De todas las películas vistas en la última edición del Festival de San Sebastián, la única que no he conseguido quitarme de la cabeza, durante semanas, ha sido, para mi sorpresa, Light of my life, la cinta escrita, protagonizada y dirigida por Casey Affleck. ¿Por qué? ¿Acaso se trata del mejor film de la edición? En mi modesta opinión, rotundamente no. Entonces, ¿qué posee que la hace tan memorable?

 

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Mi primera impresión fue de decepción. La premisa de un mundo en el que casi la totalidad de las mujeres del planeta (¿el 99’9?) habían sido diezmadas por una pandemia letal era fascinante y terrorífica al mismo tiempo, pero Affleck, sin embargo, no la aprovechaba, ni la desarrollaba en todo su jugosísimo potencial. Desde el comienzo del film, interesaba más el elemento emocional del potente vinculo padre-hija que el distópico y había demasiados elementos de ese mundo horripilante que no se mostraban y que nos habría gustado conocer (¿en una serie quizá?). A primera vista, parecía, por lo tanto, que Light of my life era la heredera anémica de pesos pesados del género como The Road y Children of Men, con las que comparte, además, similitudes conceptuales y estéticas.

 

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Varios días de digestión cinematográfica más tarde, caí en la cuenta de que el elemento distópico, a Affleck, en realidad, le interesa bien poco. El marco postapocalíptico solo es la excusa metafórica o el McGuffin para lanzar al mundo el mensaje que realmente le interesa: Protect womanhood no matter what. Protejamos la femineidad cueste lo que cueste.

 

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Bien sea fruto de un sentido acto de expiación o de un “#MeTooWashing” de manual, lo cierto es que el segundo film de hermano pequeño de Ben (el primero fue ese extraño experimento titulado I’m Still Here) tiene una carga emotiva y un calado desarmantes. En la relación que mantienen este sufrido y atormentado padre y su hija preadolescente (una impresionante Anna Pniowsky), huyendo de la violencia y toxicidad de la mitad de la humanidad, encontramos oro puro. Affleck nos habla, casi sin darnos cuenta, entre otras cosas, del robo del rol protagónico que le corresponde, desde siempre, a la mujer en este desequilibrado mundo; de la importancia de la armonía entre las naturalezas masculina y femenina, no solo en todos los ámbitos de la sociedad, sino en cada unx de nosotrxs; de la responsabilidad que el sistema patriarcal, en su conjunto, tiene en la (mala) educación de las mujeres (y de los hombres); y sobre todo, del compromiso de la masculinidad, de la figura del padre, en el desarrollo psicológico de las niñas, además del rol vital que desempeñan en la construcción de su autoestima y en la imagen que tienen (y proyectan) de sí mismas.

 

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El gran drama de este padre-madre forzoso que nunca abandona su rol de educador y storyteller es: ¿Cómo proteger a mi hija de aquellos que son como yo? ¿qué armas proporcionar a esta futura mujer para desarrollarse y ser libre, confiada y empoderada en un mundo desproporcionada, injusta y abrumadoramente masculino? Y la respuesta tal vez sea mucho más sencilla de lo que él cree (spoiler alert): permitiéndole crear y narrar sus propias historias, e instándola, en todo momento, a convertirse en la protagonista de todas ellas.

 

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Decía Eduardo Galeano “Vuela torcida la humanidad, pájaro de un ala sola”. Light of my life nos muestra, como sociedad, desde su gris, inhóspito y pesimista marco distópico, la urgencia apremiante de incorporar a nuestro actual (e imposible) vuelo su mutilado, valioso e imprescindible ala.

 

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Nolite te bastardes carborundorum”.

 

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