En los años 70 el psicólogo Paul Eckman, en un “darwiniano” trabajo pionero, descubrió que las expresiones faciales de las emociones, en lugar de determinadas culturalmente, son más bien universales y tienen, por consiguiente, un origen biológico. En su primera lista de emociones básicas incluyó la alegría, la ira, el asco, el miedo, la sorpresa y la tristeza. Dos décadas más tarde añadiría a la lista la vergüenza, la satisfacción, el alivio, la culpa, el desprecio y  el orgullo/soberbia, entre otras.

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La factoría Pixar ha hecho los deberes de la parte que le ha interesado (¿por qué se ha reducido tanta complejidad a esas 5 caprichosas emociones básicas y quién ha nombrado presidenta a la totalitaria alegría?) y nos ofrece una historia tierna e imaginativa por encima de cualquier producción de animación media, pero por la que, en mi caso concreto, me es imposible no sentir cierta ambivalencia. Y es que hay elementos del film por los que resulta inevitable no caer rendido (la fábrica de sueños o los borradores de recuerdos, por ejemplo) y otros que generan frustración, decepción, tristeza y (por qué no admitirlo) cierta vergüenza ajena (ese paupérrimo inconsciente… ¡ay si Freud y Jung levantaran la cabeza!).

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El “inside out” de Riley, su joven protagonista, en lugar de una película, merecía una serie al más puro estilo “Erase una vez… la mente”. En un afán economizador y simplificador y con una mano demasiado larga de “infantilizator blanqueador”, la mente humana, ese eterno gran misterio, ha quedado reducida a una cartesiana, ordenada, pulcra y multicolor sucesión de brillantes y chisposos terrenos perfectamente definidos, delimitados y etiquetados en los que no hay ambigüedades, interconexiones, grisuras, sombras, lados oscuros, o simplemente, mala leche. Pero, ¡oh, my God, la infancia es intocable! ¿Cómo vamos a ser valientes y turbios? ¡Tito Walt nos libre!

Joy (voice of Amy Poehler) and Sadness (voice of Phyllis Smith) must venture through Long Term Memory to find their way back to Headquarters in Disney•Pixar’s “Inside Out” — in theaters June 19, 2015. ©2015 Disney•Pixar. All Rights Reserved.

Y es que, en realidad, puestos a hacer comparaciones, el cerebro (infantil o no) humano, en lugar de un azucarado parque temático, posiblemente se parezca bastante más al castillo Hogwarts del universo potteril: siempre está en construcción, es oscuro, laberíntico y sucio, fantasmas rondan sus pasillos cómo y cuándo les da la gana, las habitaciones cambian de sitio o mutan de aspecto, hay pasadizos secretos interconectados, las puertas no siempre se abren (o aparecen donde no deben), las escaleras que parecen llevarte a un destino, en realidad, te conducen a un lugar distinto, y siempre hay miembros de slytherin dispuestos a recordarte/mostrarte lo que no quieres ver, sabotearte o tocarte machaconamente las narices.

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Tampoco cuela esa idílica y nada disfuncional familia tradicional en la que todo es tan perfecto y blanco (apunte feminista: se mudan por el trabajo del padre y la madre, no sólo parece no tener profesión, sino que, a diferencia de Riley, tampoco siente ningún tipo de rencor hacia el responsable). Un traslado, en una niña con su bagaje emocional y apoyo (su reacción es desproporcionada, precipitada, incoherente con el personaje y muy “by the face”) no es un conflicto o trauma a la altura de una película (aunque sepamos, con sus pinceladas gruesas, que representa la pérdida de la infancia). Al menos, films dirigidos a un público infantil como Big Hero 6 con la muerte del hermano mayor, o incluso, Cómo entrenar a tu dragón, con la mutilación del protagonista, narrando el mismo proceso esencial, se atreven a poner la dosis necesaria de trauma y “asquerosa realidad” a la altura dramática de la historia.

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¿Por qué no ha habido más riesgo, más valentía, más arañazos, grisuras y grietas y menos empalago familiar en este muy disneiniano secuestro emocional? ¿Por qué todo es tan férreo, sólido, claro, delimitado y cursi? ¿Por qué convertir desde el principio en capitana y oficial al mando a una sola emoción cuando la navegación SÓLO puede ser conjunta o no ser? “La verdadera patria del hombre es la infancia” escribía Rilke. Pero no hace falta llegar a la preadolescencia y caer en la tristeza, la nostalgia y la melancolía de las pérdidas necesarias, para saber que la dictadura de la alegría infantil más férrea no puede existir, en ningún momento, sin la tristeza y el dolor. No, Disney/Pixar, esa patria idealizada que nos muestras no existe. No ha existido jamás. Incluso Peter Pan, desde Nunca jamás, lo sabía…

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