Dirigida por
Carlos Vermut
 
¿De qué va?
Un profesor de literatura en paro trata de hacer realidad el último deseo de su hija, una niña de 12 años que padece un cáncer terminal: tener el vestido oficial de la serie japonesa de dibujos animados “Mágical Girl Yukiko”. Por su camino se cruzarán una atractiva mujer que sufre trastornos mentales, y un profesor retirado con un tormentoso pasado.

 
 
Crítica
Cuando cayeron los títulos de crédito tras la última (e impactante) escena de ese carrusel emocional que es Magical Girl, no supe con certeza si la película que acababa de ver me había parecido una genialidad o una descarada tomadura de pelo. Tuvieron que pasar algunos minutos (incluso algunas horas) para que mi, por entonces, embotadísimo cerebro, fuera capaz de atar los suficientes cabos para comprender que se encontraba ante un peliculón.
Durante una escena del film vemos como uno de sus personajes descubre que al puzzle que está a punto de finalizar le falta una pieza. De alguna manera, Magical Girl también es un puzzle lleno de diferentes texturas, géneros y temáticas (en su brillante guión se mezclan y equilibran, thriller, drama, humor negro y surrealista, y costumbrismo social). Sin embargo, a este estimulante rompecabezas no le falta solamente una pieza, sino que, de hecho, se podría decir que esconde aproximadamente la mitad.  Es tarea de la imaginación (y de la entrega) del espectador rellenar esos huecos y asomarse, con perspectiva, a la imagen completa. Nunca ha sido más cierto aquello de que “cada persona ve una película distinta”. Y es que Magical Girl tiene tantas versiones como espectadores y, probablemente, todas sean correctas (Little spoiler: en mi versión hay dos magical girls y la más joven parecía destinada a alcanzar los “poderes” de la mayor).
Carlos Vermut confía en la inteligencia del espectador (cosa que se agradece) y le exige mucha complicidad, pero, al mismo tiempo, va regalando admirablemente las suficientes pistas (o piezas) para que intuyamos que la “imagen” final vale la pena. Incluso si nuestro nivel de entusiasmo es bajo o nos vemos noqueados por alguna emoción incómoda, resulta innegable que estamos ante un trabajo potentísimo y rebosante de personalidad. Las influencias de Vermut son evidentes, sí, pero, al mismo tiempo Magical Girl no se parece a nada que hayamos visto antes (lo cual es el mejor piropo que se le puede dedicar a un autor). Resulta imposible olvidarse de sus ambiguos y turbios personajes magníficamente construidos y de los lazos que se van entretejiendo entre ellos (a pesar de que a algunas imágenes y situaciones “crea-traumas” nos gustaría desterrarlas inmediatamente).
A pesar de su originalidad, su vocación rompedora y transgresora y el hecho de que no deje a nadie indiferente, no es un film para todos los públicos (de hecho, es más que probable que no le vaya bien en taquilla). Además de exigir esfuerzo, perturba, inquieta, resulta morbosa, siniestra y despiadada y, en algunos momentos, puede incluso dar verdadero mal rollo (Little spoiler: esa puerta del lagarto negro que solo se abre en nuestra imaginación). Sin embargo, nos encontramos, sin ninguna duda, ante una de las propuestas más singulares, estimulantes y magnéticas que el cine (patrio y extranjero) nos ha ofrecido  en mucho tiempo. El tiempo y los futuros visionados dirán si realmente se trata de esa película de culto que ya cacarean algunos, pero, mientras tanto, no la dejen pasar. Ya es, desde antes de su estreno, una de las películas del año.
 
Anécdota festivalera
Al recoger los galardones al mejor director y a la mejor película, Carlos Vermut dedicó el premio a su novia e hizo una de las declaraciones de amor más bonitas que hemos escuchado por estos lares:
 
“El cine se hace por amor y yo la quiero a ella y hago cine por ella”.
 
 
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