60 páginas. Ese es el reducido tamaño versión muggle de Animales fantásticos y dónde encontrarlos (también podría haberse titulado Fantastic beasts and where to find them for dummies) que Harry, Hermione, Ron y el resto de los alumnos de Hogwarts tuvieron que estudiar en la controvertida asignatura ‘Cuidado de criaturas mágicas’. Básicamente, contiene, si no me falla la  memoria, una breve biografía de su autor y magizoologo, Newt Scamander, un prólogo by Albus Dumbledore y una guía de criaturas mágicas ordenadas alfabéticamente y por grado de peligrosidad.

 

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Sin despreciar su deslumbrante despliegue de imaginación,  el mayor atractivo del libro radica en las explicaciones lógicas a familiares y eternos misterios sin resolver que habrán hecho las delicias de Iker Jiménez, además de las divertidas notas a pie de página de Harry y Ron, que suponen un nostálgico guiño continuo a cualquier fan de la saga. Si obviamos el despreciable hecho de que está escrito desde el especismo más absoluto (siempre en relación a la utilidad y beneficio que estos animales suponen para los humanos, magos o muggles, en lugar de centrarse en los animales mismos, como individuos únicos), resulta una lectura más o menos entretenida.

 

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Cuando supe, como otr@s tant@s fans de la saga, de su adaptación cinematográfica dirigida por David Yates (again?), pero escrita por la propia autora, la pregunta fue obvia: Por las barbas de Dumbledore, ¿qué habrá hecho la Rowling con este interesante pero brevísimo material? Y la respuesta, lamentablemente, ha sido una especie  de Frank de la jungla urbanita y mágico, entretenido y descafeinadamente correcto (aunque, eso sí, bastante mejor vestido y aseado). Y es que su guión es una mera excusa para mostrar lo que realmente interesa: un espectacular despliegue de criaturas a cada cual más curiosa y extraña, mientras un humano que asegura protegerlas les toca (moderadamente) las narices.

 

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Sin embargo, aún hay, lamentablemente, algo construido de forma más pobre que su guión: sus personajes. Asombrosamente planos y con “carisma introvertido”, caen, en su gran mayoría, en el desgastadísimo y aburrido tópico (el gordito entrañable y torpón, la chica dulce y pícara, el freak peligroso, la mujer dura y tierna, al mismo tiempo, y, uff, el “malo” cutre y chapucero de opereta), aunque el caso más flagrante es el de su ¿aspergeriano? protagonista Newt Scamander. Básicamente, al caer los títulos de créditos sabemos del famoso magizoologo, prácticamente, lo mismo que en los inicios del film. Apenas hay arco dramático y aunque tampoco nos resulte del todo indiferente (Eddie Redmayne, también hay que decirlo, resulta algo irritante), no lo seguiríamos hasta las profundidades de un lago congelado (y, ni mucho menos, a lo largo de varias secuelas). Teniendo en cuenta que uno de los puntos fuertes de Rowling siempre ha sido crear personajes carismáticos y queribles, resulta doloroso que incluso cualquiera de las personalidades más tópicas y menos trabajadas de la saga potteriana (pongamos una Mrs Norris, por ejemplo) tenga el triple de atractivo que el personaje más robaescenas de Fantastic beasts (o que su descarada pareja masculina Lauren y Hardy magical version).

 

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Tal vez por pura e hipócrita corrección política o por un sano afán de adaptarse a los nuevos tiempos, el Newt cinematográfico se desmarca del literario en que en lugar de un científico y coleccionista cazador de animales raros, es un proteccionista y casi animalista: su intención es cuidarlos y protegerlos, lograr que sean conocidos y queridos en lugar de temidos, despreciados, perseguidos y masacrados. Pero este, uno de los puntos más interesantes de la trama, acaba siendo un leve y superficial apunte. Tampoco se ahonda en los otros dos temas que a mí, particularmente, más me interesaban del guión: el miedo al diferente, la xenofobia o las diferencias culturales humanos versus muggles y UK vs USA (podrían haber dado mucho y divertido juego) y las consecuencias psicopatológicas y físicas de la represión (y demonización) de los poderes mágicos o de la propia esencia.

 

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Pero no todo es negativo, sin embargo. Aunque es cierto que los locos años veinte son extraordinariamente cinematográficos y fotogénicos de por sí, la dirección artística y el maquillaje/peluquería son portentosos (and the Oscar goes to…). También, como no podría ser de otra manera, aprueban con nota sus muy esmerados efectos especiales. David Yates, fiel a su condición de artesano, a grandes rasgos, nos ofrece un producto desaprovechado, anodino y sin personalidad, pero digno, correcto y visualmente espectacular en todo momento. Fan o visitante ocasional del mundo mágico, lo único que queda plantearse es: ¿resulta suficiente para ti?

 

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En una realidad en la que se puede crear un santuario de animales dentro de una maleta o crear hechizos tan poderosos que oculten castillos a ojos de los muggles, resulta de un chapucero insoportable que a Newt se le escapen los animalillos de la maleta de esa forma tan tonta y descuidada en la primera escena. ¿Acaso no había una excusa mejor? Muy mal Rowling, muy mal.

 

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Y siguiendo con Scamander y su torpe presentación, el chico resulta incapaz de atrapar al animalillo ladrón (sin embargo, es de un virtuosismo deslumbrante con la varita en la escena final del film). Cualquier fan de la saga puede citar, al menos, un par de hechizos que detengan en seco y con las manos en las joyas al simpático ladronzuelo (hello? Accio!).

 

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En un film que a priori parecía haberse esforzado un poco por el tema de la paridad de sexos, nos encontramos con el personaje de Porpentina (Katherine Waterstone), una mujer con cierto espíritu feminista  cuyas motivaciones no sólo no entiende en ningún momento el espectador, sino que acaba resultando uno de los más sosos y con menos encanto que ha dado el cine el mucho tiempo (y, como no podía ser de otra manera, acaba enamorándose de Scamander by the face, sin que haya un verdadero momento de intimidad compartida o algún vínculo claro entre ambos. Simplemente porque le toca).

 

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Duele ver, no sólo lo desaprovechadísimo y mal presentado que está el personaje de freak torturado de Ezra Miller (a ver si the flash le aleja del club de los raritos encadenados en serie), sino que el malo maloso del film, AKA Grindewald (Colin Farrell), no sólo ni impone, ni impresiona ni interesa, sino que el público no entiende sus motivaciones hasta el atropellado final (y para cuando lo hace, básicamente, le da igual). ¿Por qué narices Credence se carga a tanta gente en un acto de furia y sin explicación y sin embargo deja viva a la persona que más le ha traicionado y más daño le ha hecho?

 

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