La radio despertador, esa ingrata cómplice diaria, te arranca de la cama bruscamente con los alegres acordes de La valse d’Amélie de Yann Tiersen. Pero dos segundos son suficientes para hacerte recordar que ni te apellidas Poulain ni estás en el luminoso y bohemio Paris de la imaginería de Jean Pierre Jeunet. Llueve y el único fabuleux destin con sabor francés que te aguardará hoy, será, como máximo, al croissant chamuscado del almuerzo.

Anoche viste Psicosis, por lo tanto, decides apartar de tu mente cierta famosa escena higiénico-homicida mientras te duchas. No sería demasiado práctico (ni ecológico) tener que sustituir este ritual diario por el baño, tal como le ocurrió a Janet Leigh, su desdichada protagonista. Sin embargo, cada vez que cierras los ojos, la estridencia de los violines de la partitura de Bernard Herrmann resuena machaconamente en tu mente. ¿Quién iba a pensar que unos instrumentos tan delicados pudieran sonar tan escalofriantemente mal?.

Mientras desayunas, un locutor nostálgico, en algún punto del dial, hace sonar Moon River y Audrey Hepburn viaja súbitamente a tu mesa, entre la taza del Cola cao y los cereales. Guitarra en mano, luciendo una toalla en la cabeza como si se tratara del tocado más sofisticado de Givenchy, le canta a la vida, a un supuesto desconocido, o tal vez simplemente a George Peppard. ¿Qué hubiera sido de Desayuno con diamantes sin el mítico tema de Henry Mancini? te preguntas mientras rebañas concienzudamente la taza con la cuchara. Posiblemente habría resultado un film totalmente distinto. La Hepburn lo sabía. Por eso, cuando le propusieron eliminar quirúrgicamente el tema del film, su respuesta fue un categórico: over my dead body!.

Ganas el pulso al tren por sólo un minuto, mientras el andén y sus trabajadores te observan burlonamente una mañana más. ¿A qué suenan los trenes? se cuestionaría la Isabel Coixet más publicitaria. Tú lo tienes claro: al concierto nº 2 para piano de Rachmaninov, como en la arrebatadoramente romántica Breve Encuentro de David Lean. Aunque, en RENFE no parecen coincidir exactamente contigo, su cinéfila elección del día es impecable. Son los Lean de Maurice Jarre los que ocupan el hilo musical: al archiconocido Tema de Lara de Doctor Zhivago, le sucede la no menos popular melodía arabesca central de Lawrence de Arabia.

Otro día más en la oficina. ¿Cómo encarar de forma optimista y sana la deprimente primera hora del día?. Decides tirar de la imaginación. La entrada que te conducirá a ocho horas de martirio laboral se convierte, por arte de magia, en la puerta doble de una cantina. Bolas de heno se agitan a tu alrededor y el polvo inunda el aire envuelto en un silencio sepulcral. No sabes si eres El bueno, el feo o el malo, pero silbas internamente la melodía de este popular western. ¿O es la de La muerte tenía un precio?. Da lo mismo. Tú silbas a Morricone y te enfrentas, estoicamente, al malvado de turno, mientras rezas con la esperanza de que hoy no lleve munición “extra”.

Después de un duro día de trabajo, “ti meresci un premio”. Paseando de sección en sección, descubres que, de entre la extensa colección de objetos freak de una famosa cadena de productos ocio culturales, destaca, poderosamente, la saga galáctica más famosa del cine. Con una sonrisa irónica no puedes evitar pensar que, de todas las virtudes que tiene Star Wars, que son muchas, sin duda la más perfecta y deslumbrante sea su partitura. Elegida por el American Film Institute como la mejor banda sonora de la historia, repleta de maravillosos e inolvidables leit motivs, se ha ganado, por si sola, la canonización de su autor, John Williams. Posiblemente también haya que atribuirle a este genial compositor parte del “bichito de la cinefilia” de todos los que vivimos nuestra infancia en los 80. Tiburón, E.T, el extraterrestre, Superman, Indiana Jones, Parque Jurásico, Harry Potter… ¿Quién mejor que Mr Williams para musicar la fantasía, la magia o la aventura? ¿Quién no ha tarareado alguna vez una melodía suya?.

De vuelta en el tren, y ya sin hilo musical, descubres a una mujer de mediana edad leyendo un ejemplar de la novela más famosa de Isak Dinesen. “Yo tenía una granja en África” pronuncias con acento danés. De repente, los fotogramas de la multioscarizada película de Sydney Pollack se suceden, uno tras otro, en tu mente, y por un momento sientes que sobrevuelas Kenia junto con Robert Redford y Meryl Streep.

Hay algo extrañamente familiar en el verdor de ese fascinante continente, pero hasta que llegue el momento de “volver a casa” y asociar sus bellos paisajes al shekere y los tambores, África para ti sigue sonando a John Barry en Memorias de África.

Tras una cena ligera, decides revisitar Manhattan, de Woody Allen, y admiras, una vez más, la inspiración del genio neoyorkino al elegir Rhapsody in blue de George Gershwin como tema central de su película. A excepción del hiperversionado New York, New York de Frank Sinatra, la big apple no podría tener una banda sonora mejor. Y es que Nueva York, junto con Roma o Paris, es una de esas ciudades que hemos visitado tantas veces a través de tantas miradas distintas (desde Scorsese hasta el mismo Allen, pasando por la glamourosa columnista Sarah Jessica Parker de Sex in the city), que no podemos evitar sentirla nuestra. Todos somos neoyorkinos de adopción, ¿qué importa si nunca hemos puesto un pie en alguna de sus atestadas calles?.

Un último pensamiento antes de dormir: ¿qué banda sonora le pondrías a tu día, a tu semana, o tal vez a los últimos años de tu vida?. El baremo para decidir la calidad de una banda sonora es muy simple. Si sales del cine tarareándola, es buena. Si no puedes recordarla, es totalmente prescindible. Y es una de estas composiciones “memorables” la que acude a tu mente. Melancólica y picaresca, dulce y amarga, escabrosa y suave, la partitura que Nicola Piovani compuso para La vita è bella te recuerda que la vida es agridulce a veces, buena otras tantas y una tortura nazi todas las demás. Pero tu cierras los ojos y te entregas a Morfeo, con la esperanza de que mañana alguien te reciba con un desarmante “Buon giorno, principessa!”.


¿Cuál sería vuestra B.S.O?