación de tren, hago balance de la edición y caigo en la cuenta de que he batido mi record: 38 películas. Sin embargo, hay gente que ha visto entre 45 y 50. Creo que están aún más enfermitxs y necesitan más droga para huir de la realidad que yo.

Recuerdo entonces las palabras de Neil Jordan en la gala de inauguración:

“Cinema is what you experience when you sit with strangers in a darkened room and watch someone else’s dreams on the screen. Something you can’t experience between the pages of a book, on a stage, on an iPhone, or even on a television screen. So, over the course of the festival, we will do just that. What people have done since Méliès took his trip to the moon. And maybe we won’t be strangers by the end of it”.

Ay…

See you next year, zinemaldi… luckily!

 

Balance el día: 5 películas, un paseo fuera de mi comfort zone, dos moratones, una reafirmación de mi amor por el cine, 0 ruedas de prensa.

 

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