Uno de mis problemas a la hora de enfrentarme a Un método peligroso (además de las altísimas expectativas que me había despertado), es que, al igual que ocurre cuando conoces previamente el libro o el comic en el que está basado, su adaptación no coincide con la que ya existía previamente en mi cabeza. Tiempo atrás, me había sentado en un hueco entre el sofá de Jung y el diván de Freud y tenía una idea muy precisa de qué temas resultaban más apasionantes y polémicos y cuáles podían dar más juego en la gran pantalla. Ante tan buen material, y teniendo en cuenta quién era el director, cada vez que escuchaba algo sobre este film comenzaba a salivar al más puro estilo pavloviano (sí, ya sé que la referencia conductista está fuera de lugar, pero nos entendemos).
Sin embargo, la hora y media larga que dura la última película de Cronemberg, me resulta una naranja a medio exprimir en casi todos los aspectos. Técnicamente es perfecta, su factura es impecable, tiene algunas escenas impactantes, sus actores (especialmente Mortensen, que en cada aparición se come la pantalla) están estupendos (que nadie la vea doblada, cada personaje tiene un acento especifico que denota su origen), pero el rico jugo no acaba de brotar en toda su magnitud. Ni la historia de amor resulta todo lo intensa, apasionada o turbadora que debería, ni la amistad entre Freud y Jung, con todas sus complicidades y desavenencias, está a la altura de la historia en la que se basa (¿dónde quedan, por ejemplo, sus diferencias en la interpretación de los sueños o el famoso inconsciente colectivo?). Además, el final resulta demasiado abrupto.

Supongo que era mucho y muy árido el material a tratar, y que tanto la love story como la psicoamistad habrían dado para una película individualmente, pero habría agradecido una hora más de metraje o una reducción considerable del (desaprovechado) romance Jung-Spielrein a favor  de más encuentros entre dos de los pensadores más interesantes y controvertidos de principios del siglo pasado.

Un método peligroso no está mal, pero no incomoda, no fascina, no noquea al espectador (a pesar de que Freud asegura en una escena que 100 años después sus teorías seguirían resultando polémicas, cosa que es cierta). Todo está demasiado medido y contenido, incluso cuando tendría que estallar por los aires. Se echa de menos al Cronemberg más perturbador en los momentos más escabrosos (la escena de sexo en la escaleras de Una historia de violencia tiene mucha más garra, impacto y morbo que las dos sesiones de spanking de Knightley).

Dicen por ahí que no se le había hecho justicia a Freud en el cine hasta que llegó Un método peligroso, pero yo sigo pensando que aunque el actor está a la altura, el guión, desgraciadamente, no: esto es psiqueanálisis.  La evolución del método del padre de la psicoterapia y su primer discípulo tuvo que ser mucho más apasionante que lo que nos muestran. No sé vosotr@s, pero yo me quedo con la versión dentro de mi cabeza…
P.S. ¿Fui la única que sufría por Knightley cada vez que la muchacha desencajaba de forma sobrenatural la mandíbula?
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