Al salir del cine en el que acabábamos de ver la última (e insólita) película de Kenneth Branagh, una de mis acompañantes resumió en una frase nuestra impresión general de las andanzas del dios del trueno “no se quita lo suficientemente la camiseta”.
Y es cierto. Thor es tan pudorosa, tan blanca, tan light y con unos vikingos tan, tan educaditos (¿ein?) que nada ni nadie se descamisa lo suficiente. No es mala, pero tampoco buena y las cosas pasan porque sí, porque alguien nos las cuenta, pero en ningún momento las vemos o las sentimos.

Su arranque en Asgard, ese planeta alienígena vinkingo-barroco-kitsch y su frágil y eterna tregua con el mundo helado de Jotunheim, es prometedor. La shakesperiana tragedia familiar, con sus envidias y rivalidades, justifica la presencia del director y, probablemente, sea lo mejor de toda la cinta, aunque ni Branagh ni el descafeinado guión saben imprimirle la emoción necesaria y uno necesita más hondura y carisma en los personajes para sufrir con su drama familiar y empatizar con ellos. Haciendo una analogía con El rey león, nos gustaría saber, entre otras cosas, porqué el Scar del film envidia tanto a Mufasa (digo yo que no será sólo por ser rubio natural) o sentir en nuestras carnes su maldad genuina, pero no hay manera.

Una vez que el rey del trueno paga el peaje del puente del arcoiris y es desterrado a la tierra, el viaje redentor que debería convertirle de arrogante pendenciero a humilde merecedor del martillo, pasa en 3 días, en lugar de meses o semanas (una escena domestico-culinaria del rubio forzudo sirviendo el desayuno a los colegas de su amada no es suficiente para que nos traguemos su bajada de humos, señores).
Y a pesar de contar con Natalie Portman (la anti Megan Fox por excelencia) como “la chica” y de brindarnos algún que otro momento divertido con sus accidentados encuentros y desencuentros, tampoco convence la insulsa y casta historia de amor de “alienígena macizorro de buen corazón conoce a guapa e inteligente científica”. De hecho, han racaneado tanto en el apartado romántico, que ni siquiera les han dado a los mozos una miserable escena de conexión mágica o de pasión desatada (I’m so, so sorry, Natalie!).

Y a pesar de que no se hace aburrida ni pesada en ningún momento, tras un nudo “encamisado” e insatisfactorio, el desenlace tampoco nos insta a sumarle enteros. La escena en la que la indefinida y poco aprovechada banda de Thor baja a la tierra para echarle un cable, en ese desangelado “Ikea Town”, con cuatro casuchas, da un poquito de vergüenza ajena. Pero vuelven a cruzar el puente del arcoiris (¡Yuppy!) y recobramos la esperanza levemente para comprobar que lo que debería haber sido un climax intenso y emotivo, se queda en visualmente llamativo, nada más (una lástima. Eso de viajar a otros mundos a través de un puente de colores, mola).

Resumiendo: un autor serio que la hecho lo que ha podido, secundarios sólidos y prestigiosos (Portman, Anthony “Odin” Hopkins y Stelan “me han contratado porque soy nórdico como el prota” Skarsgard) que no tienen demasiado que rascar, una recreación asgardiana convincente, un par de batallas, un guión sosín y un protagonista guapísimo y competente que no ha visto amortizados sus 6 meses intensivos de gimnasio en la única (y miserable) escena en la que se quita la camiseta. Y es que, para lo bueno y lo malo, esto no es Crepúsculo, ladies & gentlemen. ¿Adónde irán los Thoorrrs que no se enseñan? Pataky, que usted disfrute, al menos, uno de ellos, hermosa….

He aquí un Behind de scenes en el que entre pregunta y pregunta, Hemsworth y Portman derrochan muchísima más química que en todas las escenas de la película juntas (are you flirting, guys?). De hecho, hay momentos en los que se olvidan de la cámara y hablan entre sí. Atención a la cara de ella cuando descubre que el mocetón ha participado en Dancing with the stars y a su nada acomplejada frase final “Chris and that little midget girl… starring in Thor”.