Hacer un top 10 de entre las 32 películas que tuve la suerte de ver en la última edición del zinemaldia, resulta una tarea masocamente meticulosa (además de tremendamente injusta) digna de los periodistas de Spotlight. Hay algunos títulos, de los que hablaré en futuras entradas, que podrían haberse colado en esta lista y que, posiblemente, incluso, resulten “objetivamente” mejores y más redondos que las películas que muestro a continuación. ¿Qué criterio he escogido, entonces? Simplemente, el cosquilleo en la nuca, como diría June Allyson en The Glenn Miller Story o la sensación de que esos films aportaban algo inusual, original, revitalizante y/o estimulante a mi bagaje cinéfilo. Eso sí, el orden de este top, salvo el incuestionable número 1, es totalmente arbitrario. Pasen y lean 😉
 
 

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10- Porto, Gave Klinger (Nuev@s Director@s)

Cuando una ciudad como Oporto sirve como escenario para una love story, su evocador resultado solo puede estar impregnado de saudade. Dos jóvenes se enamoran y comparten una sola noche, la más intensa, íntima, apasionada y erótica de sus vidas. Las influencias que nutren este romance nos son muy familiares, desde Before sunrise, pasando por Eternal sunshine of the spotless mind, hasta In the mood for love (de Richard Linklater, por ejemplo, toma su capacidad para capturar los momentos mágicos que nos marcan y definen y de Wong Kar-wai su fascinante acercamiento poético al romance).

A Gave Klinger, antiguo crítico, ahora director y co-guionista, le pierden sus ínfulas linklaterianas y en ocasiones se le va la mano en los diálogos, que chirrían por excesivamente impostados y cursis, sin embargo hay muchos elementos en Porto que compensan sus imperfecciones y la convierten en un título más que recomendable. Dividida en tres capítulos, conocemos primero la historia desde el punto de vista de él, después del de ella y finalmente a través de ambos (centrada en el encuentro sexual, uno de los más emocionalmente intensos que he visto en mucho tiempo), pero nunca de manera convencional, sino en forma de retazos, saltando continuamente a través del tiempo y jugando con diferentes formatos (super 8, 35 mm y 16 mm).

Pero lo verdaderamente sobresaliente en Porto es el poso que deja en el espectador. Resulta imposible no encontrar nada autobiográfico en ella, así que, con el tiempo, no solo va creciendo en la memoria, sino que se redimensiona, adquiere nuevos matices y nos duele más (como nuestros recuerdos). Si a todo esto añadimos que se trata del último trabajo del tristemente fallecido Anton Yelchin, al que se dedica la película, el sentimiento de saudade es absoluto.
 

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9- Que Dios nos perdone, Rodrigo Sorogoyen (Sección Oficial)

Que el thriller patrio viene muy fuerte este 2016 es ya un secreto a voces, y el mejor ejemplo lo encontramos en lo último de Rodrigo Sorogoyen. Aunque se le pueda achacar cierta falta de originalidad o cierto abuso del “Fincher style”, Que Dios nos perdone es un potente y sólido film en el que todos sus elementos están muy cuidados y perfectamente integrados, más allá de su perturbadora trama policial. Destaca su afilado guión (merecidamente premiado en esta edición del zinemaldi), en el que, desde la capa más externa (la sociedad) a la más interna (sus protagonistas y su microcosmos, unos excepcionales y aparentemente opuestos Roberto Álamo y Antonio de la Torre), pasando por la media (el entorno policial) se analizan diferentes niveles de crueldad, violencia y miseria.

No hay buenos y malos en este film, tampoco catárticas dosis de justicia, sólo personajes dolorosamente humanos, contradictorios y extremadamente ricos en su complejidad, cuyos arcos dramáticos vemos transformarse brillantemente. Que Dios nos perdone habla de la responsabilidad social, ética y moral y muestra con áspera contundencia que nadie está a salvo de las heridas del pasado. Como dicen los psicólogos “tod@s somos víctimas de víctimas” y, en algunos casos, verdugos de verdugos.
 

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8- Nocturama, Bertrand Bonello (Sección oficial)

Resultaría tremendamente injusto que Nocturama pasara a la historia como “la película que rechazó Cannes”. El film de Bonello, emparentado con la notable Elephant de Gus Van Sant, presenta muchos aspectos atractivos más allá de su clara vocación polémica. Ante todo, es un film que te zarandea y desafía como espectador y como ser humano empático en busca de respuestas. Durante su desconcertante, intensa y frenética primera hora, vemos orquestarse un plan macabro llevado a cabo por un grupo de jóvenes de diferentes estratos sociales y orígenes raciales. En su segunda y más dispersa mitad, rodada íntegramente en un centro comercial, no sólo no se ofrece explicación alguna a lo contado con anterioridad, sino que confronta a sus (¿psicópatas?) protagonistas con sus propias ambivalencias y contradicciones, mostrándolos como seres infantiles, irresponsables y vacíos, y, en definitiva, como los resultados y víctimas del sistema al que pertenecen (genial la escena en la que uno de los jóvenes se topa con un maniquí vestido exactamente como él). Y, a pesar de las pocas pinceladas que poseemos de las personalidades de cada uno, resulta inevitable verlos como seres humanos en lugar de como repugnantes asesinos, y es entonces cuando surge la terrorífica, incomodísima e inquietante pregunta: ¿y si ciertos comportamientos psicopáticos pertenecieran a una especie de subcategoría extrema de histeria colectiva? ¿y si, en las más desafortunadas circunstancias, es@ joven hubiera podido ser yo?

Sólo por abducirnos emocionalmente con tanta intensidad, por resultar tan profundamente perturbadora y por hacernos plantear tan clara y contundentemente todas estas cuestiones, Nocturama merece aparecer en cualquier top este año.
 

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7- After the storm, Hirokazu Koreeda (Perlas)

Siempre resulta una gozada reencontrarse con Koreeda. Importa poco que, con 9 films a sus espaldas, los elementos de su microcosmos y sus temáticas nos resulten agradablemente (y, para algun@s, entre l@s que no me encuentro, aburridamente) familiares. El director japonés, como tod@s l@s buen@s storytellers, sabe narrar situaciones universales desde lo personal y particular, crear personajes profunda y conmovedoramente humanos y, sobre todo, es capaz de retratar como nadie las relaciones familiares de principios de siglo XXI. Y lo hace siempre con tanta honestidad y calidez, que lo seguimos dócilmente durante cada tramo del relato.

En esta ocasión se nos presenta una situación con la que resulta difícil no identificarse. Un protagonista dolido, frustrado y consumido por unos sueños y expectativas ¿inalcalzables?, atrapado en un impasse vital en esa cruel etapa de la existencia en la que se nos exige materializar la vida en resultados. También está su encantadora madre, una ex esposa con la que espera reconciliarse y un hijo con el que no se sabe comunicar. Ah, y una tormenta, una fuerza de la naturaleza purificadora y catalizadora, capaz de poner en movimiento cualquier tipo de agua estancada. Y Koreeda nos lo cuenta todo tan bien, que sentimos pena de despedirnos de esta fracturada familia cuando llega el inevitable sayōnara.
 

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6-La reconquista, Jonás Trueba (Sección oficial)

Si yo escribiera y/o dirigiera películas, seguramente, me gustaría hacer algo tan bonito y elegante como La Reconquista. Porque es de una sensibilidad, nostalgia y romanticismo desarmantes, y porque sus personajes reflexionan mucho y bien sobre el amor y la vida, con una sensibilidad rohmeriana y linklateriana que, hasta ahora, ha resultado tristemente insólito en el idioma español. Y con las alas de rara avis desplegadas, consciente de la responsabilidad de rellenar ese hueco fílmico, nos conduce por una primera hora mágica y subyugante en la que sus protagonistas se reencuentran, (se) escuchan, bailan, aprenden, se expresan y callan, delatándose y definiéndose siempre.

En su segunda mitad, pega un volantazo, se desvía casi dolorosamente de ese presente que nos gustaría protagonizar, y nos conduce directamente al pasado de sus protagonistas, cuando ambos tenían unos precoces e insultantemente maduros 15 años. Y es aquí cuando llega la irregularidad y parte del desencanto como espectador, porque ese segundo acto no se siente tan intenso, contundente y fascinante. Pero tarde o temprano nos volvemos a enganchar para asistir a una más que interesante reflexión sobre el paso (y el peso) del tiempo, la fragilidad del amor y la irremediabilidad de sus cuentas pendientes.

Jonás Trueba confirma con La Reconquista que es un cineasta al que vale la pena seguir. Suya es la love story más bonita, intensa y personal del año. Lamentablemente, a menos que el boca-oreja u otros mecanismos promocionales funcionen, pocos espectadores sabremos que, como cantaba Rafael Berrio, “somos siempre principiantes” o que “debe estar la Arcadia en flor…”

 

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5- La tortuga roja, Michael Dudok de Wit (Perlas)

Hay films que, al descubrirlos por vez primera, te plantean ideas e impresiones antitéticas. En el caso, de La tortuga roja, en mi mente surgió un “¿cómo se le habrá ocurrido a alguien semejante maravilla?” y, al mismo tiempo, “¿cómo es que nadie la había creado hasta ahora?”. Y es que esta fábula silente resulta tan universal, tan profundamente humana, tan deslumbrantemente simbólica y lírica que la conocemos desde siempre (o, más bien, la reconocemos).

La historia es aparentemente sencilla. Un hombre naufraga en una isla. Se le priva de todo, salvo de sí mismo y de su ingenio en plena naturaleza salvaje. Si intención inicial es huir en una balsa, pero no puede. Un obstáculo que no puede ver y que resulta más fuerte y poderoso que si mismo se lo impide. Finalmente el escollo se materializa: es una gigantesca tortuga roja. Loco de ira, el hombre decide atacarla, dominarla, asesinarla incluso. Y cuando el animal yace vulnerable y moribundo boca arriba, descubre que ha cometido un terrible e imperdonable error.

Tras este interesante punto de partida, se nos invita a reflexionar sobre nuestra condición de animales humanos en constante y sana comunión con una naturaleza de la que no podemos y no debemos escapar y a la que nunca podremos dominar, a riesgo de destruir el frágil equilibro que nos sustenta. Et voilà, un prodigio narrativo de 80 escasos minutos poseedor de un enorme carga simbólica, ecologista y emocional. Inolvidable y directa al baúl del inconsciente, como todos los buenos cuentos.
 

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4- Colossal, Nacho Vigalondo (Sección oficial fuera de concurso)

Lo peor que le puede pasar a lo último de Vigalondo es que un@ lea su sinopsis y espere encontrarse con un film de ciencia ficción “emmerichiano” catastrófico y ultratestosteróneo al uso, una parodia ingeniosa del cine de kaiju, una comedia romántica gamberra o una mezcla más o menos afortunada de todo lo anterior. Colossal no pretende ser nada de eso. Es otra cosa. Si hubiera que definirla sin conocer los 5 niveles que la sustentan, según su director, la calificaríamos como anti-comedia romántica-existencialista-feminista. O, al menos, así es cómo la ve esta humilde bloguera.

La ciencia ficción, aunque está ingeniosamente integrada, sólo es un MacGuffin para hablar de otra cosa: de la crisis de los 30, de las expectativas románticas, de la capacidad de influir/las consecuencias de nuestra irresponsabilidad sobre vidas ajenas, del empowerment femenino, del machismo y de las viejas masculinidades (especialmente la heteropatriarcal y tóxica). Y es en este insólito experimento fílmico o cocktail mezclado y no agitado, donde radica su mayor atractivo y su mayor defecto: sólo puede encantar o dejar indiferente. No hay término medio. Si no entras en sus constantes cambios de tono y género, estás perdid@, Colossal no es tu película.

A mi ya me habría ganado solo por su originalidad marciana, su condición de anti-comedia romántica, sus toques de hilaridad y por su estupenda Anne Hathaway (también productora ejecutiva), pero es su espíritu feminista y su catártico desenlace lo que me han convertido al “vigalondismo” irremediablemente (tanto es así que le perdono sus inconsistencias de guión, su pérdida de ritmo en su segunda mitad y el hecho de no aprovechar del todo sus posibilidades “monstruiles”). Que un film comercial se atreva a contar todo esto desde un agradecidísimo y tristemente insólito punto de vista femenino me anima a creer en el futuro de la humanidad. Gracias, Vigalondo.
 

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3- Toni Erdmann, Maren Ade (Perlas)

La primera película galardonada con el premio Fipresci dirigida por una mujer (subrayado y suspiro de ¿pero cómo han podido tardar tanto?), es de una osadez y equilibrio funanbulil que cuesta creer que exista. Tan pronto resulta hilarante y absurda como dolorosamente seria, sabia y profunda. Y son tantas las veces que noquea que resulta imposible permanecer indiferente o no plegarse ante su inteligencia.

La agridulce relación paternofilial entre una yuppie ultraprofesional y su alocado, solitario y extravagante padre sirve de excusa para servirnos un delicioso cocktail de casi 3 horas perfectamente mezclado en el que, además de la depresión y de la dificultad de mantener relaciones humanas satisfactorias, nos habla de la deshumanización del trabajo y del capitalismo caníbal, entre otros muchos temas. Y la experiencia es tan gozosa, que le perdonamos cierto desmadejamiento hacia la mitad del film (podríamos recortarle media hora sin problemas).

Porque a lo largo de su metraje, los personajes crecen, evolucionan, se humanizan y, de paso, nos humanizan y reconcilian un poco con el mundo. Y por si su visionado no fuera suficiente, Toni Erdmann, con su descacharrante dentadura postiza, nos sigue visitando días después, para que sigamos riendo y enterneciéndonos con sus escenas clave (atención al emotivo momento “abrazo osuno”, la tronchante “the naked party” y a la reveladora interpretación de “The Greatest Love of All”). Gracias a este “dramedy” he aprendido una palabra clave en alemán que se repite a lo largo de todo su metraje y que no creo que sea capaz de olvidar jamás: glück (feliz, suerte, dicha, felicidad). Pues eso.
 

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2- Ma vie de Courgette, Claude Barras (Perlas)

En un festival en el que la duración media de las películas es de 120 minutazos y cuya temática parece abducida, en parte, por desquiciados niños/adolescentes psicópatas, de repente, llega un pequeño huérfano ojeroso apodado Calabacín y nos regala un cuento luminoso, tierno y profundamente humanista de 70 minutos que es todo un prodigio de concisión narrativa y conexión emocional con el espectador. No es de extrañar que esté arrasando y que se lo haya llevado todo (mejor película y premio del público en el festival de Annecy, la candidatura suiza a mejor película de cara a los Oscars y ahora el premio del público del zinemaldi como mejor film europeo).

Delicia artística y visual de stop-motion, Ma vie de courgette es un cuento sobre niños pero en absoluto infantil, que no pierde en ningún momento su estilo grave, hondo, profundamente agridulce que le confiere un tono adulto. Temas como la orfandad, la falta de figuras de apego/amor, la soledad o el duelo en la época más vulnerable de la vida están presentes, pero sorteando una buena parte de sus tópicos y de forma cuidadosa y delicada en todo momento. Cada personaje, desde los niños a los no siempre entrañables adultos, tiene una personalidad muy clara y definida y resulta querible hasta el punto de derrochar emotividad. Contrapunto sano y necesario (no necesaria y exclusivamente festivalero), Ma vie de courgette es uno de esos films “prozac” hechos con tanto mimo y talento que confirman y renuevan tu cinefília.
 

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1-Arrival, Denis Villeneuve (Perlas)

Si hubiera tenido que publicar esta crítica el día que vi la última película del (imparable) director canadiense (o el día siguiente), no habría podido escribir ni una línea. El shock emocional fue tan inmenso que bien podría describirse como síndrome de Stendhal. Y no fui la única. Me atrevo a asegurar que casi tod@s l@s que componíamos el pase de prensa sentimos el mismo doble gancho al corazón y a la cabeza y la misma sensación de trascendencia (no recordaba una reacción del público tan intensa desde Gravity) y lo supimos: Arrival haría historia.

Una vez más, que nadie se deje “engañar” por su sinopsis (su guión no podría parecerse menos a las películas de invasiones y contactos extraterrestres que ya conocemos). Basada en el relato “Story of Your Life” de Ted Chiang, la experiencia que nos propone Villeneuve supera todas nuestras expectativas como espectadores porque el MacGuffin alienígena es la excusa perfecta para hablarnos, por un lado, de la celebración de comunicación como base moral, social y política de nuestra (y de todas) las sociedades y de la trascendencia del lenguaje como instrumento pacifista y, por otro, nos plantea el estudio del duelo por un ser querido que acaba resultando toda una celebración de la vida, todo ello desde una perspectiva intimista e insólita hasta la fecha.

Arrival es, además, impecable desde el punto de vista técnico y visual (ecos kubrikianos resuenan en más de un fotograma y en algún momento es imposible no pensar en 2001: Una odisea del espacio). Pero el corazón del film, además de la inspirada y ajustadísima música de Jóhann Jóhannsson (atención a la delicada aportación de Max Richter), es Amy Adams, excelente en su papel de lingüista y anti-heroína dividida entre la responsabilidad político-profesional y el abrumador peso de la pérdida (nos recuerda, inevitablemente, a Jodie Foster en Contact y a Jessica Chastain en Interstellar, films con los que Arrival comparte muchos paralelismos). Y por si todo lo anterior no fuera suficiente, el film posee uno de los más poderosos, líricos y emotivos clímax de la historia del cine reciente (que como espectadores, nos regala, además, una disyuntiva de lo más interesante). ¿Obra maestra? El tiempo lo dirá, pero lo que sí se puede asegurar es que su viaje emocional resulta absolutamente imprescindible. Mágica.

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