No comienza mal lo último de Ken Loach. Un personaje simpático y entrañable desgrana lúcido humor británico ante la frustración de la insultante red tape de las ayudas sociales, denunciando de forma clara y lúcida la brecha tecnológica que existe entre las jóvenes generaciones que han integrado la tecnología plenamente en sus vidas y la muy desorientada tercera edad. Y con la empatía en mode on, un@ piensa que tal vez la palma de oro en Cannes está total y completamente justificada, pero se equivoca.

 

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El buen cine social debería ser un must, y aunque aplaudo fervientemente la faceta comprometida y de defensor de causas perdidas de Mr Loach (habría que irse a personalidades psicopáticas para no empatizar y no solidarizarse con los más desfavorecidos y los vergonzosos e imperdonables problemas sociales que nos atenazan), l, Daniel Blake, más que una denuncia de una dolorosa realidad, es una exhibición de pornografía emocional que atenta contra la sensibilidad, la sutileza y el buen gusto.

 

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Básicamente, es como si, en manos de Loach, el sufrimiento real de miles de personas (ese que sabemos que existe y que es tan insoportablemente real que, en muchos casos, superará siempre la ficción), fuera instrumentalizado para subrayar de forma insistente el mismo mensaje machacón, todo en letras tan grandes que, junto con la muralla china, podrían verse claramente desde el espacio. Y el efecto es tan reiterativo y excesivo, tan dolorosamente obvio, que en lugar de emocionarnos, consigue exactamente lo opuesto: indiferencia absoluta y aburrimiento mortal.

 

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Ken Loach se limita a poner en imágenes el tosco y torpe guión de Paul Laverty, su colaborador habitual, guionista para el que, al parecer, todo es blanco o negro, y del que se echa en falta la complejidad, la hondura psicológica y los matices que los personajes y las situaciones demandan (sabemos que la maldad, en muchísimas ocasiones, no tiene límites en nuestro podrido mundo, pero no es necesario “insultarnos” con tanto maniqueísmo y demagogia).

 

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I, Daniel Blake
, concluye, además, de forma excesivamente forzada y efectista. Su intención es reventar nuestros lacrimales, pero solo consigue la desquiciante última gota que colma el flagelador vaso de desgracias. En lugar de una (necesaria) bofetada de realidad, Mr Loach nos ofrece una muestra de bienintencionalidad caricaturizada. Posiblemente, lo peor que he visto en la pasada edición del Zinemaldia (y en todo el 2016).

 

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