Dice el refranero más casposo que “de una boda sale otra”. Yo propongo una versión cinéfila y modernizada: ¿de una película sale otra aunque nunca lleguemos a verla en las pantallas? ¿tienen larga y prospera vida sus romances?

Una despistadísima mujer de mediana edad pregunta donde se compran las entradas para Les chansons d’amour segundos antes de que se abran las puertas del cine. Es prácticamente imposible que consiga su propósito, pero, oportunamente, y ante la sorpresa de tod@s, un hombre le anuncia que tiene una entrada de sobra y no sabe qué hacer con ella. La mujer se lo agradece en el alma y ambos caminan juntos. No sé nada de su vida ni sus circunstancias, pero en mi cabeza, suena la B.S.O. de Los puentes de Madison.

Podría decir que escogí este film por que me apetecía ver un musical, pero ver cantar a Louis Garrel también tuvo mucho que ver. El argumento es, cuanto menos, curioso. Pareja heterosexual en crisis comienza a admitir en su cama a la compañera de trabajo de él, pero ninguno de los tres parece feliz con el “apaño”. Paris es gris y plomiza y hace frío. Los personajes cantan sin una variación de puesta en escena o de dispositivos de cámara. Cantan entre diálogos, como si fuera una frase más, como si la poesía fuera parte de la realidad. Una muerte inesperada rompe el ménage à trois y sumerge en la depresión al guapísimo Garrel. ¿Qué o quien le ayudará a superar su dolor?

Observar al tipo que tenía sentado al lado durante este coquetón film de Christophe Honoré fue casi tan interesante como seguir la película. A los 10 minutos de la proyección, el hombre ya había sacado el móvil y utilizaba su azulada lucecita para leer revistas, a los 20 engullía un bocadillo a rápidos y sonoros bocados, y a los 45 no sabía cómo sentarse. Obviamente, el individuo en cuestión no sabía a lo que iba. Hay que estar muy libre de prejuicios de todo tipo para soportar que los personajes filosofeen mientras cantan, que las posibilidades romántico-sexuales se multipliquen o que los adolescentes se pongan a recitar poesía por la calle (en lugar de hablar de sexo utilizando muchos tacos). Y esto, mes amis, solo lo saben hacer bien los franceses. Para mi libro de citas, la última frase: “quiéreme menos, pero quiéreme durante mucho tiempo”. Puritita neurosis.

De musicales agridulces, pasé al drama carcelario más duro durérrimo con Un prophète, la película que casi le quita la palma de oro a La cinta blanca de Haneke.
Resumiendo muy mucho la trama, y en lugar de repetir únicamente lo que han dicho de ella los críticos mas sesudos (que si descenso a los infiernos, que si electroshock fílmico, que si metáfora de la corrupción moral de nuestra sociedad), diría que su protagonista comienza siendo Bambi y acaba convertido en Vito Corleone. Jacques Audiard no moraliza, no hay buenos buenísimos ni malos malísimos, su película se parece a todos los films carcelarios que hemos visto, pero, al mismo tiempo, no tiene nada que ver con ninguno. Se habla francés, pero también arabe y corso (con razón me frustraba tantísimo no entender ese italiano raroso). Aspera, cruda, seca, violenta y no apta para esos días que todo parece conducirnos al suicidio, posiblemente, una de las películas del año.

Casualidad de las casualidades, de Audiard a Audiard y tiro porque me toca. De battre mon coeur s’est arrêté (De latir mi corazón se ha parado) es tan noir como el futuro de Tom, su protagonista, en el sórdido y brutal negocio inmobiliario paterno. Su rutina consiste en soltar ratas en los edificios, destrozar casas a golpes de bate de baseball y desalojar inmigrantes de la manera mas ruin y despreciable, rodeado de compañeros aún mas despreciables. Pero quiere la casualidad (juas, como si eso existiera) que su antiguo profesor de piano se cruce en su camino y haga resurgir su vocación de pianista con una pasión y energía arrolladoras (su mère también era una virtuosa de este instrumento). Su vida gira desde este momento alrededor de una audición. Pero su padre y sus amigos desprecian su “cuento de hadas” y Tom se verá dividido entre mamá y papá o, dicho de otro modo, entre lo que mas feliz le hace en el mundo y la lealtad a su padre + las imposiciones sociales.

Este interesantísmo film es un remake de la americana Fingers (1978), que estoy deseando ver y, por sus rostros y sus comentarios, pareció agradar a mis compañeras de butaca, a pesar de sus pesares. Minutos antes de la proyección, comentaban con acierto “¡Que rachita! No he visto ninguna película en la que no haya abusos, familias disfuncionales o se muera alguien. ¡Parece que si en una peli no hay barbarismos, no es película!”. ¡Cuanta razón, jóvenes padawanas!

Hoy los niños en el velódromo ven con sus colegios Ponyo en el acantilado en esa maravillosa tradición “pon la semillita cinéfila en las mentes incautas” que desde años sigue el Zinemaldi. Con un poco de nostalgia y un mucho mas de mala leche, recuerdo que a mi me llevaron a ver pelis de Antonio Ferrandis y de los ewoks (¡ay, como han cambiado los temps!), y, una vez mas, lo tengo claro: he nacido demasiado pronto.

Me quedé sin ver: Gigante, por culpa de mis prejucios hacia la sección Horizontes latinos. Hacia tiempo que había oído parlar (très bien) de la historia de un vigilante nocturno que se enamora de la chica la de la limpieza. Ais.
London River; Yuki & Nina; 77 Doronship; The scouting book for boys….la lista empieza a ser dolorosamente larga, porque muchas ni siquiera llegarán a nuestras carteleras 😦

Deberes cinéfilos: si el atractivo y talentoso protagonista de una película, por algún maravilloso motivo, te mira fijamente dos veces, no te cortes. Sonríele, fille, sonríele…