No se han apagado aún las luces de la sala y una maliciosa jubilada sentencia “me parece que esta no tiene la picardía de la Marilyn”. No lo tiene fácil Michelle Williams. Monroe y Norma Jean siguen estando demasiado vivas en el recuerdo personal y colectivo como para reconocerlas, de buenas a primeras, en el frágil aspecto de una actriz a la que, físicamente, no se parece demasiado.

Durante los primeros minutos, casi estas a punto de darle la razón a la prejuiciosa jubilada. Aunque te esfuerzas, no eres capaz de ver a Sugar Kane en un cuerpo demasiado esbelto y bastante menos voluptuoso. Tampoco en su voz. Pero, hacia los 20 minutos de metraje, Michelle pone morritos y dice “thank you” de una forma encantadoramente familiar y la Marilyn que conoces y amas, reaparece con toda su ternura, encanto, magnetismo y fragilidad.

No te interesa la insulsa historia de amor de un (aun más insulso) ayudante de producción con el mito erótico más importante del siglo XX. Lo que quieres es ver a Norma Jean peleándose con Marilyn y las luces y sombras que van proyectándose por el camino. Por eso adoras los detrás de las cámaras y las tomas falsas de El príncipe y la corista, “filmadas” por un magnífico Kenneth Branagh, mimetizado con Laurence Olivier hasta tal extremo, que ya no imaginas que pudiera ser interpretado por nadie más.

Piensas que es una pena que el guión no este a la altura y que adopte, en todo momento, un tono demasiado agradable, fácil de ver y para-todos-los-públicos. My week with Marilyn está pidiendo más riesgo y personalidad para convertirse en una buena película a gritos, pero cuando el film llega a su tramo final, ya has asumido que lo mejor, con diferencia, son sus dos interpretes principales. Y por ellos (y algunos momentos de magia) vale la pena el viaje, un tanto forzado, al choque de egos entre un actor clásico que quería ser estrella y una estrella del método que quería ser actriz.

*

Coquetuela escena que Michelle Williams clava en la película 🙂

Anuncios