En muchas ocasiones nos comemos las uñas esperando a que el personalísimo y fascinante universo de una novela se traduzca finalmente en imágenes. En otras, una película nos resulta un entremés tan suculento y prometedor, que esa “hambre de más” nos lleva a explorar su original literario.
Y es que, como dice Ramón Llull, “La virtud no cansa”. Y en esta, no siempre bien avenida historia de amor entre la literatura y el cine, dos lenguajes tan distintos como el descriptivo y el visual, la gran mayoría de las veces, o se anulan entre si o acaban retroalimentándose para beneficio de ambos. Sin entrar en manidos debates del tipo “¿y tú a quién quieres más, a mamá novela o a papá film?”, las principales obras literarias llevadas al cine, se pueden dividir en:

Las adaptaciones clón

Puede que no sean fieles al 100% a la novela en la que se basan, pero resultan (casi) la versión que todos, crítica y público, hubiéramos deseado ver. Como ejemplos, encontramos la maravillosa La edad de la inocencia de Scorsese, la archiconocida Lo que el viento se llevó de Victor Fleming, la sensual Como agua para chocolate de Alfonso Arau, la deliciosamente poética Cyrano de Bergerac o la más reciente y Expiación de Joe Wright.

Tanto la mayoría de las obras de la irónica y victoriana Jane Austen como las del inquietante Stephen King, han sido adaptadas a la gran pantalla. De la primera, cabría destacar la versión de Ang Lee de Sentido y sensibilidad y Orgullo y prejuicio, del anteriormente citado Joe Wright.
Del inquietante autor que siempre duerme con la luz encendida destacan, especialmente, las versiones fílmicas de Carrie, El resplandor y Misery.

Las que nunca deberían haberse rodado

Como espectadores, fans de las novelas o, simplemente, seres humanos, preferiríamos emular al protagonista de Memento y dedicarles un “siempre olvido recordarte” a castañas dolorosas del tamaño de La historia interminable (cuantas generaciones vieron horrorizados como su libro de cabecera acababa reducido a un engendro sin imaginación y sin gracia); La insoportable levedad del ser (si al igual que yo amáis la novela, no la veáis nunca); La tregua (la sutil y romántica historia de amor del genial Mario Benedetti acabó destrozada sin piedad por Sergio Renán), o el realismo mágico que debió llevarse la ouija, en la insulsa La casa de los espíritus… por citar sólo unas pocas.

Muchos directores, antes de destrozarnos el corazón y la paciencia, deberían aplicarse el sabio consejo del maestro Yoda “hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes”.

Las que eclipsan a la novela original

Si realizáramos una encuesta popular, ¿cuánta gente habría leído el libro de Mario Puzo que inspiró El Padrino de Coppola? ¿Cuántos conocerían de primera mano el relato Sueñan los androides con ovejas eléctricas en el que se basó la magnífica Blande Runner? Al preguntar por el autor de La naranja mecánica, ¿qué nombre acudiría por asociación pavloviana: Anthony Burguess o Stanley Kubrick? O ¿Qué dos personajes imaginarios podrían enamorarse mejor que los insustituibles Clint Eastwood y Meryl Streep en Los puentes de Madison de Robert James Waller?.

Las “bittersweet”

Aprobados justitos o borderline para la hiper-oscarizada El paciente inglés de Anthony Minghela que, en mi opinión, nunca llega a alcanzar el lirismo y la intensidad de la novela homónima de Michael Ondaatje por mucho oscar tenga; 1984, a pesar de ser una película aceptable y de mostrarnos una sociedad hipotética escalofriantemente real, no le llega ni a la suela del zapato al original de George Orwell; Memorias de una geisha, sin ser una novela excepcional, sí era bastante mejor que la descafeinada película de Rob Marshall; mientras que American Psycho, polémicas aparte, se nos olvidó después de una breve ducha con gel exfoliante. Respecto a El nombre de la rosa, el debate aún sigue abierto. Hay quien considera que la exitosa obra de Umberto Eco ha sido casi fagocitada por su versión fílmica, y quien, sin embargo, ve en ella un producto muy por debajo de sus posibilidades.

Las libérrimas

Blake Edwards le fue infiel a Truman Capote. Y mucho. Desayuno con diamantes, no sólo resulta bastante más dulcificada y naïf que su novela homónima, sino que incluye un happy ending con gato incluido que no debió sentar nada bien al personalísimo escritor.

Muchos puristas acabaron convalecientes, tomando sales y abanicándose compungidos, tras el visionado de uno de los clásicos Shakespearianos más míticos, Romeo y Julieta. La atrevida, popera e histéricamente esteticista versión de Bazh Lurmann de los amantes de Verona, cruzaba, además, el límite más unforgivable de todos: ¡el acento yanki!.

La adaptación made in Coppola de Drácula de Bram Stoker no deja indiferente a nadie que haya leído previamente las andanzas originales del vampiro más famoso de la historia. El director italoamericano, le añade a la trama un halo romántico (y erótico) que no está presente en la novela original. No, el conde Drácula de Stoker nunca cruzó océanos de tiempo para encontrar a Mina Harker…

Las bestsellers que no fueron blockbusters

Cuando El código Da Vinci llegó a los cines, estábamos tan saturados de santos griales, conspiraciones y “mariamagdalenismos” varios, que fue como si intentaran colarnos la navidad en julio. ¿Podría salir una buena película de una trama tan mediocre?.

Respecto a Alatriste, ni el capitán Viggo Mortensen, ni el buenrollismo general del equipo, ni el apresurado ok de Arturo Pérez Reverte, consiguieron rescatar esta ambiciosa producción de una estocada mortal.

Dune, la versión cinematográfica de la exitosa novela fantástica de Frank Herbert, fue mutilada en la sala de montaje hasta tal punto, que el resultado final instó a que su director, David Lynch, hiciera lo imposible por aparecer en los títulos de crédito bajo el curioso pseudónimo de Alan Smithee. La taquilla la maltrató, pero el tiempo, ironicamente, la ha convertido en un film de culto.


Las infantiles y/o low fantasy

La tensión aún se respira en La tierra media de El señor de los anillos. La mitad de sus fans siguen llamando hobbits mentales a la otra mitad, por no admitir que Peter Jackson no ha sabido captar el espíritu de la adorada trilogía de J.R.R Tolkien.

Otra saga que deja calvos de frustración a jóvenes y no tan jóvenes por su maltrato continuo, es el mundo mágico de la multimillonaria J.K.Rowling: Harry Potter. Sus fans sufren por partida doble: el sadismo insaciable de una autora que no deja de cargarse personajes significativos para el niño mago y unas versiones fílmicas tan planas que dan ganas de desaparecer vía polvos flu del cine antes de que cualquiera de sus personajes diga “quidditch”.

“La trinidad” de las adaptaciones literarias infantiles, la componen Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan (ambas adaptadas con éxito por Disney) y El mago de Oz, el delicioso musical de Victor Fleming interpretado por una inolvidable Judy Garland. Que tire la primera piedra el/la cinefil@ que no las considere parte de su educación sentimental. ¿Quién no ha sufrido y llorado en algún momento con ellas?.

Las que nunca veremos en pantalla grande

Es bastante improbable que obras maestras de la literatura del siglo XX como Crimen y castigo, Ulises, Cien años de soledad, El guardián entre el centeno, En busca del tiempo perdido o La conjura de los necios, por citar unos ejemplos, se traduzcan alguna vez al lenguaje cinematográfico. Todas ellas son novelas complejas que se apartan de la estructura lineal a la que el séptimo arte parece ligado de forma inextricable.

Además, ¿quién sería el/la valiente de acometer semejante quijotesca misión?. Cuanto mayor es la expectativa popular, mayor la posibilidad de decepcionar al público. No obviemos, además, que como dice Jorge Esteban Blein, director, guionista y profesor de cinematografía “Un momento de la imaginación sugerido por una frase vale mas que mil imágenes”.

Por lo tanto, resulta prácticamente imposible encontrar una versión cinematográfica satisfactoria para todos, puesto que cada una de las personas que ha leído una novela posee una imaginería única. Cuando la versión fílmica se muestra por primera vez ante sus retinas, el espectador ya ha versionado e introyectado su propia “película”.

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