El cine parecía empeñado en relegar a Colin Andrew Firth al papel de eterno segundón. Por mucho que este elegante y guapísimo actor británico se empeñara, siempre acababa eclipsado por algún elemento interno o externo a la película.

Primero fue ese perverso y maquiavélico Valmont (su primer gran protagonista) que fue quirúrgicamente borrado de la memoria colectiva por el mismo vizconde en Las amistades peligrosas. Y es que la casualidad quiso que dos films inspirados en la misma novela se rodaran simultáneamente. Y cuando Stephen Frears ganó la carrera de la fecha de estreno, independientemente de la calidad de esta versión gemela de Milos Forman, ya nadie podía desvincular a John Malkovich, Glenn Close y Michelle Pfeiffer de uno de los mejores triángulos que ha dado el cine.

En los noventa, éxitos televisivos a parte (fue el aplaudido Mr Darcy de Orgullo y Prejuicio en una miniserie), Firth fue el “pagafantas” de dos mujeres muy rubias que, por algún retorcido motivo, siempre le eran birladas por uno de los hermanos Fiennes. Tanto Kristin Scott Thomas en El paciente inglés como Gwyneth Paltrow en Shakespeare in love se casaron con él… porque no podían casarse con otro. De esta forma, para el gran público, el pobre Colin no se comía un ídem y acababa siendo “ese tío alto y serio que me suena”. ¿Pero es que acaso podía su soso Geoffrey Clifton competir contra el magnético y políglota Ralph Fiennes? ¿o su repelente Lord Wessex con el talentoso y resultón William Shakespeare?

Entrado ya en la cuarentena, Firth se convirtió en el perfect gentleman de los dosmiles: ahora era “el chico de”. La culpa la tuvo El Diario de Bridget Jones, esa treintañera hombre-céntrica que, junto a Ally McBeal, hizo retroceder a las mujeres tres décadas en su lucha igualista.
Durante los años siguientes, Firth fue saltando de Darcy en Darcy y tiro por me toca. Fue capaz de aprender portugués en 15 días para declarársele públicamente a su enamorada portuguesa en Love Actually, de atravesarle las orejas con un pendiente a Scarlett Johansson en La joven de la perla o de alzarse sobre unas plataformas imposibles a ritmo de ABBA en Mamma mia!( y perder, de un plumazo, todo su atractivo sexual).

Y cuando algun@s, entre los que me encuentro, pensábamos que nunca volveríamos a recuperarnos de esa horrenda drag-vision, de repente, Colin cruza los 50 y todo cambia. Primero fue Genova de mano de Michael Winterbottom, en la que ese padre destrozado por la perdida de su esposa le ofreció a oportunidad de mostrar sus recursos dramáticos.
Pero lo mejor, estaba por llegar. En esa delicia que es Un hombre soltero, tanto el debutante Tom Ford como un genial Colin Firth consiguen dejarnos con la boca abierta. Gracias a George Falkoner, a este maduro inglés le llegó a Copa Volpi en Venecia y la nominación al oscar, pero, sobre todo, consiguió el respeto de todos los que lo consideraban, simplemente, un Mr Darcy.

Y tal vez sin este George, no habríamos conocido a su otro George, esta vez VI. El discurso del rey consigue que una historia de superación y amistad-más-allá-de-las-diferencias-sociales que hemos visto dos millones de veces resulte sumamente interesante y entretenida. Y parte de su merito recae en sus dos actores principales. Tanto Firth como Geoffrey Rush, no sólo bordan sus respectivos papeles, sino que proyectan tanta química y complicidad a través de la gran pantalla que a ratos resulta decidir quién de los dos está mejor.
Los rumores de oscar para esta producción de la exitosa Miramax son insistentes, pero que Colin se lleve la dorada estatuilla a casa es lo de menos. A pesar de esa sosería que muchos le achacan, Firth ha conseguido que esperemos impacientes su próxima visita y, sobre todo, que le queramos “tal como es”.
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