Amenabar, el “spielbercito” del cine español, nunca ha sido un director que me entusiasmara especialmente. De sus “cuatro magníficas”, mi preferida siempre ha sido Tesis. A Los otros, incluso, a pesar de admitirle ciertas virtudes, le tengo un poco de tirria. Antes de verla, many moons ago, me comentaron algo así como “es la historia de una supuesta mujer y sus supuestos hijos” y, en menos de una hora, ya había descubierto todo el pastel. Me frustra el manido recurso de que lo que empieza siendo “los otros”, acabe siendo “los aquellos”. Los fans de Lost me entenderán…

Tal vez por todo esto, me presente ante Ágora con curiosidad, unas expectativas moderadas (ni esperaba una castaña de indias ni un peliculón) y ganas de ver y descubrir en un día frío y plomizo en el que una sesión de cine parecía la mejor opción posible… y me encontré con una película notable.
Haciendo una metáfora no excesivamente original, diría que la quinta criatura amenabariana se parece a Hipatia, su protagonista: ambiciosa, reflexiva, más intelectual que emocional y observadora de la realidad a través de un punto de vista pretendidamente objetivo, distante, casi marciano.

El McGuffin: la astronomía. ¡Ay, la astronomía! Si existiera algo así como un hobbie frustrado, algo que te apasiona pero para lo que no estás dotado en absoluto, los misterios del cosmos serían el mío. ¡Malditos numerajos! Nunca se me dio bien recordar unidades astronómicas, masas planetarias o la cantidad de lunas que tiene Saturno, por poner un ejemplo, pero eso nunca le ha restado ni un ápice de fascinación. Por eso me engancharon instantáneamente las lecciones de la protagonista y su pasión por saber más, por ver más allá. Las escenas científicas son, en mi opinión, de lo mejor de la película.

Los minimus: algunas críticas han tachado Ágora de pretenciosa, vacía, tendenciosa, demagoga, fallida, fría, mal escrita, sin ritmo, mal interpretada y un largo etc de lindezas más. Como defensora de injusticias y ensañamientos varios, siento el impulso defender su “no perfección”.

Los cristianos devotos se quejan de que se les retrata como mercenarios religiosos, crueles, incultos y fundamentalistas. A lo que yo añado, ¿que hay malos malérrimos planos y de manual? Sí. ¿Qué se podía haber contado de otra manera? Pues también. Pero no neguemos la dolorosa evidencia: de ese pasazo atrás los católicos si fueron responsables. De todas formas, ni los paganos ni los judíos salen de rositas: los primeros son cultos, más liberales (recuérdese la frase pronunciada por uno de los amigos del padre de Hipatia “si a mi me gustaran mas los plátanos que los higos, no se me escaparía ese chico”) y aparentemente más pacíficos (siempre y cuando nadie amenace su dominio, of course), pero son snobs, clasistas, tienen esclavos y siguen pensando que ser mujer es lo peor que le puede pasar a un ser humano. Los judíos conviven armónicamente con estos, pero son igual de clasistas, no dudan en aprovecharse de su supuesta ventaja, en pisotear a los desfavorecidos y en sacar las espada a la primera de cambio. Juzguen ustedes mism@s.

La historia de amor es fría y sin chispa. Pues que quieren que les diga, a mi el triángulo que une a través del tiempo a dos hombres de orígenes y caracteres muy distintos y enamorados hasta el tuétano con una mujer que saben que jamás podrán tener, me parece que tiene su aquel. Me interesa más el binomio Hipatia-Davo que el de Hipatia-Orestes, porque el personaje del esclavo dividido, apasionado, rabioso y ambivalente me resulta más interesante que la del acomodado (¿pagafantas?) Orestes. Puestos a pedir, a mi me habría gustado más complicidad, más emoción, más ternura, más sensualidad (¡que manera de desperdiciar la escena de la bañera, leñe!), pero a pesar de estos pesares, no me resulta fría en absoluto (mis favoritas son la escena de la caricia en el pie y la del rezo de Davo). Chispa si hay, señores, lo que no hay es magia.

– Algunos fans de Amenabar argumentan que se sienten decepcionados porque esperaban un peliculón. Cuando leo y escucho este tipo de cosas, me viene a la cabeza la misma frase que le estuve gritando telepáticamente a Hipatia durante casi todo el film: ¡no es un círculo, es una elipse!. Y digo yo: ¿Dónde está escrito que tenía que ser una película redonda? ¿por qué a veces vamos al cine con unas expectativas tan claras de lo que esperamos ver? ¿tan difícil es darle forma a lo que te cuentan mientras te lo están contando? No se puede pretender ir con la idea de ver Troya, Alejandro Magno o Gladiator sólo porque compartan género cinematográfico.

Google Earth sucks. A mi no me molestan los tan criticados planos “extraterrestes” de Ágora, me molesta su reiteración, que al final resulta excesiva. Los letreros en forma de elipsis en mitad del film tampoco me gustaron. De todas formas, hay que decir a su favor que también hay planos atrevidos e imposibles que sorprenden y se agradecen, incluso aunque algunos no te acaben de cuadrar.

No es una biografia fiel. Aquí sí le tengo que dar la razón a los detractores… ma non troppo. Después de investigar un poquito, he descubierto que no es el supuesto biopic que nos intentan vender. Ni hubo love story con Orestes, ni murió en plena plenitud de su belleza, ni fue atacada por quien nos comentan y puede (¡ay!) que ni siquiera fuera astrónoma. Habría sido más inteligente decir que la película está, simplemente, inspirada en la figura de Hipatia.

Los maximus: y para terminar con buen sabor de boca…

Rachel Weisz ¿Cómo una guaperrima mujer que desprende tanta sensualidad (recomiendo el visionado de My blueberry Nights justo antes de ver Ágora) puede no sólo resultar creíble siendo la serena, racional, asexual y distante Hipatia, sino que ya no te puedes imaginar a ninguna otra actriz encarnándola?

Dirección artística y vestuario. Si hay algo en lo que Ágora es redonda, es en estas dos categorías (especialmente la segunda, de oscar). Cuidado y mimado al detalle. Sales del cine pensando: ¡Yo estuve allí, lo he visto!.

Un paso atrás visto por vez primera: es emocionante y tristísimo al mismo tiempo, asomarse desde la big screen a un momento histórico clave que, como diría Neil Armstrong: “es un paso atrás para el hombre, pero un gran retroceso para la humanidad”. Amenabar retrata bien sus convulsiones aunque algunos le acusen de creerse Dios. La violencia no es heroica, es fea.

Hipatia revisited. Confieso que estoy encantada de conocerla. Rescatar a una filosofa como Hipatia para el gran público, incluso aunque no sea un retrato todo lo veraz que nos gustaría, se agradece y mucho. No todas las mujeres han nacido para ser madres y esposas y si aún hoy es difícil enfrentarse a ese imperativo sociocultural, imagínense entonces. Había que ser una super woman, no sólo para resaltar académica y profesionalmente en un momento histórico asquerosamente machista, cambiante, convulso y cruento, sino para mantenerse fiel a si misma durante toda su vida y sobrevivir al olvido. Ya sólo por ella merece la pena pagar el precio de la entrada. Recuérdese en su memoria y en el de todas las mujeres que se tragó la historia, un maravilloso proverbio africano: “Hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de caza siempre glorificarán al cazador”.

En resumen: Si han llegado hasta aquí y aún no la han visto, liberen sus mentes y no esperen necesariamente un círculo, encuentren su propia figura geométrica 😉

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